Tuesday, August 29, 2017

Taller de crónicas y perfiles


Taller de periodismo narrativo: crónicas y perfiles.

Contacto talleres Federico Bianchini: Fedebianchini@gmail.com

Saturday, August 19, 2017

Hoy


Mantenerse borracho de escritura para que la realidad no nos destruya.

Ray Bradbury

Thursday, July 27, 2017

Monstruos antárticos*



Antes de viajar a la Antártida, varias veces imaginé los mitos repetidos (en cenas y tardes de tormenta y ocio) por hombres que durante meses vivían en aquel lugar inhóspito.




Leyendas sobre animales insospechados, tan ágiles como voraces, que confundiéndose entre los vientos blancos aparecían para atacar desde la nada. Gritos desgarradores en el aire de las tormentas. Monstruos enormes, que se alejaban de los humanos pero los tenían presentes, acechándolos en el frío: hasta el momento en que quedaban solos, aislados e indefensos, para acercarse desde atrás y, con un solo golpe, quebrarles los huesos, arrastrarlos a sus escondites, hundidos en la nieve.   

Historias de marinos que, luego de muertos, seguían recorriendo esa vastedad pálida con sus perroslobo delante del trineo, azotandolos con furia, intentando sin lograrlo ir más rápido que el viento. Apariciones traslúcidas, fantasmas solitarios, figuras escurridizas. Hechizos, maleficios, promesas incumplidas: todo tipo de misterios que debían flotar sobre la base como las estrellas quietas en el negro.

Soñaba con cuentos sobre mujeres de cola de pez verde nácar, labios morados y tetas descomunales que, luego de sonoros coletazos, se sumergían entre los bloques de hielo y desaparecían en el agua cristalina, refugiadas en las profundidades. Con aves del tamaño de helicópteros, de garras filosas y plumas oscuras y brillantes. Imaginaba rumores sobre túneles de hielo que conducían a ciudades ocultas hacía miles de años. Cadáveres congelados de seres con aspecto de hombre pero membranas entre los dedos y piel acuosa y delicada, que volvían a la vida al derretirse los bloques que los contenían. Historias de sonidos tan agudos como misteriosos que llevaban a marineros a correr hasta perderse en el blanco. Marineros desaparecidos cuyos nombres se conocían aunque se callaban por miedo.




Sin embargo, al llegar a la Antártida encontré paisajes indescriptibles, escenarios que no creí que pudieran existir. No sólo impactaba lo que veía sino que, sentía, estar presente en ese lugar era agradable y estremecedor.

En la Antártida no hay llaves: todas las puertas de las bases y de los refugios están abiertas. En la Antártida no hay plata: no hay nada que se pueda comprar ni vender (con excepción de una base chilena adonde, por varios dólares, se consiguen frutas y gaseosas de dulzura diabética). En la Antártida no hay soberanía. Pero tampoco, lo descubrí con pena al llegar, tampoco hay mitos. No hay leyendas, ni historias mágicas. No hay cuentos ni relatos fantásticos. La naturaleza es tan áspera que quienes viven allí deben ocuparse en sobrevivir: el afuera es tan brutal que no hace falta inventar nada.

Me contaron, sí, la vez hace muchos años que un asustado dijo haber visto un Hombre de las nieves. El monstruo estaba a pocos metros de él, no paraba de seguirlo. Horas más tarde, una patrulla de la base, armada con fusiles, fue a buscarlo. Lo vieron a la distancia. Por las dudas, tiraron. Al acercarse descubrieron que era un extraño tipo de foca. La historia termina ahí. No supe qué pasó después. Quizás, hicieran un guiso.

En la Antártida el clima es tan brusco que no hace falta inventarse peligros. Con la intemperie basta. Cada vez que uno sale de la base, debe hacerlo acompañado. Por radio, avisar adónde va, por qué camino, cuánto cree que durará el paseo. Si en soledad, uno llega a pisar mal y se quiebra un tobillo, quizás muera de hipotermia sin que nadie se entere.

Un miércoles de julio de 2003, la bióloga británica de 28 años Kirsty Brown hacía snorkel cerca de la base inglesa Rothera. Buceaba sin tanque. Después de un rato, se sentó en un trozo de glaciar, las patas de rana moviéndose acompasadas en el agua hasta que sintió el tirón. Un leopardo marino, la más agresiva de las focas, la agarró de una de las aletas y la arrastró hasta el fondo. No la atacó: quizás la confundió con un pingüino porque minutos después la subió, otra vez, a la superficie. La científica no murió por una mordida. No se ahogó. La mató la presión. Al sacarla tenía las orejas llenas de sangre: los tímpanos le habían reventado.

