Thursday, January 18, 2018

Perfil de Sergio Ramírez*


¿Cómo escribe un Premio Cervantes?

En noviembre, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez ganó el premio más importante de las letras en español, dotado con 125.000 euros. Trabaja todas las semanas, siguiendo una rutina rigurosa. Fue revolucionario, vicepresidente y utópico. Escribió cuentos, novelas, ensayos y testimonios. ¿Cómo corrige un hombre que acaba de entrar en la historia de la literatura universal?
Por Federico Bianchini

Ph: Luis Ponciano.


En la silla de la sala de negocios de un hotel de Guadalajara, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez parece cansado. Camisa celeste, saco azul, pantalón gris; da la cuarta entrevista del día luego de un desayuno con el secretario de Cultura de España y después de una reunión con personal de la secretaría de Educación de México. En unas tres horas, presentará un libro, luego moderará una mesa y, después, cenará con los integrantes del área de ventas de una de las editoriales que publica sus libros. Una de las agentes de prensa comenta que suele estar ocupado pero que desde noviembre, cuando ganó el Cervantes; el premio más importante del idioma español que incluye 125 mil euros, su agenda es insaciable.

En Managua, donde vive, Ramírez cumple una rigurosa rutina de trabajo. Aclara: por ser un escritor profesional, puede darse el lujo de escribir toda la mañana. De lunes a viernes, en un estudio separado de la casa, cruzando el jardín, después de un desayuno muy ligero: jugo de naranja, plato de frutas, café, quizás también, a veces, un yogurth, desconecta el teléfono, pone en silencio el correo elecrónico, se queda con internet para consultar diccionarios en línea y, así aislado, escribe. Si no se le ocurre nada, corrige. Pero, se repite: uno no puede ser autocomplaciente con los pretextos, que siempre existen.

Cuando está en Managua, trata de no ir a cócteles ni a cenas. En la entrevista, muy políticamente correcto, dirá que afuera de su país tiene que hacerlo. Debe dar entrevistas, responder preguntas de política, estar presente en desayunos, almuerzos y también cenas. “Hay que entenderlo como parte del trabajo literario. Si bien existen escritores cuyos libros se venden apenas se publican, no me considero dentro de esa categoría. Por eso mi obligación es hacer todo lo posible para acercar las historias a sus lectores”.

Sin embargo ayer, en la presentación de una antología personal para celebrar 50 años de escribir cuentos, más relajado y entre risas, confesó que ha tenido que abandonar temporalmente su rutina.
Frente al auditorio, pareció sincerarse.

Dijo: “El Premio Cervantes me ha sacado de quicio”.

***

Cuando a un escritor se le pregunta por los primeros libros que leyó, escribe Ramírez en el prólogo de “Antología personal: 50 años de cuentos”, generalmente comienza citando “Sandokán, el tigre de la Malasia”, de Emilio Salgari, o “La isla del tesoro” de Stevenson. Pero de chico, él no leyó esos libros: los oyó.

Antes del advenimiento de la televisión, dominaba la radio. Y a comienzo de los años cincuenta en Nicaragua reinaban las radionovelas, igual que reinaba el cine, también decisivo en su formación de escritor, junto a las historietas cómicas.

Todas ellas son maneras de contar, y así aprendió a apreciarlas. La palabra, su instrumento de expresión, se veía excitadas por esos otros instrumentos que aparentemente le son ajenos: la imagen fija, pero cinética, de los dibujos de los cómics; la imagen en movimiento del cine; y la voz sin imagen de la radio.

Eso era lo que le fascinaba de las radionovelas, el poder soberano de las voces, que se convertían en personajes por sí mismas, con autonomía de los rostros y figuras de los actores dueños de esas voces. Las voces incitaban a Ramírez a imaginar la escena. Y él reproducía en su cabeza las discusiones de matrimonios, los cuchicheos entre amantes, las órdenes que un comandante le daba a sus subordinados. Practicaba ese ejercicio que, luego, complementaría con palabras.

La radionovela “El derecho de nacer”, del cubano Félix Caignet, era transmitida al mediodía. Se abría con los compases iniciales del primer movimiento del Primer concierto para piano de Tchaikovski. Si su padre lo enviaba a hacer algún mandado a esa hora, al principio temía perderse la trama. Pero en todas las casas los receptores estaban sintonizados a alto volumen y en la misma estación: la YWN Radio Mundial. Así, mientras andaba por la calle, el pequeño Ramírez podía ir oyendo la radionovela sin perderse una sola palabra. Dejaba las voces y los arpegios atrás, se encontraba con ellos al paso, y lo esperaban adelante: “nítidos porque no había ningún otro ruido en el pueblo”.

