Wednesday, December 29, 2010

Avión


Pero está ahí, dice el chino, traje gris, camisa bordó, en un idioma que no necesito entender, y pide por favor, las manos juntas como si estuviera rezando, y la azafata: no, con la cabeza.

El chino apoya la nariz en el vidrio, señala el avión y explica en un inglés rudimentario que su vuelo a China sale después de éste, Distrito Federal, San Francisco, San Francisco, China, dice en una sucesión de nombres sin idioma, si pierde uno, pierde el otro. Usted no entiende a mí.

La azafata, perfecto inglés, yo recién he acabado de llamar y ellos dijeron que ellos no pueden esperar.

Confieso, imagino reacción brutal, patada merecida y violenta a la cabeza de la morocha, agarrón de pelo, sacudida hacia abajo, ruido del cráneo contra las cerámicas, manchas de sangre sobre el vestidito azul, la corbata roja, gritos, guardias de seguridad sacando al chino que patalea con la camisa abierta, insultando en un idioma incomprensible.

Pero no. Paciencia oriental.

Y mira hacia donde estoy yo, dice: avión perdido.

Miro hacia atrás. No hay nadie. Vuelvo a mirarlo y hace que sí, con la cabeza. Debe haberse dado cuenta de mi atención, de que estoy describiendo su tragedia con una lapicera. Soy la única persona en este aeropuerto de miles de kilómetros cuadrados con quien puede compartir su desgracia.

Avión perdido, y mueve las manos.

Con la lapicera entre los dedos, también muevo las manos.

Como diciéndole: Qué hijos de puta los de la aerolínea.

Y él, como si entendiera, afirma con la cabeza. Sonríe triste.

Avión perdido, vuelve a decir, y mira el piso.

Friday, December 24, 2010

Hoy


Se pone de costado y se acerca y te abraza. Pero sentís su cabeza, su pecho y sus brazos como si sólo fueran pelo, piel y huesos.

Melissa Bank, en Manual de caza y pesca para chicas.

Monday, December 13, 2010

Porque ahora todo está mediatizado


Y si uno va a ver una banda o visita un lugar tiene que sacar fotos, miles de fotos.

Sin embargo.

Dice Werner Herzog que existen momentos de gran intensidad y nuevas percepciones.

"Esos momentos nunca los voy a grabar, ni me gustaría registrarlos con la cámara. Porque cuando filmás algo se vuelve desechable, lo podés dejar en la sala de proyección, lo podés grabar en un DVD y mandarlo lejos. Por eso hay ciertos momentos en los que uno está solo con lo que experimenta".

Y también dice, Herzog, que prefiere mantener esos momentos bien distinguidos.

"Y libres".

Saturday, November 27, 2010

Hoy




"Están los que se creen importantes por viajar, por ganar una beca o por ser jurados de un concurso. A corto plazo, esto rinde beneficios. Pero, como decía alguien en un blog, son gente que se cree arriba de un caballo, sin darse cuenta de que está sentada sobre un pony con sueño”.

Rodolfo Enrique Fogwill.

Sunday, November 21, 2010

Hoy

"Los que quieren ser escritores leen las reseñas. Los que quieren escribir no tienen tiempo de leer las reseñas"

William Faulkner a The Paris Review.

Saturday, November 20, 2010

Hoy




Abro los ojos y la oigo.

¿O me despertó su placer?

Trato de escuchar.

Y después de ese grito, silencio.

El ruido del agua

contra el piso de la

bañadera.


Y el
cuadro
que gime
hiperrealista.

Thursday, November 18, 2010

Titiritero


A lo largo de su fecunda vida como contador de historias, Villafañe sólo había requerido de dos estímulos: el vino blanco y las bocas en forma de "o" de los niños. No era un hombre que buscara dinero u honores. Sin embargo, un día tuvo la suerte de conocer al rey de España. En su calidad de titiritero había manejado a muchos reyes, pero no sabía cómo tratar a uno de verdad. Así se lo dijo al rey Juan Carlos. Divertido por estar ante alguien que sabía manejar a los monarcas con hilos, el rey le prestó su coche para que volviera a casa. Villafañe no buscaba lujos, pero tenía su vanidad. Le fascinó regresar a su departamento madrileño en el coche de Juan Carlos. Para que los vecinos supieran de su importancia, le pidió al conductor que tocara la bocina. Por desgracia, nadie se dio por enterado. Sus amigos no estaban en casa. Entonces pidió que lo llevaran al bar del barrio, y también ahí tocó bocina. Esa tarde, los habituales de las tertulias habían hecho una excepción. Fue en vano que el chofer tocara la bocina. Nadie supo que el titiritero era amigo del rey.


Juan Villoro, en 8.8 El miedo en el espejo

Monday, November 15, 2010

Fríos


Desde el teleférico, la ciudad parece de juguete. Las nubes, o algo menos denso que las nubes; una especie de niebla que se mezcla con el cielo cubre la cima de las montañas. De a ratos, se ven los picos llenos de nieve brillante.

Abajo, un coche blanco recorre la ruta junto al lago. El sol pega en los techos de las casas que cubren el pueblo. Son como chapitas. Algunas, encandilan. El agua del Nahuel Huapí es azul intenso. Cerca de la costa, personas diminutas se delizan sobre el agua arrastradas por cometas de colores. Hay mucho viento: cerca de 25 nudos (46,3 kilómetros por hora). Un pájaro oscuro, parece un aguilucho, sobrevuela el lago. No bate las alas, planea hasta posarse sobre una roca cerca de la orilla. Allí, a unos metros, varios espectadores de la octava fecha del campeonato mundial de kite surf, con sweaters y camperas térmicas, tiemblan. El aire está helado.


La chica de la cometa negra y rosa acaba de caer al agua. Tiene un traje de neopreno de cinco milímetros de espesor. Está descalza. Sin embargo, el problema es el frío en las manos. Las lleva descubiertas porque necesita agarrarse bien de la barra y porque los guantes le hacen perder sensibilidad. Siente un dolor que viene desde adentro: pareciera nacer en los huesos y fluir a través de la sangre. Bruna no sabe qué hacer para detenerlo y por eso, ahora, en la carpa de la organización, llena un vaso con agua caliente de un dispenser y mete los dedos amuchados. Un dolor horrible que no pasa. Las manos le tiemblan como si fueran de otra persona. Los labios, morados. La boca rígida le dificulta el habla.


Pero no hay tiempo para sufrir el frío. Ahora, de nuevo, al lago a competir. Sale de la carpa, prepara la cometa. Tensa los cables, se sube a la tabla y se mete en el agua. Hace una pirueta: pasa la barra por detrás de la espalda y vuela con la barra agarrada a una sola mano, la clásica pose de Superman. Luego desciende, se apoya en el agua, armoniosa como una hoja otoñal.


Intenta otro truco, pero quizá por el viento o por el cansancio, cae al agua helada. La respiración se le corta, el aire se va, siente que alguien la golpea con fuerza en la boca del estómago. Trata de sacar la cabeza, pero es tarde. Miles de agujas sobre la piel. Lo que se siente en la nariz y la boca al tomar algo muy frío, sólo que expandido en toda la cara.


El frío le duele. Sin embargo no piensa, el hit sólo dura siete minutos y hay que hacer la mayor cantidad de trucos posibles. Se incorpora, tracciona la cometa. Y entonces salta, se eleva unos metros y ahí sí. Ve todo desde arriba, se olvida de que hay una tabla, una cometa, un deporte. Sólo el frío que sube desde el estómago, un frío diferente a los otros fríos, distinto al de Bariloche, al del viento pesado, al del Agua del Nahuel Huapí; un frío agradable que le inunda los poros de libertad.

Monday, November 8, 2010

Facebook*

Voy a hacer un Facebook.

Quiero que me miren.

Que vean las fotos en Madrid, el gato desnutrido.

Que comenten.

Qué suerte tiene. Pobre pibe. Mirá dónde estuvo.

Quiero una pose gratuita de modelo: la mirada perdida.

Quiero acumular, bajo la foto, decenas de obviedades, estupideces superfluas.

Comentarios simples que me arranquen una sonrisa, me despedacen los labios, me desangren las encías.

Qué lindo bebé. Una fiesta inolvidable. Y yo, aprendiendo a manejar con lluvia.

Quiero que el tío Pocho me pregunte cómo andás de la diarrea.

Quiero que sepan lo que siento.

Quiero expresarme.

¿No entienden?

Quiero expresarme.



*El amigo Omar Claveroni, en Gritos calvos y otros delirios.

Sunday, November 7, 2010

Dos dólares


Y siempre usabas muchas sombra verde alrededor de los ojos. Te acercabas con tu vestido de seda crujiente. Como si hubieras sido hueca. Oías con tus ojos grandes. Y el primer día que pasamos a bordo no quise que gastaras dos dólares para alquilar una reposera. Ahora te dejaría. Ahora te dejaría hacer cualquier cosa Helen, ahora podrías alquilar dos o tres reposeras y yo no te diría una sola palabra. No era por el dinero, era porque tenías muy mal aspecto y pensé que te helarías de frío en la cubierta. Y nadie sabía lo enferma que estabas. Y tiré de la toalla. Te la arranqué de las manos cuando me dijiste que gastarías esos dos dólares. No era por el dinero. Ahora rompería dos dólares aquí mismo, en esta estación de subte. Díos mío, era por el dinero.

Te he perdido.

J. P. Donleavy, en Cuento de hadas en Nueva York.



Monday, November 1, 2010

.