La mañana del 17 de septiembre de 2005, el suboficial electricista de la Armada Teófilo González y el biólogo del Instituto Antártico Argentino Augusto Thibaud viajaban en dos motos de nieve, seguidos en otras dos por el capitán de corbeta Jorge Pavón y los suboficiales Mario Leonhardt y Alejandro Carbajo. Recorrían el glaciar Collins hasta que, de repente y sin que los otros pudieran darse cuenta cómo, González y Thibaud parecieron desaparecer. Lejos de cualquier ciencia oculta, habían caído a una grieta. Recién un mes más tarde, los rescatistas pudieron encontrar los cadáveres congelados.

En enero de 2016, el explorador Henry Worsley, ex oficial del ejército británico, intentó convertirse en la primera persona en cruzar la Antártida sin ningún tipo de ayuda. En 71 días, arrastrando un trineo con comida, combustible y equipo de supervivencia, recorrió unos 1.448 kilómetros. Perdió 25 kilos y un diente. Tenía 55 años, una mujer y dos hijos. Quería juntar fondos para una fundación que ayudaba a soldados heridos en la guerra. Murió en un hospital en Chile por una "deficiencia completa de sus órganos"

En junio de 2016, el cabo primero argentino Gustavo Capuccino fue a abrir la puerta de un hangar de la base Marambio. Antes de que pudiera hacerlo, el viento, que en la Antártida sopla desesperado, desprendió el portón que le cayó encima. Recién cuando hubo buen clima, pudieron llevarle el cuerpo a la familia.

La lista podría seguir con nombres y apellidos de nacionalidades diversas, con fechas anteriores y posteriores, el recorte es arbitrario, pero en la Antártida el clima debe respetarse.

Si hay viento o nieve o furia natural, más allá de la tarea que haya que hacer, uno se queda dentro de la base, a esperar que el temporal termine. Lee o juega al ping pong. En el gimnasio, en la cocina o en el comedor habla con otros, cuenta casos reales. Cosas que pasaron y pueden servir de advertencia para que no se repitan. Nadie imagina monstruos, animales fantásticos o espíritus acechantes.

En la Antártida, la muerte está demasiado cerca como para encima atraerla con historias que no sucedieron pero quizás, quién sabe, en cualquier momento se podrían llegar a concretar.





*Publicado en la revista VICE Colombia, edición mayo 2017.

Wednesday, June 28, 2017

Moscú*




Hace más de dos días que en Moscú llueve. Por momentos, se siente la fuerza de las gotas y se ven paraguas dándose vuelta por el viento y personas intentando no parecer ridículas luchando contra la nada. Hace más de dos días que en Moscú llueve y la tela negra, a rayas o puntillosa de los zontik se permeabiliza y hombres de traje y seriedad o mujeres de vestidos brillante sintético y ojos malaquita igual se mojan. Por momentos, breves, parece que las nubes van a disolverse, pero no, las gotas siguen cayendo aunque lo hacen de forma ligera, casi etérea y uno puede cerrar el paraguas y andar sintiendo (apenas) los puntos fríos en la cara y aceptar que, en ocasiones y con reparos, el frío es agradable.

En un cirílico incomprensible los noticieros hablan de las noticias internacionales pero, sobre todo, mencionan el clima. Buscando información en internet, me entero de que hace 130 años, en un día cayeron 25 milímetros por metro cuadrado. En las últimas 24 horas, cuentan el doble y uno de los ríos más caudalosos del país, el Yauza, aprovechó la distracción y, cuando nadie lo miraba, salió de donde venía. Se fue a un costado. Quizás sólo se puso cómodo. El noreste de la ciudad quedó cubierto por el agua y los coches quietos bajo los puentes, teniendo que ser empujados por uno, dos o varios rusos de gesto adusto.

Las autoridades municipales dijeron que los sistemas de desagüe “fueron construidos para un nivel de precipitaciones normales”. El problema, en cirílico o romano, es la precisión de la normalidad. Hasta los maniquíes lo saben. Tal vez sobre eso en los negocios moscovitas, con mueca plástica detrás de cada vitrina, reflexionan melancólicos. Los maniquíes no son los únicos que llevan esa expresión triste: en la calle, la gente no sonríe. Tiene una expresión seria, impertérrita. Quizás, sea una consecuencia tardía del sufrimiento pasado en la guerra. Quizás, tenga que ver con otra cosa. ¿El frío? Quién sabe. Lo cierto es que a pesar de que pasaron 60 años de la segunda guerra mundial, sigue habiendo muchas más mujeres que hombres: más de once millones.