También era popular una serie de la misma radio que tenía como personajes a la clásica pareja del marido oprimido y la esposa mandamás. Los oyentes eran invitados a enviar argumentos por correo, y si alguno era escogido, su autor se ganaba un premio. A los doce años, Ramírez mandó el suyo, que se acercaba a un verdadero guión, y ganó. Su argumento, cuya trama no recuerda, había sido dramatizado por aquellas voces famosas.

Su padre, envanecido por el triunfo, le pagó el viaje en bus a Managua para que fuera a recibir su premio. El director lo recibió con elogios ampulosos. Luego, en su máquina de escribir, tecleó una orden para que retirara en las oficinas de Licores Bell, patrocinador del programa, dos botellas de ron Cañita, el más popular en aquella época en las cantinas de Nicaragua.
Ése fue el primer premio literario que recibió en su vida.

***

Su familia paterna era de músicos pobres, relata, y su abuelo y los hijos se ganaban la vida tocando en todo lo que les viniera a mano, bailes galantes, procesiones de santos, misas de gloria, entierros solemnes y lo mismo serenatas. Narra, su padre se decidió por el comercio, abriendo una tienda frente a la plaza de Masatepe, en Nicaragua, esquina con la iglesia parroquial, donde todas las tardes se encontraban los hermanos de la orquesta Ramírez “antes de que el repique de las campanas los convocara para tocar el rosario de las seis, y ese tiempo de espera se iba en un jolgorio de risas. 

Contaban a distintas voces historias picarescas, reales o inventadas, se mofaban de los personajes del pueblo o de cualquier hijo de vecino que pasara por la calle, y nadie se salvaba de aquella insidia festiva en la que menudeaban los apodos, ni siquiera ellos, que se burlaban sin piedad de sí mismos, aun de sus propias desgracias”.

El humor, aprendió en aquellas tertulias, es una manera de tomar distancia de la propia narración, una forma de no involucrarse y librarse de las tentaciones siempre presentes del melodrama. Y no hay humor, supo sobre todo, si uno sólo es capaz de burlarse de los demás.

Casi sin darse cuenta, en los relatos y las bromas de algunos de sus 18 tíos, de sus 60 primos, se fue acercando a las estrategias y los trucos de la narración. “Pues cada uno de ellos conocía las reglas que obligan a quien escucha a mantener el interés, creando suspenso, en prepraración para el desenlace y el estallido final de las risas, o para provocar al cierre el desconcierto y el asombro”.

A los 17 años, conoció a Juan Aburto: un correcto empleado del Banco Nacional de Nicaragua que a sus 40 años llevaba una especie de doble vida. Era también, en secreto frente a sus superiores, un excelente cuentista. Aburto lo tomó como su discípulo y cada fin de semana le prestaba dos o tres libros que Ramírez devolvía al siguiente: una antología del cuento norteamericano, un tomo de relatos de Edgar Allan Poe y otro de Maupassant. Los cuentos de Chéjov. Los cuentos de O´Henry, los de Rudyard Kipling. Los cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga. Esas lecturas lo guiaron “hacia la conquista del territorio donde realidad y mentira no pueden separarse, y hay que borrar toda huella de esa frontera entre ambas, disolverla y pulir la soldadura hasta que sólo quede una superficie lisa y brillante”.

Desde su adolescencia, para Ramírez, escribir ha sido eso. Una necesidad que la imaginación transforma en palabras. Desde esa necesidad que no tiene sustituto, escribe impostergable.

A los 20 años financió de su propio bolsillo la publicación de 500 ejemplares de su primer libro: “Cuentos”.

Dice entre risas, en aquella época la imaginación no lo ayudaba mucho: su segundo libro se tituló: “Nuevos cuentos”.

***

En 1973, a los 28 años, lo eligieron secretario general del Consejo Superior de Universidades de Centroamérica: un cargo importante con un sueldo acorde. Ese mismo año y casi al mismo tiempo recibió dos ofertas: la posibilidad de una maestría en Administración Pública en la Universidad de Stanford, Estados Unidos, y una beca de escritura, con un salario mucho más bajo, en Alemania. Eligió la segunda opción: irse a Berlín, con su mujer y los dos hijos que tenían en ese momento, a ver qué pasaba allí. 

Dice: dos años decisivos en su carrera como escritor.

Al volver a Nicaragua, se unió a la oposición contra la dictadura de Anastasio Somoza. En 1977 encabezó el Grupo de los Doce, formado por intelectuales, empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles que apoyaban al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

Durante diez años, por la revolución, abandonó la escritura. Explica: la gente a veces se equivoca y habla de él como político. Y sin embargo, para él, la política vino después: fue sólo la consecuencia de que la revolución triunfara y hubiera que ejercer el poder. Formó parte de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, presidió el Consejo Nacional de Educación, y en 1984 asumió la vicepresidencia de Nicaragua como compañero de fórmula de Daniel Ortega (actual presidente de ese país, de quien cada vez que puede se distancia con énfasis).