Nadar.

Sumergirse en una pileta clorada a niveles insoportables, en un mar salado, en un río marrón camalote.

Dos brazadas, respiración, dos brazadas.

Hasta cansarse. Hasta sentir en la boca esa sequedad ácida.

Y después, si queda algo dentro, recién ahí.

Aunque no sirva para nada.


Monday, October 25, 2010

El miedo no es igual


El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia.

Hay miedos y miedos.

Una cosa es el miedo a algo a una patrulla que te puede cruzar, a una bala perdida, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo.

Vas con ese miedo, natural, constante, repechando la cuesta, medio ahogado, sin aire, cargado de bidones y de bolsas y se aparece una patrulla, y encima del miedo que traés aparece otro miedo, un miedo fuerte pero chico, como un clavito que te entró en el medio de la lastimadura.

Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ese que siempre llevás y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó.

Despertarse con miedo y pensar que después vas a tener más miedo, es miedo doble: uno carga su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para darse el gusto de sentir un alivio cuando ese miedo chico a un bombardeo, a una patrulla pase, porque esos siempre pasan, y el otro miedo, no, nunca pasa, se queda.


Fogwil, en Los pichiciegos

Saturday, October 23, 2010

Hoy


Empiezo a caminar. El viento me trae el grito de una sirena.

J. P. Sartre, La Nausea


(Pintura de Eric Zener),

Monday, October 11, 2010

Wednesday, October 6, 2010

Llueve


Empieza a llover. Las primeras gotas caen espaciadas, veloces; golpean intempestuosamente las hojas y caen al suelo con un largo suspiro, como aliviadas de una insoportable incertidumbre. Son grandes como postas, calientes, como si hubiesen sido disparadas por una escopeta; golpean el farol con un siseo agorero. Padre levanta la cara; tiene la boca abierta; un cerco húmedo y negro de tabaco está empastado a lo largo de la base de sus encías; desde el fondo del asombro que expresa su boca abierta le nacen, como fuera del tiempo, cavilaciones sobre esta última afrenta. Cash mira ahora al cielo, luego al farol. La sierra no se ha parado, no ha roto el resplandor andante de sus dientes, que se mueven como a impulso de un émbolo.

Traiga algo para tapar el farol dice.

Padre se dirige a la casa. La lluvia cae de golpe, sin que truene, sin aviso de ninguna clase. Corre hacia el porche. En un instante Cash queda empapado. Sin embargo, el movimiento de la sierra no ha cesado, como si la sierra y el brazo funcionasen con la tranquila convicción de que la lluvia fuera sólo una ilusión del entendimiento.

William Faulkner, en Mientras agonizo.

Wednesday, September 29, 2010

Inmersión onírica



A la noche, te acostás. ¿En qué pensás, después de cerrar los ojos, antes de quedarte dormido?

La verdad es que pienso muy poco… Cuando me voy a quedar dormido, tengo un sueño casi instantáneo. Siempre tengo un pensamiento rapidísimo de qué voy a hacer el día siguiente y trato de pensar en la parte más placentera de ese día para justificar que ese día exista. Y luego hay un momento como de inmersión en el agua, en el que por un segundo me llega un flashazo del sueño de la noche anterior. Como si recuperara la historia del sueño anterior. Me gusta sumergirme en ese sueño. Recuperarlo. Bueno, no siempre. También tengo, a veces, sueños muy desagradables.


Juan Villoro, lo confiesa, tiene sus Sueños intranquilos.


Thursday, September 23, 2010

Los J.*


No anheles su lugar, mantente lejos.
No tienen más que un sueño interrumpido,
son ratas, trepadores, mal nacidos,
el palo les arruga el entrecejo.

Ignóralos de reojo, sé tu mismo,
desprécialos con furia encarnizada.
No saben, ignorancia inusitada,
su breve paso al frente da al abismo…

Los iguala un extraño misticismo,
devotos del poder y de la nada.

*Omar Claveroni, en su libro de poesía Odas y odetes (Editorial Aguilar)

Thursday, September 16, 2010

Fantasmas

En el sueño, él estaba leyendo, acostado en la cama de esa misma habitación.

Veía una sombra que, de a poco, se corporizaba. Era una mujer. El pelo negro, una nena en brazos. La nena tenía un muñeco.

De pie junto a la cama, la mujer lo miraba como esperando que entendiera por qué ella estaba ahí. En sus ojos no había agresión.

Se despertó asustado.

Corrió el libro que había estado leyendo hasta quedarse dormido y miró a la derecha. Ahí, hasta hacía un rato, debía de haber estado la mujer.

Pensó en los papardelles de la cena, en la panceta, la pesada cerveza artesanal.

Hacía mucho calor.

Pensó que unos años atrás, su hermana había soñado que una cucaracha le recorría el brazo. Al despertarse, el bicho le caminaba por el hombro.

Trató de no seguir pensando. Agarró el control y prendió la televisión.

Monday, August 30, 2010

Intentar ser persona


Ser la hija de Fogwill es (...) intentar ser actor siendo hijo de Vittorio Gassman, intentar hacer cine siendo hijo de Ozu, intentar ser meditativo siendo el hijo de Osho, intentar ser persona siendo el hijo de un animal.

Mi padre para mí, como padre, fue un gran escritor. No se lo podía molestar, no se le podía quitar minutos a su silencio ni a su pensamiento. Su mejor novela es su vida, una vida más impactante que cualquier escrito que hayan podido encontrar o leer de él y/o sobre él. La mejor literatura la hizo en las noches arrullándome para dormir, jamás –mientras me tocaba estar con él– me dormí sin un cuento de mi padre, jamás. Hasta de grande era capaz de meterse en mi cama a contarme un cuento, pese a que yo, dormida, me sobresaltaba y le decía: “¡Papá, ya estoy grande para cuentos!”, “¿Papá, estás drogado?”, “¡Papá, soy tu hija!, ¡Papá!”.


Vera Fogwill escribe sobre su padre en Radar.

Thursday, August 26, 2010

Otro cumpleaños triste


— Disculpe. ¿Dijo algo?

— No. Hablo solo.

— ¿Usted es Fogwill?

— Sí. Por eso hablo solo.

**

Y la entrevista terminó, los dos arriba de un taxi, yendo a buscar a su hija más chica, que salía del curso de ingreso al Nacional Buenos Aires.

En realidad, había terminado un rato antes.

—Bueno. Yo voy para allá — dijo, señaló hacia un lugar, respiró, la boca abierta, como los peces cuando los sacan del agua, y nombró dos calles que seguramente se cruzarían en algún lado — Si te queda bien te llevo.

Claro que me quedaba bien. No tenía la más puta idea de si me estaba acercando o alejando de donde iba, pero compartir un taxi con Fogwill me quedaba bien. Seguro.

Paramos, subió la hija. A las tres cuadras, en aquel cruce de calles, yo me bajé.

Lo saludé con un beso.

— ¿Sabés, Ø? Cuando me llamaste pensé que eras un pelotudo. Llegué a la nota creyendo que iba a ser un embole. La misma mierda de siempre. Pero me cagaste. Estuvo entretenida.

Y al llegar a casa, inflado de ese orgullo idiota que, en momentos como éste nos damos cuenta, no sirve para un carajo, el mail, la frase: "No pares de nadar".

La flechita del mouse sobre la palabra "responder" y las letras: “¿No piensa dar un taller de escritura? Quiero ser su alumno”.

Al rato, la respuesta.

"Ni en pedo. preferiría tener un taller de chapa y pintura para arreglar el auto, ya mi prosa no tiene solución: chapa mala y oxidada".


Foto: Diego Sandstede.



Thursday, August 19, 2010

La mujer


La puerta estaba abierta. El interior estaba casi a oscuras y había una atmósfera pesada. Una mujer salió a nuestro encuentro, sin saludarnos. Tenía dura la mirada y fijó en mí sus ojos. Estuvo largo tiempo sin pronunciar palabra. No sé, no sabría decir por qué, pero intuía cierta maldad en ella. Las mechas le colgaban sobre las mejillas, y la gran boca exangüe tenía una cierta expresión irónica y perversa.

Par Lagerkvist, en El verdugo

Thursday, August 12, 2010

Rescatista


No somos inmunes a la muerte de otro.

No importa si no lo conociste.

Da igual si no sabés cómo se llamaba, cuántos años tenía, qué le gustaba hacer.

El cuerpo está ahí en el suelo y acá estamos nosotros.

Hay que levantarlo y llevarlo a otra parte.

Cuando lo movemos, queda una huella. En la nieve aparece una marca que tiene forma de persona.

Dentro de nosotros, también.

Sunday, July 18, 2010

Escribir II

Y tenía nueve años (...). La escritura, mi trabajo forzado, no conducía a nada y, por lo mismo, se tomaba a sí misma por fin. Yo escribía por escribir. No lo lamento. Si me hubiesen leido, habría tratado de gustar, me habría vuelto maravilloso. Como era clandestino, fui verdadero.

J.P.Sartre, en Las Palabras

Hilo dental

En la entrada de la farmacia está el tipo de seguridad que, creo, no hace otra cosa que abrir la puerta. Voy al sector de los cepillos de dientes, sé donde están, y agarro un hilo dental de esos verdes con gusto a menta. Me acerco a la caja pero la cajera y la farmacéutica están mirando a una mujer con un nene en brazos. Me paro frente a la cajera que sigue mirando a la mujer y pienso por qué no me cobrará, es sólo un hilo y estoy apurado.