En la segunda guerra, que los rusos llaman “La gran guerra patriótica”, murieron unas 20 millones de personas. En el Monte Poklonnaya, uno de los puntos más alto de Moscú, se levanta un enorme y monumental museo sólido, que tiene delante un obelisco de 141,8 metros de altura (por los 1.418 días en los que los rusos participaron de la guerra). Adentro, en el “salón de la memoria y el dolor”, del techo cuelgan miles y miles de cristales, que se iluminan, brillan y recuerdan a las lágrimas de las madres, las hermanas, las viudas de los muertos en combate. Durante el stalinismo se sumaron más muertos: 7 millones de fusilados, 20 millones de detenidos.

Contaba un español de Andalucía que, hace unos años, un primo de él había viajado a una ciudad del campo ruso. En la primera carta contaba anonadado que no podía creer lo que estaba viviendo: todas las mujeres eran rubias, todas eran altas, todas eran pulposas, todas tenían los ojos fulgurantes en tonos que iban del verde al violeta amatista. Todas lo miraban, lo buscaban, le sonreían. Dos semanas después, decía el andaluz, su primo mandaba otra carta: la situación había cambiado totalmente, en la primera salida cada una de ellas le hablaba de matrimonio, de cuándo podrían tener hijos. Sigiloso, el primo había huido.




—¿Y acá cómo lo ven a Stalin? ¿Como un héroe o como un tirano?

Nastya Tusheva tiene 32 años y vive en las afueras de la ciudad de Moscú. Trabaja como consultora de empresas en el área de recursos humanos. Y dice que depende. Que todos saben que hubo asesinatos, que muchos lo critican por eso. Pero que, también, logró poner de pie a una Rusia de rodillas. Es complicado, dice y cuenta que el proceso de “desestalinización” duró mucho. En su celular, muestra el antes y el después de ciertos murales en el subte. En la primera foto, encima del cartel de la estación Semyonovskaya (línea 3) había un plato circular con la imagen del camarada Iósif Stalin. Ahora, si uno observa bien, ve el contorno circular del polvo que se juntó con los años: la pintura más blanca dentro.

En otra foto, la cara del líder y, luego, años después allí mismo: un mural del flores en el que, sin embargo, se adivina un bigote enrulado.

— Trataron de taparlo, esconderlo, pero a veces no le salió tan bien — dice Tusheva.


Días después, visitaré el museo de las estatuas caídas, frente al Parque Gorki: un lugar adonde durante los años noventa se descartaban enormes estatuas de Iósif Stalin, Vladímir Uliánov (Lenin) o Leonid Brezhnev; bustos apoyados en el piso, reproducciones macizas que esperan en posición horizontal y que, ahora, se combinan con esculturas modernas y contemporáneas.


Estamos cenando en un restaurante casi vació. En las mesas de los costados no hay nadie, pero igual, después de mi pregunta, Tusheva levantará la cabeza y mirará a ambos lados, como chequeando que nadie la escuche.

—¿Y a Putin?

Dudará unos segundos y, luego, sí.

— Hay muchas cosas de su gobierno que están bien, aunque hay otras con las que no concuerdo del todo.

Y cambiará de tema. Como si fuera lo lógico después de una respuesta cordial a una pregunta como ésa.




***

La Rusia de hoy dista mucho de la Rusia que, desde este lado del mundo, uno podría reconstruir a partir de las historias de León Tolstoi, Fiódor Dostoievsky, Iván Turgueniev y sin embargo el francés sigue siendo un idioma de culto y si a las voluntarias, ancianas, que cuidan la casa de Tolstoi uno les habla en francés, puede entrar gratis.

Allí, no se pueden sacar fotos y uno debe ponerse, sobre las zapatillas, una especie de pantuflas de bolsa para que las pisadas no mancillen este hogar sagrado. En el cuarto, apoyada contra una pared está la bicicleta con la que el escritor recorría Moscú cada mañana, de seis a ocho, antes de volver al estudio, a ponerse a trabajar. Escribía hasta las dos, las tres de la tarde. Allí, dice el cartel, escribió Resurrección. Allí, se dice, reescribió 39 veces el último capítulo: la prosa nunca terminaba de convencerlo. Luego sí, bajaba a almorzar y pasaba la tarde charlando con la gente, con visitas ilustres, leyendo sus manuscritos, de pie junto a la piel de un oso que mató en 1858, justo antes de que el animal lo atacara. Y en Moscú hay un museo literario, y un centro Tolstoi y también, a 200 kilómetros, su residencia de Yasnaya Polyana y otro museo, en Astapovo, el lugar donde pasó los últimos minutos de su vida. Y, aún así, todo eso parece poco para uno de los más grandes escritores rusos.