Después de más de diez años de abstención, durante la vicepresidencia volvió a escribir: se levantaba temprano y, estricto, lo hacía de 5 a 8 de la mañana. Una vez oyó decir a Carlos Fuentes que “al escribir por la mañana, uno no está sino transcribiendo los sueños de la noche anterior que no se recuerdan al despertar”.

Seis años después de haber asumido el cargo de vicepresidente sintió que el proyecto estaba agotado. Se dijo: quedaba la política pero sin la revolución. En 1996 se presentó como candidato a
presidente de Nicaragua por el Movimiento Renovador Sandinista. Una vez que terminaron los comicios, regresó a la literatura.

***

“A veces, en casas de amigos en el extranjero, a mitad de una velada entre copas, suena, como un homenaje que me pagan, y se pagan a ellos mismos, la música de aquellos tiempos, las canciones revolucionarias de Carlos Mejía Godoy que escucho con tristeza opresiva, con un sentimiento de algo que busqué y no logré encontrar, pero que sigue pendiente en mi vida, y mientras el tiempo avanza, temo que quizás ya no encontraré nunca jamás”.

Fragmento de Adios muchachos, memorias de la revolución sandinista publicadas en 1999.

***

Escribió cuentos, novelas, ensayos y testimonios. Después de las dos botellas de ron Cañita y antes del Cervantes, ganó muchos otros premios: el Alfaguara de novela, el Carlos Fuentes, el Casa de las Américas, el José Donoso.

Cree: el oficio literario es la entrega a la literatura. Cuando uno puede hacerlo (con ciertas condiciones de producción): estar dispuesto a sacrificarlo todo.

Escribe sus novelas en la computadora y por capítulos. Hace un borrador que no revisa demasiado. Al terminarlo, lo numera, lo copia y abre otro archivo: el archivo “II”. Trabaja sobre este nuevo borrador. No sólo corrige gramaticalmente sino que va engordando las líneas; las enriquece, las detalla, especifica. Así, la figura de un personaje apenas delineado, menor, puede ir creciendo y creciendo hasta transformarse en alguien que, luego a los ojos del lector, se verá complejo y tierno o enigmático y sagaz.

Escribe: la literatura depara el placer de imaginar, y a la vez la tortura de corregir, pero ambos vienen a ser dos caras de la misma moneda. Si las monedas de tres caras son posibles, y en la literatura nada es imposible, entonces debe agregar el placer de hablar de la escritura, de sus secretos y de sus mecanismos. Disfruta contando a quienes quieren escucharlo los trabajos y los placeres que depara su oficio. Piensa: el papel de un escritor es actuar de médium entre los espíritus invisibles de lo aún no escrito, o que está por escribirse, y las palabras que otros leerán. Piensa: uno escribe mentiras pero deben ser mentiras bien contadas, en las que se pueda creer a ciegas.

Cuando termina un párrafo entero que le parece complicado, empieza a corregirlo. Primero, cuenta en amarillo la cantidad de “que” en el párrafo; porque si lleva demasiados “que” sonará mal en el oído del lector. Los gerundios son muy difíciles, piensa, porque en inglés los gerundios tienen un uso muy libre. Los adjetivos. ¿Dónde poner un adjetivo? No todas las palabras necesitan un adjetivo. Pero, además, la calidad de los adjetivos: hay adjetivos claros para iluminar el párrafo. Hay adjetivos dispersos, inquietos: molestos. Hay otros adjetivos que difuminan el relato, lo van volviendo transparente: esos deben quitarse. Y la tentación de ir al diccionario de sinónimos para evitar las palabras repetidas: trata de resistir. Busca otras en su memoria y, sino, repite. Cuando cree que eliminó los “que”, revisa las comas: hace poco leyó que un escritor decía que se podía pasar una mañana entera suprimiendo comas, poniéndolas allí, quitándolas allá, para volver a colocarlas donde estaban al principio. Dice: eso ocurre mucho porque la coma es subjetiva. Y, por último, leer en voz alta. Lee voz alta el párrafo para quitar las rimas involuntarias. Son peligrosas. Peligrosísimas.
Piensa: esa carpintería puede llevar mucho tiempo y uno puede volverse obsesivo hasta que el asunto se transforma casi en una enfermedad. Cita al escritor hondureño Augusto Monterroso que decía que cuando uno consigue una página perfecta, hay que agregarle un par de errores para mostrar que es una obra humana.
Llega a cinco o seis borradores: le manda el último a su editora en España. Ella le hace una serie de observaciones muy respetuosas: algunas lo irritan aunque las termina aceptando, están las que deja de lado y las que descubre sorprendido. La mujer lee con ojo fresco y le marca incongruencias que él, ya aburrido de ver el texto una y otra vez, dejó de percibir. Ésa es la última versión.