— ¿Pero le explicaron cómo ponérselo — dice la farmacéutica y la cajera sigue mirando a la mujer, como si yo no existiera.

— Me dieron un spray, para que se lo pase por la cabeza.

Y veo en el pelo del nene, algo así como una costra, un bodoque de caspa. Y la cara de la cajera es de asco. Y la cara de la farmacéutica parece de desesperación, tampoco voy a quedarme dos horas esperando para pagar un hilo dental, y el nene se da vuelta y veo lo que tiene en la oreja.

Una especie de pelusa blanca y verde, como la que se forma en los potes de crema después de que vencen, que se extiende desde el oído hacia afuera; hongo vivo, hongo que avanza, ocupa parte de la mejilla; y el hilo dental pasa a ser lo único que me retiene esperando ahí, viendo a la cajera que mira a la mujer, que mira a la farmacéutica que mira al nene con eso en la oreja.

— ¡Se lo tiene que poner ya! — dice la farmacéutica en un consejo que suena a orden.

— Sí. Sí. Acabo de venir del hospital.

Y yo me acerco al sector de los cepillos de dientes. Dejo el hilo y salgo.

Camino bajo la lluvia, ingenuo, como si yéndome pudiese alejar esa imagen .



Escribir I


Todo me pareció simple. Escribir es aumentar con una perla la cruz de las Musas, dejar a la posteridad el recuerdo de una vida ejemplar, defender al pueblo contra sí mismo y contra sus enemigos, atraer sobre los hombres la bendición del cielo con una misa solemne. No se me ocurrió la idea de que se pudiera escribir para ser leído.

J.P. Sartre, en Las palabras.

Tuesday, July 13, 2010

¿Y?


Ayer se cumplieron tres años del primer post de este blog.


Tuesday, July 6, 2010

Momentos


— ¿Le molesta si fumo? — lo interrumpe ella.

Y él, que odia el tabaco, y pasa cuadras y cuadras hablando de los problemas irremediables que el cigarrillo causa en los frágiles pulmones, porque aunque no se diga los pulmones son frágiles, de las perversas maniobras de las tabacaleras, dice:

— Fume tranquila. Hay momentos en los que no hay nada más lindo que prenderse un cigarrillo.

Thursday, July 1, 2010

Ganas

Cuando llegué, ya estaba ahí.

Apoyada contra la pared del bar, tratando de saber, de lejos, si yo era yo.

A medida que me acerqué, la fui descubriendo, marco grueso de anteojos oscuros, arito en la nariz, ropa negra, colgante plateado y sonrisa que sin ver intuí suave y seductora. No me equivoqué.

Yo había llegado tarde, no un ratito, veinte minutos tarde, con una remera negra, arratonada que no se cansa de decirme no era lo más indicado para una primera impresión.

Saludo tímido.

Disculpas por la hora. No pasa nada. No, en serio.

Entramos. Pedimos una cerveza.

Dos equilibristas novatos caminan sobre un cable de acero.

Ella se ofreció a pagar la segunda. Acepté. Ella dice que no debería haber aceptado. Yo digo que ya, en ese momento, sabía que lo menos importante de esa noche era el bolsillo del que saliera la plata para que estuviéramos ahí.

Hablamos. También era periodista. Hablaba menos que yo, lo que no es difícil. Pero mucho menos que yo, al punto que me intrigaba.

Y tuve ganas de darle un beso y no esperé, como dice ella que debería haber hecho, que terminara de hablar, acerqué la cara y se lo di, aunque no sea cierto que los besos se den y se reciban, los besos se comparten.

Abrió los ojos más de lo normal, puso las manos con las palmas hacia delante, como si quisiera detener algo, no a mí: algo. Y, rápido, como disculpándose, tratando de dejar en claro que a pesar de la sorpresa no le había molestado mi beso o, al menos, no tanto, dijo: no me lo esperaba.

Perdón, tuve ganas.

Sonrió, con esa sonrisa que me había imaginado suave y seductora, y compartimos otro beso y otro, y otro, y otro. Y uno de los dos, puedo haber sido yo, compró más cerveza. Y dejamos de hablar.

Nos abrazamos. Así, es más fácil hacer equilibrio.

Monday, June 28, 2010

Un buen tipo



Subimos al taxi. Tenemos valijas, así que ella va atrás, yo adelante. El taxista lleva boina y un escarbadientes en la comisura derecha. Debe ser zurdo. Parece de esos que no quieren hablar, que están enojados con algo desde hace mucho. Mejor. Mejor el silencio. Hasta que llegamos ahí, debajo de la autopista, donde duermen varios.

— Pobre gente.
— Sí.
— No, en serio.
— Sí. Sí. Es tristísimo.
— Mirá ese por ejemplo. Viviendo ahí, con el lomo que tiene.
— …
— Podría estar laburando.
— No sé si le será tan fácil conseguir tampoco. No debe tener para comer.
— No quiere. No laburan porque no quieren.
— ¿Usted cree?
— Es así, creeme que es así.

Otra vez no, pienso y la miro a ella. Sé que está pensando en saltarle al cuello, destrozarle con los dientes las venas de detrás de la oreja, clavarle los pulgares en los ojos y apretar hasta sentir que las esferas gelatinosas se meten para adentro, se clavan en el cerebro.

— ¿Sabe lo que se necesitaría en este país? —digo.

Y ella, me intuye, abre los ojos. Me conoce y no le gusta.

— Un Hitler —digo.

El tipo sigue manejando. Escucha.

— Alguien que viniera y exterminara a todos. Pero a todos, nada de pelotudeces.
— Se…
— Uno que se dejara de joder, que fusilara en Plaza de Mayo por decenas, a la vista del público. Que mandara mensajes por televisión. Que generara pánico.
— Así estaríamos mejor.
— ¿Y sabe qué? Si uno llega a robar, sea porque no tiene para comer o por lo que sea: un tiro en la pierna.
— …
— Sí. Un tiro en la pierna y nada de hospitales públicos donde atienden a cualquiera. Que se arregle solo, que se cure solito. Así, la gente empezaría a aprender.
— Y hablan mal de los militares —dice el tipo y pienso que, quizás, si le hubiera recitado a Bakunin también estaría de acuerdo. Tal vez no.

Ella se quiere bajar desde hace, por lo menos dos cuadras.
— Creo que acá habría que hacer algo más taxativo. Los militares eran una manca cagones.
— Muchos hacen propaganda y dicen que Hitler sólo mató judíos, pero es mentira, también mató a gitanos, a homosexuales, a muchos…
— El único problema —digo—. Es que acá, si hicieran matanzas en masa, a los que primero fusilarían sería a los taxistas y remiseros. Y no me parecería mal, le digo sinceramente. Hay mucho chanta....
— Ah, ah, ah. ¡Ojo! Que si hay que salir con corbata y camisa, yo no tengo ningún problema. Puedo ir así, bien empilchado, proljo.
— Sí. Igual usted sabe que en esos casos, uno no se pone a diferenciar. Si hay que matar, se mata a todos y a la mierda.
— Se.

Las últimas dos cuadras, las hacemos en silencio. Llegamos. Ella se baja con una de las valijas. El tipo me da el cambio sin mirarme. Cuando cierro la puerta, acelera y se pierde por Entre Ríos.

Sunday, June 20, 2010

Si nos colaboras, mi amor


Foto: Patricio de la Paz.

– Pobre niña –dice Mary y mira a la pelirroja que, sentada en la puerta de la iglesia San Pedro Claver, llora como si le hubiese pasado algo terrible.

Por lo que se entiende de las frases entrecortadas por el hipo y los respiros, la pelirroja no se quedó sin trabajo, no recibió la noticia de una enfermedad grave, ni se enteró del fallecimiento de un pariente: según dice a quien quiera oírla, acaba de perder su cámara digital. Y eso, en Cartagena y para cualquier turista, puede ser tragedia mayor. También para Mary que, aquí, en esta húmeda ciudad caribeña, vive de ser retratada.

–Pobre niña –dice. Chupa un oloroso pedazo de mango, que por el color naranja intenso parece formar parte de su vestimenta.

Lleva aros dorados, corpiño rosa, pollera embanderada: amarilla, azul, roja y las uñas de los pies, de un fucsia fuerte. María Elena Salgado, Mary, como suelen decirle, no es mujer de un solo tono.

De lejos, en la calle San Juan de Dios, donde pasa la mayor parte de la tarde, se la ve animada: camina zarandeando su cuerpo, mueve las caderas anchas al tiempo que mantiene sobre su cabeza una enorme palangana con frutas frescas. Pero a medida que uno se acerca, le descubre ojeras, los ojos cansados; una expresión pálida que contrasta con el color de su piel negra.

Tiene los ojos cansados porque no da más. Está despierta desde las seis de la mañana. Son las ocho y media de la noche y no ha parado un minuto, aunque la relaja la idea de que el domingo, lejos de frutas y de flashes, va a poder descansar.

Se quedará en casa. Lavará la ropa del más chico de sus cinco hijos; limpiará los baños, la cocina, y hará la comida como si fuera un día común. Aunque sepa que el domingo, para todos los colombianos --ella incluida--, no va a ser un día cualquiera.