 ***

A pesar de google y los celulares y la supuesta traducción simultánea, el mundo cirílico (para quien no pertenece a él) es un tanto inquietante. Uno desconoce si el cartel en la esquina indica que allí hay una farmacia o un prostíbulo. En la calle, la gente no suele hablar inglés ni francés ni castellano: sólo ruso. Descender los 300 metros de escalera mecánica para llegar al metro resulta una expedición imprescindible. La frecuencia sorprende (un reloj sobre el andén permite verificar que no pasa más de un minuto y medio sin que llegue un nuevo subte) y la majestuosidad de las estaciones impresiona. Parece que los soviéticos opinaban que las obras de arte no podían estar solamente en los museos burgueses y se ocuparon de que, a lo largo de los 339 kilómetros de tendido vial, cada estación tuviera sus estatuas, sus cuadros, sus venecitas prolijamente ubicadas. Son tan profundas porque varias estaban pensadas como refugio en caso de un ataque nuclear (la más antigua se construyó en 1935).

Junto a los molinetes, sobre la pared: un cuadro con la cara pensativa de Karl Marx, o estatuas de campesinos y campesinas con fusiles y perros, en actitud desafiante, defendiendo su patria del invasor extranjero.





El arte es un idioma universal pero si uno quiere ir de Novoslobodskaya a Park Kultury en la línea 5, línea circular identificada con color marrón y que intercepta a las otras once líneas, tiene que tratar de averiguar el sentido de los trenes. El nombre de las estaciones está en cirílico. No se lee Novoslobodskaya sino “Новослободская” y a arreglarse. Un amigo pasó entre quince y veinte minutos intentando averiguarlo: terminó tomando el equivocado. Llegó a su estación, el subte gira circular, pero tardó casi el doble de tiempo. Nadie le había avisado que cuando se avanza en el sentido de las agujas del reloj, la voz que anuncia las estaciones es masculina. Que cuando se va en sentido contrario, en cambio, una mujer avisa dónde está uno ubicado. 

Moscú puede apreciarse desde el subsuelo y desde la altura: el restaurante del piso 12 del hotel Ritz permite una vista de toda la ciudad: la catedral ortodoxa de San Basilio, con sus cúpulas ornamentadas, conocida como “el edificio de cebollas”, el Kremlin y tres de las siete “Hermanas”: rascacielos monumentales de estilo barroco ruso y gótico que Stalin mandó a construir entre 1940 y 1950.

Pero si uno busca rastros de “lo soviético” en Moscú, debe descender al metro (donde las estrellas rojas, las hoces y los martillos se multiplican estéticas) o visitar el mercado Izmailovo: allí hay ancianos que venden láminas originales de los cosmonautas, afiches con la cara de Yuri Gagarin (uno de los únicos rusos que sonríe en, absolutamente, todas las fotos), volantes de propaganda comunista, pins de Lenin joven, pins de Lenin mayor, pins de Stalin con traje de fajina, pins de los Juegos Olímpicos; cascos de la segunda guerra agujereados de un balazo, uniformes nazis, piezas de bronce oxidadas, balas de todos los tamaños, postales de propaganda soviética, imanes con un Lenin cenital que convoca a la batalla; también gorros de astracán originales y otros, sintéticos, seguramente hechos en China; matrioshkas (mamushkas), bandejas pintadas a mano con colores brillantes, dorados, rojos, verdes y amarillos, con una técnica dulce y sofisticada; acordeones, fusiles, cabezas de jabalí. Todo lo que un turista puede querer, e incluso más.


Una de las únicas excursiones gratis en Moscú es la visita al mausoleo de Vladímir Lenin, donde (se supone) está el cuerpo del líder revolucionario. No se puede entrar con cámaras de fotos, bolsos ni mochilas. Luego de hacer una larga cola, uno ingresa a una sala iluminada con una tenue luz roja, tapizada de un silencio que se interrumpe por murmullos nerviosos. A los costados, varios guardaespaldas custodian el cuerpo embalsamado. 