Más allá de que suene ampuloso: haber ganado el Cervantes lo coloca dentro de la historia de la literatura universal. ¿Qué cree usted? ¿Este premio lo modificó? ¿O, en realidad, cambió la mirada que otros tenían de su persona?


Creo que alguno habrá dicho: “Bueno, este hombre realmente valía la pena” (risas). Otros lo disfrutan conmigo con mucho cariño. Hay quienes me dicen: “¡He brincado cuando supe la noticia!”. Pero siempre me he reído mucho del envanecimiento y no me gustaría ser víctima de mi propio humor. Ser una persona que tiene una corte, que tiene intermediarios para llegar a él, me parecería ridículo. No querría que me modificara. Un premio es una circunstancia y uno debe seguir siendo la misma persona que era antes de recibirlo.





*Texto publicado en la edición de VICE México/Enero 2018.

Tuesday, January 16, 2018

Un libro de cuentos


Finalmente, después de muchos años de escribir cuentos (unos diez, unos quince: ¿algo cambia?), publicaré un libro de relatos (Muchas cosas cambian en diez o quince años...). 


Lo haré de una forma un tanto particular: sacaré un crowfunding. Para quien desconoce esta veleidad tecnológica: una especie de preventa. El que quiera el libro, podrá comprarlo y recibirlo. El que quiera apoyar la causa, también podrá.


Se llamará Sordidez. 


Quizás, ésta vaya a ser la tapa.






La foto es de Javier Heinzmann.
El diseño, de Adriana Llano.

Tuesday, August 29, 2017

Taller de crónicas y perfiles


Taller de periodismo narrativo: crónicas y perfiles.

Contacto talleres Federico Bianchini: Fedebianchini@gmail.com

Saturday, August 19, 2017

Hoy


Mantenerse borracho de escritura para que la realidad no nos destruya.

Ray Bradbury

Thursday, July 27, 2017

Monstruos antárticos*



Antes de viajar a la Antártida, varias veces imaginé los mitos repetidos (en cenas y tardes de tormenta y ocio) por hombres que durante meses vivían en aquel lugar inhóspito.




Leyendas sobre animales insospechados, tan ágiles como voraces, que confundiéndose entre los vientos blancos aparecían para atacar desde la nada. Gritos desgarradores en el aire de las tormentas. Monstruos enormes, que se alejaban de los humanos pero los tenían presentes, acechándolos en el frío: hasta el momento en que quedaban solos, aislados e indefensos, para acercarse desde atrás y, con un solo golpe, quebrarles los huesos, arrastrarlos a sus escondites, hundidos en la nieve.   

Historias de marinos que, luego de muertos, seguían recorriendo esa vastedad pálida con sus perroslobo delante del trineo, azotandolos con furia, intentando sin lograrlo ir más rápido que el viento. Apariciones traslúcidas, fantasmas solitarios, figuras escurridizas. Hechizos, maleficios, promesas incumplidas: todo tipo de misterios que debían flotar sobre la base como las estrellas quietas en el negro.

Soñaba con cuentos sobre mujeres de cola de pez verde nácar, labios morados y tetas descomunales que, luego de sonoros coletazos, se sumergían entre los bloques de hielo y desaparecían en el agua cristalina, refugiadas en las profundidades. Con aves del tamaño de helicópteros, de garras filosas y plumas oscuras y brillantes. Imaginaba rumores sobre túneles de hielo que conducían a ciudades ocultas hacía miles de años. Cadáveres congelados de seres con aspecto de hombre pero membranas entre los dedos y piel acuosa y delicada, que volvían a la vida al derretirse los bloques que los contenían. Historias de sonidos tan agudos como misteriosos que llevaban a marineros a correr hasta perderse en el blanco. Marineros desaparecidos cuyos nombres se conocían aunque se callaban por miedo.




Sin embargo, al llegar a la Antártida encontré paisajes indescriptibles, escenarios que no creí que pudieran existir. No sólo impactaba lo que veía sino que, sentía, estar presente en ese lugar era agradable y estremecedor.

En la Antártida no hay llaves: todas las puertas de las bases y de los refugios están abiertas. En la Antártida no hay plata: no hay nada que se pueda comprar ni vender (con excepción de una base chilena adonde, por varios dólares, se consiguen frutas y gaseosas de dulzura diabética). En la Antártida no hay soberanía. Pero tampoco, lo descubrí con pena al llegar, tampoco hay mitos. No hay leyendas, ni historias mágicas. No hay cuentos ni relatos fantásticos. La naturaleza es tan áspera que quienes viven allí deben ocuparse en sobrevivir: el afuera es tan brutal que no hace falta inventar nada.