Cuando millones de sus compatriotas se despierten pensando en ir a votar, en qué pasará con la segunda vuelta de las elecciones, si ganará el ex ministro de defensa Juan Manuel Santos o el ex alcalde de Bogotá Antanas Mockus, ella, quizás una de las mujeres más fotografiadas de la región, se quedará en casa, como lo hizo el domingo 30 de mayo. “Lo que el pueblo elija, para mí también quedará elegido. La verdad es que ningún candidato está dentro de mi corazón”.

En las dos elecciones anteriores, Mary votó a Álvaro Uribe. Y si bien muchos de los opositores creen que el actual presidente representa el bastardeo a la Constitución, la profusión del clientelismo, ella teme que lo que venga pueda ser peor. “Le tengo miedo al cambio. Con Pastrana nos fue mal, no hizo nada por el pueblo. Uribe, en cambio, nos dio casas a los pobres, carnets de medicina, un subsidio para los niños”.

Un turista interrumpe. Se acerca tímido y en un castellano forzado pregunta si le puede sacar una foto.

– Si nos colaboras, mi amor. Si nos colaboras. Porque aquí piden pero nadie nos compra nada.

El turista, de casi un metro noventa y ojos bien celestes, acepta y compra una banana. Pero primero la foto, dice. Y Mary sonríe, los dientes blancos, relucientes, y una sonrisa pétrea, que repite para cada uno de los viajantes que buscan un recuerdo de Cartagena.

Detrás, la pelirroja habla con un guardia de seguridad.

Oriundas de san Basilio de Palenque, las llamadas palenqueras forman parte del paisaje de la costa caribe colombiana. Aquí, están para vender fruta, pero sobre todo para completar la postal de esta colorida ciudad que los días feriados, sin ellas, parece languidecer. Funcionan como elemento estético. Son como las frutas coloridas de las revistas gastronómicas, que se repiten en páginas y páginas pero cuyos gustos nadie conoce. Cualquier turista que se precie de tal, se llevará en su cámara una imagen de estas mujeres. La sonrisa de Mary está en miles y miles de álbumes de fotos, computadoras y teléfonos celulares de extranjeros que, rara vez, antes de apretar el disparador, le preguntan el nombre.

Desde los años ochenta, la sociedad colombiana está dividida en estratos que se definen por la calidad y los materiales de las viviendas. La división, según un informe de la Pontificia Universidad Javeriana, se formalizó en 1994 para otorgar subsidios a los residentes más pobres.

Mary pertenece al nivel 1. En términos burocráticos: tiene un 50% de descuento en el pago de los servicios públicos; en lenguaje común, algunos días, lo que gana no le alcanza ni para cubrir los gastos de la fruta.

La piña a ocho mil. La banana a quinientos. El melón a dos mil, enumera, aunque admite que consigue más plata con la propina de las fotos. “Aquí vienen personas de todas partes. Algunos muy tacaños. Los venezolanos, por ejemplo, son los más duros. Los más fáciles son los europeos y los mexicanos”.

Sin embargo, si no fuera por las frutas y su vestido colorido, nadie a Mary le sacaría fotos. Así que ella, todos los días, se levanta a las cinco. Barre el patio, limpia el baño, se da una ducha y sale hacia el mercado Bazurto. Compra poquita fruta; la que sobra no puede guardarla. “A veces se me acaba y esos días, siento pesar: pienso que podría haber vendido más”. Luego vuelve a la casa, prepara la comida que los chicos se llevarán al colegio y sale a vender. A las 17, llega a la esquina de San Juan de Dios y La Tercera, y arma la palangana.

La más pedida es la piña. Luego la sandía, la papaya y el mango. Sin embargo, ella compra más mango del que va a vender, sólo porque le encanta. “Tengo que hacer fuerza para no comérmelo. Y aunque trato, de vez en cuanto corto un trozo y lo disfruto”.

A Mary no le gusta lo que hace. Si tuviera que elegir un trabajo, preferiría limpiar un colegio, un puesto de salud o el baño de un hospital. A veces, quedarse sentada esperando que alguien venga a comprarle una mandarina la aburre demasiado. Por suerte, dice, la acompaña Josefina. Hace unos cinco años, se conocieron en Palenque. Las dos vendían pescado. Un día, Josefina tuvo la idea. Ya no vendemos más pescado. Vamos a Cartagena. Yo con la cocada, tú con la fruta. Mary aceptó y viajó con su familia. Hoy, cuando una está cansada, la otra la anima. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Algo se podrá hacer! Tratan de convencerse. Como ahora, Mary trata de convencer a su compañera de que no vote por Mockus. Sin embargo, Josefina ya decidió. No va a cambiar de idea. A Mary, vuelve a decirlo, le asusta el cambio.

– ¿Y si fuera un cambio positivo? ¿Si le permitiera salir de la pobreza?

– A menos que me gane un quinto de la lotería, yo no puedo salir de la pobreza.

El calor húmedo, pesado, caribeño, se hace visible en las gotas de transpiración. Mary se acomoda el vestido y se sienta en un banquito de madera, junto a Josefina.

– ¿Y si la obligaran a votar, por quién lo haría?

– Por Santos, porque es persona de Uribe. Aunque él, personalmente, no me simpatiza. Cuando estuvo en el poder renunció. Si no fuera porque es la mano derecha de Uribe, iría preso. Mi marido vota por Santos. Yo lo convencí.

– ¿A quién iba a votar él?

A Mockus.

– ¿Y por qué usted lo convenció de que cambiara?

– Porque con Santos, la actividad económica va a ser igual que con Uribe. El cambio puede ser peor.

Mientras habla, no pierde de vista a la pelirroja que, ahora frente a la iglesia, gesticula frente a un vendedor de artesanías. Si pudiese, Mary haría que en Cartagena las cámaras fueran imposibles de perder.

– Y sin embargo, usted el domingo no va a salir de su casa.

– No. Si fuera otro el candidato de Uribe, lo votaría. Pero éste no me simpatiza.

– Hay quienes hablan de compra de votos. Si alguien le ofreciera plata para ir por Mockus, ¿qué haría?

– Pues agarraría la plata y, en el cuarto, marcaría por Santos.

Si le pagaran, Mary votaría por quien ella quiere. Sin plata, ese esfuerzo no tiene sentido.

En Colombia, interviene el barranquillero Alfonso Díaz, dueño de un negocio de artesanía y otro de cueros que escucha atento a un costado, los votos se compran aunque es difícil verificar que quien acepta el soborno vote por el candidato que le indicaron. “A veces, le dan un celular a la gente y le dicen que le saque una foto a la boleta marcada. Otras, cuando no hay celular, simplemente creen en la honestidad de la pobreza. Esa honestidad que ellos no tienen”, agrega.

Mary oye sin opinar. Luego, cuando el hombre se retira, sigue como si él no hubiera dicho nada. “Algunos nos dan buena propina por las fotos. Dos mil quinientos pesos, otros sólo mil. Vivimos del turismo, vivimos de esto. Para eso nos compramos esta vestimenta. Para eso les zarandeamos. Pero a algunos, no les importa. En esos casos, una los mira, pero si ellos no quieren colaborar, no ponen nada”.

La pelirroja ya no llora. Se acerca y le cuenta a Josefina que encontró la cámara. Un amigo se la había sacado para hacerle una broma. Parece contenta. En las mejillas se le ven las marcas de las lágrimas secas. La cámara recuperada sigue dentro del estuche. Su dueña no parece dispuesta a sacar fotos, mucho menos a ayudar a las palenqueras con una colaboración. Sólo vino a contarles la noticia y, ahora, se distrae: mira atenta a dos palomas que pelean por un pedazo de pan.

Mary también mira a las palomas. Tampoco dice nada. En silencio, espera que otra persona venga y, esta vez sí, la retrate. Lo único seguro es que el domingo no va a ir a votar. En los centros electorales, nadie va a pedirle que pose para una foto.



Friday, June 18, 2010

Bukowski

Pensé en algo que había leído hacía poco, donde se decía que yo era probablemente el poeta que más vendía en Norteamerica y el más influyente, el más copiado. Qué extraño. Bueno, al diablo con eso. Lo único que contaba era la siguiente sesión frente al ordenador. Si podía seguir haciéndolo, estaba vivo; si no, todo lo anterior significaba muy poco para mí. Pero ¿qué hacía pensando en la escritura? Estaba perdiendo la cabeza. Yo no pensaba en la escritura ni cuando estaba escribiendo.

Charles Bukowski, en El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco

Tuesday, June 8, 2010

Opinión

El blog, dice el escritor que prefiere el anonimato virtual, es la mayor desgracia que existe después de la televisión. Es el colmo de la megalomanía, es un diario público que no aspira a ser diario sino ventana.

Y tiene razón.


Hoy

Saturday, June 5, 2010

Animal


Siento un ruido. El roce sobre una superficie. Hay algo vivo en la habitación del hotel. Me incorporo y busco las hawaianas blancas debajo de la cama. En la penumbra, la descubro, escondida, detrás de la valija.

Venzo el asco. Corro la valija. Y la veo, adherida a la pared: verde cucaracha colombiana.

Me acerco, ojota en mano, la pienso estampada, un amasijito de carne, una manchita de sangre y piel.

No.

Es más fácil matar a un insecto que a un reptil.

Con la ojota golpeo la pared.

El animal se escapa hacia la recepción.

Saturday, May 15, 2010

Verosímil

"Si le hubieran llenado el pecho de plomo fundido no habría sentido tanto dolor".

"Como puede verse, no tenía la menor experiencia de la vida, ni siquiera había leído novelas; si hubiera sido un poco menos torpe, le habría dicho con cierta sangre fría a aquella joven..."

"En cuanto pudo levantarse, sin caer en la incorrección, se abalanzó más que corrió, hacia las cuadras, ensilló él mismo su caballo, y salió al galope. He de matar mi corazón a fuerza de cansancio físico, se dijo...".

En Rojo y Negro, Stendhal.

Saturday, May 1, 2010

Hoy

Francisco Javier Olea.

Thursday, April 29, 2010

Caradurez I

"Pero en la Argentina de hoy con sus instituciones degradadas, el Estado de Derecho reducido a una mera apariencia..."

Fragmento de una solicitada firmada por José A. Martínez de Hoz, publicada el 28/4/2010 en diversos medios nacionales.

Monday, April 19, 2010

8 horas 17 minutos*


Me llamo Damián Blaum. Tengo 28 años, y descalzo mido un metro setenta y seis, desnudo peso setenta kilos, y por así decirlo ahora estoy desnudo, acostado boca arriba, hablándole a la oscuridad en esta pieza de hotel. Un viejo maestro, Claudio Plit, que fue cuatro veces campeón del mundo, siempre decía que si la noche antes de una carrera uno logra mantener el cuerpo en posición horizontal y los ojos cerrados durante más de cuatro horas, tiene que estar agradecido. Pero miro el reloj, son las cinco menos cuarto de la madrugada, sólo dormí dos horas, y a las siete menos diez tengo que levantarme. En un rato arranca la carrera.

Muchas veces sueño con que llego primero a la meta. Otras tantas, con que me quedo dormido y me pierdo la largada. Ahora trato de no pensar. Intento no volverme loco. No es fácil. La semana pasada nadé desde Santa Fe a Coronda, 57 kilómetros. Nadé sin parar durante siete horas y el cuerpo lo siente.

Ayer llovió. Hoy, el río está muy alto. A pesar de lo contradictorio que puede sonar el calificativo para una carrera de 88 kilómetros, va a ser una carrera rápida. Habrá que esperar y ver qué pasa, arrancar tranquilo, percibir cómo se van dando las cosas, acomodarse y, recién ahí, pensar en atacar. Quizás llueva. Hace unas horas, en la charla técnica el prefecto dijo que si hay tormenta y mucho viento la carrera no se hace. Espero que no se suspenda. Es dura, pero me cae bien. Vuelvo a mirar el reloj. Pienso en el tiempo que me queda para disfrutar este relajo. Trato de dormir. Y duermo.

Largada

Domingo. Nueve cincuenta y cinco. El agua del Paraná está un poco mejor que la semana pasada, pero sigue caliente: veintitrés, veinticuatro grados. Y eso que todavía es temprano y el sol aún no quema. Me siento más cómodo en agua fría.

Estamos todos, los 21 nadadores, en una misma línea. La veo a Esther, mi novia, que también compite. Le sonrió. Espero que hoy le vaya bien. Nos avisan, vamos a largar. Explota la bomba y nadamos.

El plan de carrera es estar tranquilo, ver qué hacen los demás y, después, a medida que me sienta bien, ir incrementando el ritmo. Recorremos 40 metros en contra de la corriente, hasta una boya, y luego giramos con el río a favor. En segundos, la largada, el barco donde hicimos la preparación, la gente que aplaude, desaparecen. El río está rápido en serio. Va a ser una carrera corta.

Las primeras cinco horas hay que pasarlas, como sea, con el menor desgaste posible. Mantenerse relajado, divertirse dentro del primer pelotón. Salvo excepciones, las carreras se definen en los últimos minutos. Lo peor viene al final.

Una hora veinticuatro minutos

No tengo ojos. Cuando estoy en el agua, mis córneas son las de Gustavo Langone, mi guía, que va en un bote, ahora a mi derecha. Igual, veo: sé dónde está el alemán, detrás de mí, el italiano y el esloveno, la costa santafesina, la entrerriana, lo que falta para Brugo, pero es él quien maneja la carrera y quien decide, desde ahí arriba, hacia qué dirección tengo que ir. Además de gritar, y me grita bastante, Gustavo, o Guga como le digo, tiene una especie de pizarrón donde anota cosas que yo leo sin detenerme. Letras que quizás alguien sin experiencia no podría descifrar de un vistazo. Pero el hombre es un bicho de costumbre y yo, al agua, estoy digamos que acostumbrado.

Hice esta carrera unas cinco veces. Y antes, años atrás, por el campeonato nacional, nadé el último tramo otras siete. Conozco el terreno. Estamos en la zona del Víbora. Sigo primero.

Freno a tomar agua.

–¿Voy por acá? –grito y señalo hacia adelante.

Guga me responde, callado, con una sucesión de carteles. Escribe, me muestra, borra con un trapo, y vuelve a escribir.

Confiá en vos.

Y confiá en mí

Estás entrenado para nadar fuerte.

No para hacerle la carrera a los otros.

Sigo. Brazadas y patadas. Tac, tac, tac, tac.

Dos horas treinta y seis minutos

Van dos horas treinta y seis minutos de carrera. Lo sé por mi plan de hidratación. Cada doce minutos, Guga me da para tomar un carbohidrato puro que compramos en Alemania. Cada hora, tomo el carbohidrato mezclado con un gel que tiene cafeína. El gusto y la consistencia cambian y yo me doy cuenta de que pasaron otros 60 minutos. Precisión. A las dos horas doce minutos, cuatro horas doce minutos, seis horas doce minutos como, además, un pedazo de banana. Comer sirve para orientarme temporalmente. A las dos horas treinta y seis, cuatro horas treinta y seis y seis horas treinta y seis, tomo un ibuprofeno. Por reglamento el nadador no puede tocar al bote ni a su guía. Para evitar sospechas, me acerco, abro la boca y Gustavo, como si alimentara una orca, trata de encestarme en la garganta.

Pasamos Brugo, hay que cambiar de orilla. Nado por el medio del río. El alemán y los dos italianos prefieren ir más cerca de la costa. Estoy primero. La jugada viene bien pero en un momento, al cruzarse de margen ellos agarran una corriente y aparecen cien metros delante de mí. Mierda. Tengo que desgastarme para ir a alcanzarlos. Ellos trabajan juntos, yo vengo solo. Es como en el ciclismo, siempre es preferible pertenecer al pelotón. Acelero y llego, pero cansa y ahora tengo que recuperar. El río está sembrado de camalotes.

Cuatro horas doce minutos

Somos cinco en el primer pelotón. Yo, el alemán Studzinski, los italianos Valenti y Volpini y el esloveno Rok, en ese orden. Me siento bien. Voy a probarlos. Meto cambios de ritmo, piques cortos. Dos o tres minutos fuertes, les sacó quince metros, y relajo. Cuando se me acercan: dos o tres minutos fuertes, les sacó diez metros, relajo. Si les jugás a nadar tranquilo, algunos se agrandan, piensan que mandan ellos. Y se equivocan.

Cartel: creo que el cambio les está rompiendo las bolas.

No les va a ser fácil. Ahora, en el primer pelotón, sólo somos cuatro. Rok, el esloveno, quedó atrás. Mientras nado, meo. No necesito frenar.

Siete horas

Pasamos Villa Urquiza. Voy segundo. En la ribera, gente que aplaude. Faltan veintidós kilómetros, dos horas de carrera. Cruzamos el río, desde la costa entrerriana a la santafesina. Los tríceps, las piernas, se me empiezan a acalambrar. El cuerpo grita. Mientras tomo la bebida, dos segundos, trato de patear un poco de pecho, como las ranas, porque los músculos me duelen todos. Los que usé, mucho. En los otros tengo una sensación extraña, no es dolor, no es cansancio. Es una especie de entumecimiento, los dedos acalambrados. Trato de estirarlos, de hacerlos sentir vivos.

El cuerpo pregunta qué carajo pasa; el estómago se desconcierta: ¡Bebida, bebida, bebida, Coca Cola, banana, ibuprofeno! Se preocupa, pasa a ser un estómago angustiado y quejoso: ¡Qué me están dando hijos de puta, me va a agarrar una úlcera enorme!

El alemán está 80 metros delante de mí. No lo puedo seguir. Los hombros. Hay viento y muchas olas. Atrás tengo a los italianos, Valenti y Volpini. Me pregunto si estarán trabajando juntos para alcanzarme. La semana pasada salí cuarto en Santa Fe. No puedo salir cuarto de vuelta. Los hombros. No trabajé tanto para salir cuarto. Tengo que seguir a Studzinski.

Guga me grita que no baje los brazos. “¡El otro está tan cansado como vos, seguí, seguí, seguí, huevo, seguí, seguí!”, me dice. Puteo. Nadamos seis horas y media, esto parecía una pileta y ahora, en el momento más importante, empieza a haber olas. Quién mierda me mandó a hacer esto.

Cartel: No te entregués, los tanos siguen luchando.

Están atrás. Puedo. Los hombros. Le pido a Guga que me dé algo que me levante, que me saque de este pozo en el medio del río: Carbohidratopotasiomagnesio. Si a mí me duele, a ellos, a todos ellos, debe estar doliéndoles el doble, o el triple, o más. Sé cuán entrenado estoy. Lunes, martes, jueves y viernes, a la mañana y a la tarde: cinco horas por día en el agua, una de gimnasio. Puedo. Nado en aguas abiertas desde los seis años. Puedo. Me gusta, es mi trabajo y, como otros llenan planillas sentados detrás de un escritorio, me gano la vida con esto.