Me contaron, sí, la vez hace muchos años que un asustado dijo haber visto un Hombre de las nieves. El monstruo estaba a pocos metros de él, no paraba de seguirlo. Horas más tarde, una patrulla de la base, armada con fusiles, fue a buscarlo. Lo vieron a la distancia. Por las dudas, tiraron. Al acercarse descubrieron que era un extraño tipo de foca. La historia termina ahí. No supe qué pasó después. Quizás, hicieran un guiso.

En la Antártida el clima es tan brusco que no hace falta inventarse peligros. Con la intemperie basta. Cada vez que uno sale de la base, debe hacerlo acompañado. Por radio, avisar adónde va, por qué camino, cuánto cree que durará el paseo. Si en soledad, uno llega a pisar mal y se quiebra un tobillo, quizás muera de hipotermia sin que nadie se entere.

Un miércoles de julio de 2003, la bióloga británica de 28 años Kirsty Brown hacía snorkel cerca de la base inglesa Rothera. Buceaba sin tanque. Después de un rato, se sentó en un trozo de glaciar, las patas de rana moviéndose acompasadas en el agua hasta que sintió el tirón. Un leopardo marino, la más agresiva de las focas, la agarró de una de las aletas y la arrastró hasta el fondo. No la atacó: quizás la confundió con un pingüino porque minutos después la subió, otra vez, a la superficie. La científica no murió por una mordida. No se ahogó. La mató la presión. Al sacarla tenía las orejas llenas de sangre: los tímpanos le habían reventado.

La mañana del 17 de septiembre de 2005, el suboficial electricista de la Armada Teófilo González y el biólogo del Instituto Antártico Argentino Augusto Thibaud viajaban en dos motos de nieve, seguidos en otras dos por el capitán de corbeta Jorge Pavón y los suboficiales Mario Leonhardt y Alejandro Carbajo. Recorrían el glaciar Collins hasta que, de repente y sin que los otros pudieran darse cuenta cómo, González y Thibaud parecieron desaparecer. Lejos de cualquier ciencia oculta, habían caído a una grieta. Recién un mes más tarde, los rescatistas pudieron encontrar los cadáveres congelados.

En enero de 2016, el explorador Henry Worsley, ex oficial del ejército británico, intentó convertirse en la primera persona en cruzar la Antártida sin ningún tipo de ayuda. En 71 días, arrastrando un trineo con comida, combustible y equipo de supervivencia, recorrió unos 1.448 kilómetros. Perdió 25 kilos y un diente. Tenía 55 años, una mujer y dos hijos. Quería juntar fondos para una fundación que ayudaba a soldados heridos en la guerra. Murió en un hospital en Chile por una "deficiencia completa de sus órganos"

En junio de 2016, el cabo primero argentino Gustavo Capuccino fue a abrir la puerta de un hangar de la base Marambio. Antes de que pudiera hacerlo, el viento, que en la Antártida sopla desesperado, desprendió el portón que le cayó encima. Recién cuando hubo buen clima, pudieron llevarle el cuerpo a la familia.

La lista podría seguir con nombres y apellidos de nacionalidades diversas, con fechas anteriores y posteriores, el recorte es arbitrario, pero en la Antártida el clima debe respetarse.

Si hay viento o nieve o furia natural, más allá de la tarea que haya que hacer, uno se queda dentro de la base, a esperar que el temporal termine. Lee o juega al ping pong. En el gimnasio, en la cocina o en el comedor habla con otros, cuenta casos reales. Cosas que pasaron y pueden servir de advertencia para que no se repitan. Nadie imagina monstruos, animales fantásticos o espíritus acechantes.

En la Antártida, la muerte está demasiado cerca como para encima atraerla con historias que no sucedieron pero quizás, quién sabe, en cualquier momento se podrían llegar a concretar.





*Publicado en la revista VICE Colombia, edición mayo 2017.

Wednesday, June 28, 2017

Moscú*




Hace más de dos días que en Moscú llueve. Por momentos, se siente la fuerza de las gotas y se ven paraguas dándose vuelta por el viento y personas intentando no parecer ridículas luchando contra la nada. Hace más de dos días que en Moscú llueve y la tela negra, a rayas o puntillosa de los zontik se permeabiliza y hombres de traje y seriedad o mujeres de vestidos brillante sintético y ojos malaquita igual se mojan. Por momentos, breves, parece que las nubes van a disolverse, pero no, las gotas siguen cayendo aunque lo hacen de forma ligera, casi etérea y uno puede cerrar el paraguas y andar sintiendo (apenas) los puntos fríos en la cara y aceptar que, en ocasiones y con reparos, el frío es agradable.

En un cirílico incomprensible los noticieros hablan de las noticias internacionales pero, sobre todo, mencionan el clima. Buscando información en internet, me entero de que hace 130 años, en un día cayeron 25 milímetros por metro cuadrado. En las últimas 24 horas, cuentan el doble y uno de los ríos más caudalosos del país, el Yauza, aprovechó la distracción y, cuando nadie lo miraba, salió de donde venía. Se fue a un costado. Quizás sólo se puso cómodo. El noreste de la ciudad quedó cubierto por el agua y los coches quietos bajo los puentes, teniendo que ser empujados por uno, dos o varios rusos de gesto adusto.

Las autoridades municipales dijeron que los sistemas de desagüe “fueron construidos para un nivel de precipitaciones normales”. El problema, en cirílico o romano, es la precisión de la normalidad. Hasta los maniquíes lo saben. Tal vez sobre eso en los negocios moscovitas, con mueca plástica detrás de cada vitrina, reflexionan melancólicos. Los maniquíes no son los únicos que llevan esa expresión triste: en la calle, la gente no sonríe. Tiene una expresión seria, impertérrita. Quizás, sea una consecuencia tardía del sufrimiento pasado en la guerra. Quizás, tenga que ver con otra cosa. ¿El frío? Quién sabe. Lo cierto es que a pesar de que pasaron 60 años de la segunda guerra mundial, sigue habiendo muchas más mujeres que hombres: más de once millones.

En la segunda guerra, que los rusos llaman “La gran guerra patriótica”, murieron unas 20 millones de personas. En el Monte Poklonnaya, uno de los puntos más alto de Moscú, se levanta un enorme y monumental museo sólido, que tiene delante un obelisco de 141,8 metros de altura (por los 1.418 días en los que los rusos participaron de la guerra). Adentro, en el “salón de la memoria y el dolor”, del techo cuelgan miles y miles de cristales, que se iluminan, brillan y recuerdan a las lágrimas de las madres, las hermanas, las viudas de los muertos en combate. Durante el stalinismo se sumaron más muertos: 7 millones de fusilados, 20 millones de detenidos.

Contaba un español de Andalucía que, hace unos años, un primo de él había viajado a una ciudad del campo ruso. En la primera carta contaba anonadado que no podía creer lo que estaba viviendo: todas las mujeres eran rubias, todas eran altas, todas eran pulposas, todas tenían los ojos fulgurantes en tonos que iban del verde al violeta amatista. Todas lo miraban, lo buscaban, le sonreían. Dos semanas después, decía el andaluz, su primo mandaba otra carta: la situación había cambiado totalmente, en la primera salida cada una de ellas le hablaba de matrimonio, de cuándo podrían tener hijos. Sigiloso, el primo había huido.




—¿Y acá cómo lo ven a Stalin? ¿Como un héroe o como un tirano?

Nastya Tusheva tiene 32 años y vive en las afueras de la ciudad de Moscú. Trabaja como consultora de empresas en el área de recursos humanos. Y dice que depende. Que todos saben que hubo asesinatos, que muchos lo critican por eso. Pero que, también, logró poner de pie a una Rusia de rodillas. Es complicado, dice y cuenta que el proceso de “desestalinización” duró mucho. En su celular, muestra el antes y el después de ciertos murales en el subte. En la primera foto, encima del cartel de la estación Semyonovskaya (línea 3) había un plato circular con la imagen del camarada Iósif Stalin. Ahora, si uno observa bien, ve el contorno circular del polvo que se juntó con los años: la pintura más blanca dentro.

En otra foto, la cara del líder y, luego, años después allí mismo: un mural del flores en el que, sin embargo, se adivina un bigote enrulado.

— Trataron de taparlo, esconderlo, pero a veces no le salió tan bien — dice Tusheva.


Días después, visitaré el museo de las estatuas caídas, frente al Parque Gorki: un lugar adonde durante los años noventa se descartaban enormes estatuas de Iósif Stalin, Vladímir Uliánov (Lenin) o Leonid Brezhnev; bustos apoyados en el piso, reproducciones macizas que esperan en posición horizontal y que, ahora, se combinan con esculturas modernas y contemporáneas.


Estamos cenando en un restaurante casi vació. En las mesas de los costados no hay nadie, pero igual, después de mi pregunta, Tusheva levantará la cabeza y mirará a ambos lados, como chequeando que nadie la escuche.

—¿Y a Putin?

Dudará unos segundos y, luego, sí.

— Hay muchas cosas de su gobierno que están bien, aunque hay otras con las que no concuerdo del todo.

Y cambiará de tema. Como si fuera lo lógico después de una respuesta cordial a una pregunta como ésa.




***

La Rusia de hoy dista mucho de la Rusia que, desde este lado del mundo, uno podría reconstruir a partir de las historias de León Tolstoi, Fiódor Dostoievsky, Iván Turgueniev y sin embargo el francés sigue siendo un idioma de culto y si a las voluntarias, ancianas, que cuidan la casa de Tolstoi uno les habla en francés, puede entrar gratis.