Los hombros. Siento que estoy nadando dentro de una armadura. Me duelen los hombros. Sin embargo, lo tengo claro, el dolor pasa. Pasa y después viene la gloria. No voy a sentirme bien, pero dentro del cansancio, voy a acostumbrarme. Si lo supero, voy a estar más fuerte. Y puedo superarlo.

De a poco, el bajón se va. Duele todo, pero me siento bien, y sigo.

Ocho horas doce minutos

El sol me da de frente. Sólo veo sombras y, a lo lejos, los edificios de Paraná. Más cerca, botes. Botes con gente que me grita que siga, que falta poco, que ya lo alcanzo.

En otros lugares del mundo, corro más tranquilo. Acá, en la Argentina, durante las tres semanas previas a la carrera sólo escucho: ¡Vamos que el domingo hay que ganar!, ¡Vamos que el domingo es tuya, campeón! Aliento, que indirectamente te presiona. Ayuda, aunque es más difícil.

A Studzinski no lo veo pero Guga está desesperado mirando adelante y grita: dale, boludo, seguí que lo tenés. Y si Guga está así, lo conozco, falta poco para alcanzarlo. La gente está eufórica. Gritan todos. Y hay un bote, a la izquierda, con unos flacos que tocan bombos. Guga escribe en el cartel: Apretá los dientes y buscá.

Si uno nadara bien, las piernas no se tocarían. Pero después de horas, cansancio, olas, ya no responden como uno quisiera y chocan entre ellas. Igual que los brazos. La cara contra el cuello. Me afeité al ras pero la barba, que no se ve pero existe, raspa continua y lastima.

Freno a tomar la bebida y una mujer, desde una lancha, larga un grito desgarrador, ¡Vaaaaaaamos Damiaaaaaán!, como si su vida dependiese de esto. Tiro el vaso hacia atrás, queda flotando, solo, en el medio del río, meto la cabeza bajo el agua y arranco. Saco fuerzas de donde no tengo y trato de llegar. Lo veo a Studzinski, quieto y con cara de dolor: el hombro no le da más. Adelante, la meta. Al verme, acelera. Nos cuesta. Seguimos juntos hasta el andarivel. Sólo faltan unos metros. No pienso en nada. Tampoco entiendo. Después de ocho horas, quién puede entender. La placa. Escucho a la gente, los gritos, el aguante, y quiero llegar a la placa. Y muevo los brazos, falta poco, las piernas, y Studzinski va quedando unos metros atrás, toco la placa. Me paro, llegué, gané, lo hice, siento un calor que me sube desde el estómago y vomito con fuerza.

Estoy sentado en un banco de la carpa de rehabilitación, con mi abuelo al lado, intentando bajar las pulsaciones. El primer pensamiento que te pasa por la cabeza después de tocar la meta es: no vuelvo nunca más. El río, a veces, es cruel. De Villa Urquiza hasta acá, nos trató mal. Apenas llegué, algunos periodistas me preguntaron cómo estaba. Cuando les dije que mareado, muy dolorido, realmente me siento mal, algunos se sorprendieron. No deberían, aunque sé que, sin haberlo vivido, es imposible entender cómo se siente uno después de nadar durante más de ocho horas. Quizás, se me ocurre, para que entendieran habría servido la frase que le dije a mi abuelo en la llegada, cuando lo abracé, después de tocar la placa y de que entre tres o cuatro tipos me sostuvieran, no podía mantenerme en pie, no podía parar de vomitar, estaba extenuado: “Las mil putas que los parió, me duele todo el cuerpo”, le dije.

Una noche más

Boca arriba en la cama del hotel, las piernas y los brazos flojos, el aire acondicionado a full. Ya está. Ya pasó, pero son las tres de la mañana y todavía tengo los ojos abiertos. El éxito es efímero: la premiación, las repercusiones en los diarios, el reconocimiento, las felicitaciones, los abrazos; que la gente te quiera sacar fotos no es poca cosa en un país tan futbolero. Pero no hay que flotar. En un abrir y cerrar de ojos, te golpeás contra la pared y así como te fue bien, te puede ir como el culo. Me cuesta dormirme. El cuerpo sigue en el río. Todavía está ahí. Los hombros, la piel, los músculos, las piernas, el cuello, los brazos. Duelen.


* 8 horas 17 minutos nado Damián Blaum el domingo 7 de febrero de 2010. Esa marca, la más rápida en la historia para recorrer los 88 kilómetros del maratón acuático internacional Hernandarias Paraná, le permitió ganar la competencia y llevarse a su casa 3.100 dólares de premio y 15 puntos para el ranking mundial.

Publicada en Brando de abril.



Friday, April 9, 2010

Hoy


El increíble Alberto Montt

Gracias, Ali.

A él, también le pasaba

Una mañana, tras una noche de sueños intranquilos, Gregorio Samsa se encontró en su cama...

Sunday, March 28, 2010

El García Márquez que no escribe cartas de amor*


Es de noche en Cartagena y el calor húmedo, pesado, caribeño, se hace visible en las gotas de transpiración. De pie, en la vereda angosta de la calle San Juan de Dios, frente a la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada por su hermano Gabriel, Jaime García Márquez tiene la camisa empapada. Antes de hablar, le da un sorbo a la botella de agua mineral. Luego, para presentarse, aclara dos cosas. “La primera es que me pongo muy nervioso durante los discursos. La otra, muy importante, es que no tengo ninguna formación literaria: soy el García Márquez que no escribe cartas de amor”.

A lo largo de sus vidas, Gabriel Eligio García y Luisa Santiago Márquez tuvieron doce hijos. Con los años, el primero, un chico mofletudo de mirada curiosa, escribiría y se haría famoso. Ganaría el premio Nóbel de literatura y se convertiría en un referente mundial. El sexto, Jaime, estudiaría ingeniería civil y se transformaría, casi sin querer, “en el hincha número uno de Gabriel García Márquez”. “El gabitero mayor: un hincha puro que no sabe de literatura; como el hincha de fútbol al que no le importa que se hagan goles con la mano, ése cuyo único objetivo es que gane el equipo”.

Como buen gabitero y hermano, Jaime conoce detalles y pormenores de la vida de Gabriel. Detalles que relata y repite, con entusiasmo, cada vez que un grupo de periodistas de distintos países llega a Cartagena para participar de los cursos que da la Fundación. “A muchas personas les interesa cómo es que hace su manejo, cómo es su vida cuando está trabajando, qué piensa sobre las mujeres, sobre los hombres, en fin, sobre tantas cosas”.

Jaime dice que su familia está dividida entre los cartageros, que son los inteligentes, y los sucreros, que nacieron en un pueblo lleno de violencia y ríos de barro. “Con el tiempo averigüé que el mito cuenta que el agua de Aracataca (donde nació Gabriel) tiene la propiedad de hacerlo a uno inteligente. Así que fui, a los 40 años, y comencé a bañarme, día tras día, en el río, para ver si se me pegaba algo. Pero no. Con pesar, descubrí que eso sólo sirve cuando uno es chico. De grande, ya no funciona”, dice entre risas.

La ciudad histórica de Cartagena está delimitada por una muralla del siglo XVIII, hecha con pesados bloques de piedra, prolijos uno sobre otro. Al entrar, aparecen los balcones coloniales reconstruidos a nuevo, las callecitas meandrosas, los carruajes tirados por caballos, el ruido de las herraduras sobre los caminos empedrados. Jaime García Márquez, lo sabe, se ha convertido en una especie de atracción turística del centro. Recorre las calles y, como guía experto, señala una esquina, una plaza, un cartel, mientras los que lo rodean anotan, graban o escuchan embobados. “Allí en esa casa, donde está el farol, en la número 138, se inició el periódico El Universal en agosto o junio de 1940. Gabito llega a Cartagena ocho años después, a raíz del asesinato del líder José Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Le toca venirse de Bogotá durante la revuelta, para poder continuar sus estudios. En ese momento, él estaba haciendo su segundo año de Derecho. Sin embargo, un amigo antropólogo, Manuel Zapata Oliveira, le pregunta porqué no se viene aquí de una vez para trabajar en un periódico recién fundado y con eso hacer unos pesos para su subsistencia. La verdad es que, en ese momento, Gabito no tenía la menor idea de ser periodista. Él llega al periodismo por la iniciativa de su amigo y porque era la única alternativa económica que le quedaba. El 21 de mayo hace su primera nota y comienza diciendo que qué cosa tan rara tiene la música de acordeón que cuando uno la oye, se le arruga el corazón –Jaime acentúa las erres, musicaliza la frase con su acento colombiano--. ¿Y por qué es tan importante esa nota y esa referencia al vallenato? Porque en ese momento, el vallenato era una música de campesinos, de vaqueros, de gente pobre, muy poco conocida. Y Gabito se la apuntó y hoy está considerado como uno de los grandes promotores de la música de acordeón”.

Del mismo modo que lo hace su hermano en las novelas, al hablar, Jaime introduce digresiones que, uno supone, no conducen a ningún lado. Sin embargo, después de varios comentarios, cuando uno ya está dentro de otra historia, una nueva que aparenta ser independiente, él enlaza ésta con la anterior y lo deja a uno maravillado; por la memoria, y la capacidad narrativa. En honor a la verdad hay que aclarar que, de vez en cuando, las largas y armónicas parrafadas terminan sueltas, sin tener que ver con nada. Pero son las menos y, en boca de un García márquez, siguen sonando atractivas.