Allí, no se pueden sacar fotos y uno debe ponerse, sobre las zapatillas, una especie de pantuflas de bolsa para que las pisadas no mancillen este hogar sagrado. En el cuarto, apoyada contra una pared está la bicicleta con la que el escritor recorría Moscú cada mañana, de seis a ocho, antes de volver al estudio, a ponerse a trabajar. Escribía hasta las dos, las tres de la tarde. Allí, dice el cartel, escribió Resurrección. Allí, se dice, reescribió 39 veces el último capítulo: la prosa nunca terminaba de convencerlo. Luego sí, bajaba a almorzar y pasaba la tarde charlando con la gente, con visitas ilustres, leyendo sus manuscritos, de pie junto a la piel de un oso que mató en 1858, justo antes de que el animal lo atacara. Y en Moscú hay un museo literario, y un centro Tolstoi y también, a 200 kilómetros, su residencia de Yasnaya Polyana y otro museo, en Astapovo, el lugar donde pasó los últimos minutos de su vida. Y, aún así, todo eso parece poco para uno de los más grandes escritores rusos.



 ***

A pesar de google y los celulares y la supuesta traducción simultánea, el mundo cirílico (para quien no pertenece a él) es un tanto inquietante. Uno desconoce si el cartel en la esquina indica que allí hay una farmacia o un prostíbulo. En la calle, la gente no suele hablar inglés ni francés ni castellano: sólo ruso. Descender los 300 metros de escalera mecánica para llegar al metro resulta una expedición imprescindible. La frecuencia sorprende (un reloj sobre el andén permite verificar que no pasa más de un minuto y medio sin que llegue un nuevo subte) y la majestuosidad de las estaciones impresiona. Parece que los soviéticos opinaban que las obras de arte no podían estar solamente en los museos burgueses y se ocuparon de que, a lo largo de los 339 kilómetros de tendido vial, cada estación tuviera sus estatuas, sus cuadros, sus venecitas prolijamente ubicadas. Son tan profundas porque varias estaban pensadas como refugio en caso de un ataque nuclear (la más antigua se construyó en 1935).

Junto a los molinetes, sobre la pared: un cuadro con la cara pensativa de Karl Marx, o estatuas de campesinos y campesinas con fusiles y perros, en actitud desafiante, defendiendo su patria del invasor extranjero.





El arte es un idioma universal pero si uno quiere ir de Novoslobodskaya a Park Kultury en la línea 5, línea circular identificada con color marrón y que intercepta a las otras once líneas, tiene que tratar de averiguar el sentido de los trenes. El nombre de las estaciones está en cirílico. No se lee Novoslobodskaya sino “Новослободская” y a arreglarse. Un amigo pasó entre quince y veinte minutos intentando averiguarlo: terminó tomando el equivocado. Llegó a su estación, el subte gira circular, pero tardó casi el doble de tiempo. Nadie le había avisado que cuando se avanza en el sentido de las agujas del reloj, la voz que anuncia las estaciones es masculina. Que cuando se va en sentido contrario, en cambio, una mujer avisa dónde está uno ubicado. 

Moscú puede apreciarse desde el subsuelo y desde la altura: el restaurante del piso 12 del hotel Ritz permite una vista de toda la ciudad: la catedral ortodoxa de San Basilio, con sus cúpulas ornamentadas, conocida como “el edificio de cebollas”, el Kremlin y tres de las siete “Hermanas”: rascacielos monumentales de estilo barroco ruso y gótico que Stalin mandó a construir entre 1940 y 1950.

Pero si uno busca rastros de “lo soviético” en Moscú, debe descender al metro (donde las estrellas rojas, las hoces y los martillos se multiplican estéticas) o visitar el mercado Izmailovo: allí hay ancianos que venden láminas originales de los cosmonautas, afiches con la cara de Yuri Gagarin (uno de los únicos rusos que sonríe en, absolutamente, todas las fotos), volantes de propaganda comunista, pins de Lenin joven, pins de Lenin mayor, pins de Stalin con traje de fajina, pins de los Juegos Olímpicos; cascos de la segunda guerra agujereados de un balazo, uniformes nazis, piezas de bronce oxidadas, balas de todos los tamaños, postales de propaganda soviética, imanes con un Lenin cenital que convoca a la batalla; también gorros de astracán originales y otros, sintéticos, seguramente hechos en China; matrioshkas (mamushkas), bandejas pintadas a mano con colores brillantes, dorados, rojos, verdes y amarillos, con una técnica dulce y sofisticada; acordeones, fusiles, cabezas de jabalí. Todo lo que un turista puede querer, e incluso más.


Una de las únicas excursiones gratis en Moscú es la visita al mausoleo de Vladímir Lenin, donde (se supone) está el cuerpo del líder revolucionario. No se puede entrar con cámaras de fotos, bolsos ni mochilas. Luego de hacer una larga cola, uno ingresa a una sala iluminada con una tenue luz roja, tapizada de un silencio que se interrumpe por murmullos nerviosos. A los costados, varios guardaespaldas custodian el cuerpo embalsamado. 

Parece un muerto pero los muertos embalsamados son tan plásticos y quietos como los muñecos: entre los rusos circula el mito de que en algún momento fue reemplazado por un maniquí. En 2012, el ministro ruso de Cultura Vladímir Medinski dijo que sólo quedaba “un 10% del cuerpo original”, ya que desde hace mucho tiempo el resto se fue sustituyendo por elementos artificiales.

Cuando en 1924 se decidió que el héroe soviético fuera exhibido dentro de una especie de pecera, en el Partido Comunista hubo una gran discusión. León Trotski equiparó la conservación del cuerpo con la “santificación” cristiana, algo disruptivo para los comunistas. La viuda, Nadezhda Krúpskaya, también se opuso. Incluso, la decisión de Lenin era ser enterrado en San Petersburgo junto a los restos de su madre y de su hermana, pero el Politburó pudo más.

En 2011 en Internet se hizo una votación pública (no vinculante) con la pregunta: “¿Apoya usted la idea de enterrar el cuerpo de Lenin?”. Participaron unas 350.000 personas. El 66,54% apoyó el entierro. En ese momento, el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, dijo que era una cuestión que debía tratarse con mucho cuidado para “no dividir a la sociedad”. Lenin sigue allí.

Frente a él, cruzando la Plaza Roja, funcionan los almacenes GUM, símbolo del desmoronamiento del régimen, venganza cruel del capitalismo: almacenes estatales durante el sovietismo que se convirtieron luego en un shopping de lujo. Negocios de Prada, Chanel, Gucci y Swarovski, entre otras marcas.

Allí, en el hall, una mujer vende jugos de sandías y melones que se enfrían sumergidos en el agua de una fuente. Su nombre es Irina. Habla un inglés fluido, pero no le interesa contar su vida. Sólo dirá que todo lo que se vende en ese lugar es para turistas: cosas demasiado caras para cualquier sueldo en rublos. 







*Nota publicada en la revista Domingo, diario El Mercurio (Chile).

Thursday, September 15, 2016

La vida verdadera (Richard Ford sobre Raymond Carver)



Ray leyó el relato casi a oscuras, muy encorvado sobre la lámpara del estrado, sin dejar un momento de juguetear con sus grandes gafas, carraspeando, bebiendo agua a sorbos, avanzando por las páginas de su libro como si nunca hubiera pensado realmente en leer ese relato en voz alta y no le resultara fácil hacerlo. Su voz era muy baja, aparentemente inexperta y vacilante, al punto de resultar irritante. Pero el efecto de su voz y el relato en el oyente era el de una vida real que se desplegaba de una forma tan destilada, tan intensa, tan elegida, tan contagiosa en sus urgencias que, al terminar, el oyente quedaba sin aliento, sin fuerzas. Fue una experiencia sobrecogedora, maravillosa en todos los sentidos. Y del relato se aprendían muchas cosas: que así era la vida, ya lo sabíamos; lo que parecía nuevo era esta vida, la disponibilidad para la expresión literaria de esta gente, que de lo contrario pasaría inadvertida. Uno sentía además que una consecuencia del relato era intensificar la vida, incluso dignificarla, y descubrir en sus rincones y nichos sombríos lo que era necesario desvelar para que los lectores pudiéramos llevar una vida mejor. Y sin embargo la historia en sí misma, en su sobriedad, en su consciente intensidad, era un objeto hasta tal punto fabricado, que no se parecía en nada a la vida; era una pieza de construcción artística poco menos que abstracta, calculada para llegar a producir un placer casi vertiginoso. Esa noche, en Dallas, Ray hizo una descarada demostración de las posibilidades de un relato en materia de artificio, de concisión, de fuerza, de sentimientos, de proporción formal, de intenso y sorprendente dramatismo. El relato versaba decididamente sobre algo y era fácil seguirlo: trataba de lo que dos personas hacían frente a la adversidad que les cambiaba la vida. Pero no había allí pesado naturalismo. Nada en exceso. Pura y simplemente los rudimentos del realismo, de un realismo enormemente estilizado que no tenía por objeto el arte, sino la vida. Y verse expuesto a él era abrumador.

Mientras salíamos del edificio a la tenue noche de Texas, me acerqué a Ray y le di una palmada en la espalda. Le dije: “Oh, Ray, ha sido un relato fantástico y tu lectura ha sido perfecta (vacilando, dolorosamente, con renuencia, de manera casi inaccesible, como si todos los horrores, todas las conmociones y toda la comedia surgieran directamente de la vida verdadera, que es probablemente lo que ocurría)”.