Your browser may not support display of this image. Así, Jaime interrumpe lo que está diciendo y abre uno de esos grandes paréntesis al comentar que su hermano nació en 1927. “Aunque muchos digan que nació en 1928. ¿Y saben de dónde viene la confusión? Fue algo totalmente accidental y tiene que ver con un texto que él escribió en 1955: ‘Relato de un náufrago’, que sucedió cerca de Cartagena”. Al principio se hablaba de que un temporal había hundido, en el mar Caribe, un barco de la marina de guerra colombiana. Luego, Alejandro Velazco (el único sobreviviente del naufragio) le contó a Gabriel García Márquez la verdad. Cerca de la costa, el buque había dado un bandazo por el viento: la carga mal estibada en cubierta se había soltado, ocho marineros cayeron al mar. La revelación implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor; segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los náufragos, y, tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. “Gabito convirtió esto en un reportaje por entregas que vendió al periódico El Espectador y allí se dio un problema. Ya en las últimas crónicas, Velasco le dijo a Gabito que no podía seguir contando la historia porque las autoridades se lo habían prohibido. Y que lo iba a desmentir. Gabito le replicó que no iba a poder desmentirlo porque él había tomado el trabajo de pedirle que firmara los documentos. En ese momento, mientras estaban viendo cómo seguir, se presentó también un problema político: asumió la dictadura de (Gustavo Rojas) Pinilla, que intentaba censurar el reportaje. Se cree, eso sí, que iban a hacer que Gabito prestara el servicio militar, y él sabía que ahí, seguramente, lo iban a matar. Entonces, desde el diario, le inventaron un viaje a Ginebra, por una cobertura. Y parece que al hacerle el pasaporte le chingaron la fecha y se quedó con un año menos”. Jaime cree que fue accidental. “No tiene sentido que le hayan querido cambiar a propósito”, dice y deja de hablar al oír el bocinazo que le recuerda que no es el García Márquez famoso. Debe correrse antes de que un auto gris le pase por encima.

Luego del incidente, el recorrido sigue. En base a la inventiva que despliega en su discurso mientras camina, alguien sugiere que, en realidad, los cuentos son de Jaime. Gabriel sólo los escribe. Jaime agradece que piensen eso, pero dice que el punto es que todas, todas las regalías las recibe Gabriel. Risas. “Pero vamos a aclarar una cosa. La familia García Márquez es muy independiente. Ninguno ha vivido de los cojones, y con esto quiero decir las pelotas, de Gabriel. Casi todos hacemos cosas diferentes. Yo era ingeniero civil hasta que él, hace quince años, me metió como vicepresidente de la Fundación”. Digresión. Jaime y Gabriel en Nueva York, van a tener una cena con un amigo de Gabriel al que no ven hace muchos años. A último momento, el invitado se excusa. No puede asistir. Ha recibido un llamado importante. Debe irse para concurrir a Bogotá por una reunión de Junta Directiva. “En ese momento, yo le dije a Gabito: ‘mira que tontería. Ser rico y, de todas maneras, perderse una cena por una junta directiva. Por el único motivo que no me gustaría ser rico es para no pertenecer a una junta directiva’”. Jaime dice que jamás en la vida hubiera pensado que su hermano lo elegiría para el cargo en la Fundación, dice que había otras personas, que todavía es la hora en que no tiene idea del motivo. “Lo cierto fue que me mandó una carta a Santa Marta donde me decía: ‘Joven Jaime, firma este documento y de esta manera serás miembro de una Junta Directiva, aunque te advierto que, de todas formas, seguirás siendo pobre”.

Lejos, muy lejos de la pobreza, Gabriel tiene una casa imponente, dos pisos sobre la calle Playa de Boquetillo, con vista a la muralla y al mar. Sin embargo, el Nóbel de literatura sólo visita la ciudad una vez al año. “Las cosas cambiaron. Antes, los admiradores le decían, respetuosos, ‘Gabo’; le daban la mano, lo saludaban. Ahora no, ahora las mujeres se le tiran encima, como si fuera Shakira”. Risas. Después de cada chiste, el García Márquez cartagenero se queda en silencio, expectante del efecto que, sabe, producen sus palabras.

Jaime define a su hermano como un tipo generoso. “La gente piensa que la familia vive de Gabito. Pero esa misma gente piensa que es mal hermano, porque es una familia pobre y ‘¿cómo es posible que, siendo él rico, los hermanos no lo sean?’. Eso es una cosa privada. Seguro, ustedes pensarán que yo voy a decir siempre cosas buenas de él y la verdad, lo digo sinceramente, no tengo ningún motivo para decir nada malo. Solamente ser su hermano, que para mí es un privilegio, me hace sentir riquísimo. Con una pequeña diferencia: en mi bolsillo, lo único que tengo son las llaves”.

*Publicada en la revista Rumbos.

Punto culminante



"Leo algunos relatos míos. Su precisión me fastidia; es como si siempre apuntara a dianas pequeñas. Doy en ellas, claro, pero ¿por qué no sacas la escopeta del 12 y buscas presas más grandes? También me irrita la falta de auténtico punto culminante".

Diarios, John Cheever

Wednesday, March 24, 2010

Wednesday, March 17, 2010

Sentirse mejor

Vomito: varias veces. Veo el vómito líquido sobre el tapizado y al taxista que se da vuelta para ver qué pasa. La puta madre que te parió. Quiero explicarle, pero siento otra oleada caliente que viene de adentro y fluye en una sensación agradable. Pero la concha de tu madre, sos una fuente de vómito, hijo de puta.

Llueve fuerte y el tipo frena el taxi y escucho las bocinas de los autos que vienen atrás aunque siento ese pinchazo en la panza y otra vez el tapizado húmedo. Bajate, acá. Bajate acá antes de que te cague a trompadas.

Pienso en si este tipo nunca vomitó en su vida. Abro la puerta y me bajo. Dice algo que no escucho. No le pagué. Llueve fuerte. Cierra la puerta y arranca.

Me siento mejor.

Wednesday, March 10, 2010

Singularidades

“… como si el tiempo se fracturara y corriera en varias direcciones a la vez, un tiempo puro, ni verbal ni compuesto de gestos o acciones, y entonces me vi a mí misma y vi al soldado que se miraba arrobado en el espejo, nuestras dos figuras empotradas en un rombo negro o sumergidas en un lago, y tuve un escalofrío, helas, porque supe que momentáneamente las leyes de la matemática me protegían, porque supe que las tiránicas leyes del cosmos, que se oponen a las leyes de la poesía, me protegerían y el soldado se miraría arrobado en el espejo y yo lo oiría y lo imaginaría, arrobada también, en la singularidad de mi wáter, y que ambas singularidades constituían a partir de ese segundo las dos caras de una moneda atroz como la muerto”.

Dice Roberto Bolaño que dice Auxilio Lacouture en Amuleto.

Monday, March 1, 2010

La verdad

Concluidas sus sesiones con el doctor Silverberg, Cheever (que aseguraba tener más fe en los valores terapéuticos de la astrología que en los de la psicología) informó a los que le preguntaban por los resultados de las sesiones: "lo pasé muy bien. No le conté la verdad ni una vez".

Nota al pie de Rodrigo Fresán en Diarios de John Cheever

Monday, February 22, 2010

A las horas más intempestivas



A partir de ese día y de esa noche no pasaba una semana sin que se llamaran regularmente, los cuatro, sin reparar en la cuenta telefónica y en ocasiones a las horas más intempestivas.

A veces era Liz Norton la que llamaba a Espinoza y le preguntaba por Morini, con quien había hablado el día anterior y a quien había notado un poco depresivo. Ese mismo día Espinoza telefoneaba a Pelletier y le informaba que según Norton la salud de Morini había empeorado, a lo que Pelletier respondía llamando de inmediato a Morini, preguntándole sin ambages por el estado de su salud, riéndose con él (pues Morini procuraba nunca hablar en serio sobre este tema), intercambiando algún detalle sin importancia sobre el trabajo, para después telefonear a la inglesa, a las doce de la noche, por ejemplo, tras dilatar el placer de la llamada con una cena frugal y exquisita y asegurarle que Morini, dentro de lo que cabía esperar, estaba bien, normal, estabilizado, y que aquello que Norton había tomado por depresión no era más que el estado natural del italiano, sensible a los cambios climáticos (tal vez en Turín hacía un mal día, tal vez Morini aquella noche había soñado vaya a uno a saber qué clase de sueño horrible), cerrando de tal manera un ciclo que al día siguiente o al cabo de dos días tornaba a recomenzar con una llamada de Morini a Espinoza, sin pretexto alguno, una llamada para saludarlo, simplemente, una llamada para hablar un rato, y que se consumía, indefectiblemente, en cosas sin importancia, observaciones sobre el clima (como si Morini y el mismo Espinoza estuvieran haciendo suyas algunas de las costumbres dialogales británicas), recomendaciones de películas, comentarios desapasionados sobre libros recientes, en fin, una conversación telefónica más bien soporífera o cuando menos desganada pero que Espinoza escuchaba con un raro entusiasmo o con cariño, en cualquier caso con civilizado interés, y que Morini desgranaba como si en ello se le fuera la vida, y a la que seguía, al cabo de dos días o de unas horas, una llamada más o menos en los mismos términos que Espinoza le hacía a Norton, y que ésta le hacía a Pelletier, y que éste devolvía a Morini, para volver a recomenzar, días después, trasmutada en un código hiperespecializado, significado y significante de Archimboldi, texto, subtexto y paratexto, reconquista de la territorialidad verbal y corporal en las páginas finales de Bistzius, que para el caso era lo mismo que hablar de cine o de los problemas del departamento de alemán o de las nubes que pasaban incesantes, de la mañana a la noche, por sus respectivas ciudades.

Roberto Bolaño, 2666.

Wednesday, February 17, 2010

Guiso de lentejas*



Los reclutas escuchan de pie. Hace frío. Son las seis y media de la tarde y aquí, a unos 700 metros de la cumbre del cerro Tronador, el sol empieza a ponerse. Sentado sobre una piedra, el encargado del curso del Comando Antártico Guillermo Aguilera pide atención y dice que va a dar una charla. “Somos una gran familia. Si nos enteramos que el familiar de alguien fallece, todos estamos tristes. Por más que ese alguien nos caiga mal, no vamos a poner la música fuerte”. Alguno asiente con la cabeza. El sigue. “Si nace el hijo de otro, estamos contentos. Compartimos la emoción. Ese día, en la Antártida, todos somos tíos”. Nadie habla. Sopla viento helado y las nubes tapan el pico del Tronador. “Si a mí no me gusta la cara de Coria, listo, quedó ahí. No voy y le digo a uno: che, no me gusta la cara de Coria, porque sino se empieza a generar mal clima, ¿entienden? Y allá el clima que generamos entre todos es importantísimo”. Llega un recluta rezagado, dice “permiso” y se suma, en silencio, a la escucha. “En la Antártida no es como acá, que uno come lo que paga. Acá, si tengo ganas de jamón, voy al supermercado y me compro un kilo, o dos. Allá, no. Allá, incluso, se comen cosas mucho más ricas, hay cocineros excelentes pero hay que aceptar lo que toca comer. Y digo esto porque una vez, en un desayuno, alguien bastante desubicado preguntó: ¿Por qué todas las mañanas con las tostadas en vez de manteca se come margarina?”.

Entre quienes escuchan hay 55 reclutas del Ejército y nueve de la Marina. Participan en el curso que el Comando Antártico da a oficiales y suboficiales que aspiran a pasar un año en el llamado continente blanco. Algunos dicen que buscan desafío; otros, conocer el intrigante paisaje; también están los que quieren escapar de la rutina (un carpintero cordobés me cuenta que desde hace años viene haciendo los mismos muebles) y los que ambicionan el prestigio y puntaje que la estadía en el inhóspito lugar les sumará al legajo. Todas estas motivaciones van acompañadas de la económica, un plus de $ 5,200 que, mes a mes, se les sumará al sueldo por trabajo de alto riesgo.

“Nosotros nos vamos. Pero tienen que tener en cuenta que las personas que se quedan acá deben seguir haciendo sus cosas. Entonces si uno llama al mediodía a su casa porque tiene ganas de hablar con su esposa, y no la encuentra no tiene que pensar, como suele pasarnos, dónde habrá ido, con quién estará. Porque ella se va a encargar de su trabajo, o de llevar a los chicos al colegio o al hospital. Ustedes tienen que estar tranquilos, sin maquinarse la cabeza. Lo mejor, allá en la Antártida, es trabajar. Porque si uno tiene tiempo libre, piensa, y si piensa mucho termina maquinando. Es difícil, pero con el tiempo uno encuentra la forma: hay que ordenar el destornillador para un lado y, meses después, ordenarlo para el otro”.


El curso dura casi ocho meses. En la primera etapa, teórica, se ven “los conocimientos para desplazarse, sobrevivir o brindar primeros auxilios en el continente Antártico”. Los alumnos aprenden técnicas de escalada, en roca y en hielo, a construir helipuertos, a hacer señales tierra aire y a mantener un refugio fuera de la base, entre otras tareas. La segunda etapa, durante la que transcurre esta nota, se realiza en el glaciar del cerro Tronador, en Bariloche. Acá, se pone en práctica lo aprendido en la fase anterior. Mañana, por ejemplo, los reclutas saldrán con sus cranpones a practicar cómo caminar en el hielo. Irán encordados en hileras de a cinco. Estarán atentos: si uno cae deberá gritar “caigo”. El resto se va a tirar al piso, clavará su piqueta en el hielo y se asegurará para tratar de impedir que todos terminen en el fondo de una grieta.

En la tercera etapa, en Buenos Aires, los reclutas van al aula para instruirse en historia, geografía, geología, climatología, biología, medio ambiente y hasta deontología antártica, a cargo de un cura. Luego viene el perfeccionamiento por especialidades: el cocinero aprende cómo administrar la comida que tiene, cómo calcular qué cantidad de fideos necesitará para una cena de 75 personas (a razón de 80 gramos por individuo, un total de 6 kilos), o cómo cocinar con huevos deshidratados (en la Antártida, tanto la yema, como la clara, vienen en polvo). Los mecánicos aprenden a arreglar motos sky y snowcats; los de comunicaciones cómo reparar una antena; hacen cursos de electrónica. Los enfermeros, de anestesia, odontología, laboratorio y cirugía. Los carpinteros, de construcción de trineos y de arreglo de todo lo que sea de madera. En resumen: las bases tienen que ser totalmente independientes. El entrenamiento se completa con jornadas, seminarios y conferencias; además de la parte física. Entre los reclutas, no hay soldados ni servicio de limpieza. Por turnos lavan ollas, platos y cubiertos.

“Sepan que durante un año no van a poder a hablar por teléfono para solucionar ningún problema. En la base van a estar aislados. Por ejemplo: la tarjeta de crédito. Denles un poder a sus esposas para que ellas puedan resolver las cosas desde acá”. Uno, de barba candado, pone cara de circunstancia: da a entender que quizás ésa sea una opción arriesgada. “Los que tienen deudas: cuidado. Si no las cancelan, es posible que al volver se encuentren con que sus familias hayan perdido la casa después de un proceso de hipoteca. Así que ahora, en cuanto lleguen a Buenos Aires, vayan solucionando estas cosas. Para que cuando viajemos, no surjan inconvenientes”.

Por año, el comando antártico recibe más de 600 solicitudes de todo el país. La preselección se hace en base al legajo y a los comentarios de los superiores. En septiembre y octubre se eligen a los que, en 2010, irán a algunas de las cuatro bases del ejército. Los instructores aclaran que terminar el curso no implica aprobarlo. Habrá que ver las notas. Quienes consigan el puntaje suficiente, se someterán a exámenes físicos y psicológicos. Alguien con problemas de corazón, no podrá viajar. Alguien que no esté psíquicamente equilibrado, tampoco. Un depresivo, en la Antártida, podría ser un problema enorme. Para sí mismo y para el grupo.

Luego de los exámenes, como medida preventiva, a todos los militares que viajan se les saca el apéndice. En junio, julio, los operan en el hospital militar. A los civiles que van les hacen firmar un papel donde se sugiere la extracción y, además de deslindar responsabilidades, se explica que operarse en la Antártida no es lo más seguro.

“La preparación mental es muy importante. Cuando uno está solo, piensa en los hijos, la familia, todo lo que dejamos en nuestras ciudades. Ahí es donde tiene que intervenir el grupo, actuar para levantarnos. La convivencia es difícil, es verdad. Hay distinta mentalidad, distintas edades, distintos pensamientos y ustedes vienen de provincias diferentes. Y el aislamiento maximiza los problemas. Algo que acá puede pasar desapercibido, allá puede transformarse en algo conflictivo. Pero hay que ser conscientes de por qué estamos ahí y, entonces, actuar en consecuencia”.

Más allá de las aptitudes que se evalúan en las prácticas, los instructores dicen que el trato de los reclutas con sus compañeros y superiores es fundamental para aprobar el curso. Solidaridad, respeto, compañerismo en esta selección pueden valer más que un excelente desempeño físico. Un año lejos de la familia y los amigos no es poca cosa.

“Ustedes tienen que hablar con sus esposas para que ellas entiendan la magnitud del viaje y sepan cómo transmitirles las cosas por teléfono. Porque si su hijo tienen un resfrío, o se lleva una materia, quizás es mejor que se lo cuenten a la vuelta. O que los llamen un día y se los digan todo junto. Porque las cosas insignificantes, allá, se potencian y pueden parecer urgentes. Y las preocupaciones, cuando uno está lejos, se agrandan”.

Termina la charla. Algunos de los reclutas se van a sus carpas. Otros se reúnen en torno a uno de los instructores, el suboficial Luis Cataldo, que cuenta una anécdota que grafica hasta qué punto en la Antártida son necesarias la paciencia y la tolerancia. “Yo entrenaba todos los días, de 19 a 20,30, con un compañero. Después, tomábamos mate juntos. Un día, al año y medio de empezar, vino y me pidió por favor que no le hablara más. Bueno, le dije, ¿pero vamos a seguir entrenando? Sí, respondió. Y durante un mes y medio entrenamos juntos sin dirigirnos la palabra. No nos hablábamos. Sólo hacíamos ejercicio. Después volvió a hablarme. Pero nunca le pregunté qué había pasado Desconozco si hubo algo que le molestó. Creo que si hubiera querido contármelo, lo habría hecho”.

Los reclutas se van a sus carpas. Los encargados caminan hasta la carpa cocina para buscar la comida del día. Hoy hay guiso de lentejas. Oscurece. Sopla viento helado. Como en la Antártida.


* Publicada en la revista Viva.