Parece un muerto pero los muertos embalsamados son tan plásticos y quietos como los muñecos: entre los rusos circula el mito de que en algún momento fue reemplazado por un maniquí. En 2012, el ministro ruso de Cultura Vladímir Medinski dijo que sólo quedaba “un 10% del cuerpo original”, ya que desde hace mucho tiempo el resto se fue sustituyendo por elementos artificiales.

Cuando en 1924 se decidió que el héroe soviético fuera exhibido dentro de una especie de pecera, en el Partido Comunista hubo una gran discusión. León Trotski equiparó la conservación del cuerpo con la “santificación” cristiana, algo disruptivo para los comunistas. La viuda, Nadezhda Krúpskaya, también se opuso. Incluso, la decisión de Lenin era ser enterrado en San Petersburgo junto a los restos de su madre y de su hermana, pero el Politburó pudo más.

En 2011 en Internet se hizo una votación pública (no vinculante) con la pregunta: “¿Apoya usted la idea de enterrar el cuerpo de Lenin?”. Participaron unas 350.000 personas. El 66,54% apoyó el entierro. En ese momento, el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, dijo que era una cuestión que debía tratarse con mucho cuidado para “no dividir a la sociedad”. Lenin sigue allí.

Frente a él, cruzando la Plaza Roja, funcionan los almacenes GUM, símbolo del desmoronamiento del régimen, venganza cruel del capitalismo: almacenes estatales durante el sovietismo que se convirtieron luego en un shopping de lujo. Negocios de Prada, Chanel, Gucci y Swarovski, entre otras marcas.

Allí, en el hall, una mujer vende jugos de sandías y melones que se enfrían sumergidos en el agua de una fuente. Su nombre es Irina. Habla un inglés fluido, pero no le interesa contar su vida. Sólo dirá que todo lo que se vende en ese lugar es para turistas: cosas demasiado caras para cualquier sueldo en rublos. 







*Nota publicada en la revista Domingo, diario El Mercurio (Chile).

Thursday, September 15, 2016

La vida verdadera (Richard Ford sobre Raymond Carver)



Ray leyó el relato casi a oscuras, muy encorvado sobre la lámpara del estrado, sin dejar un momento de juguetear con sus grandes gafas, carraspeando, bebiendo agua a sorbos, avanzando por las páginas de su libro como si nunca hubiera pensado realmente en leer ese relato en voz alta y no le resultara fácil hacerlo. Su voz era muy baja, aparentemente inexperta y vacilante, al punto de resultar irritante. Pero el efecto de su voz y el relato en el oyente era el de una vida real que se desplegaba de una forma tan destilada, tan intensa, tan elegida, tan contagiosa en sus urgencias que, al terminar, el oyente quedaba sin aliento, sin fuerzas. Fue una experiencia sobrecogedora, maravillosa en todos los sentidos. Y del relato se aprendían muchas cosas: que así era la vida, ya lo sabíamos; lo que parecía nuevo era esta vida, la disponibilidad para la expresión literaria de esta gente, que de lo contrario pasaría inadvertida. Uno sentía además que una consecuencia del relato era intensificar la vida, incluso dignificarla, y descubrir en sus rincones y nichos sombríos lo que era necesario desvelar para que los lectores pudiéramos llevar una vida mejor. Y sin embargo la historia en sí misma, en su sobriedad, en su consciente intensidad, era un objeto hasta tal punto fabricado, que no se parecía en nada a la vida; era una pieza de construcción artística poco menos que abstracta, calculada para llegar a producir un placer casi vertiginoso. Esa noche, en Dallas, Ray hizo una descarada demostración de las posibilidades de un relato en materia de artificio, de concisión, de fuerza, de sentimientos, de proporción formal, de intenso y sorprendente dramatismo. El relato versaba decididamente sobre algo y era fácil seguirlo: trataba de lo que dos personas hacían frente a la adversidad que les cambiaba la vida. Pero no había allí pesado naturalismo. Nada en exceso. Pura y simplemente los rudimentos del realismo, de un realismo enormemente estilizado que no tenía por objeto el arte, sino la vida. Y verse expuesto a él era abrumador.

Mientras salíamos del edificio a la tenue noche de Texas, me acerqué a Ray y le di una palmada en la espalda. Le dije: “Oh, Ray, ha sido un relato fantástico y tu lectura ha sido perfecta (vacilando, dolorosamente, con renuencia, de manera casi inaccesible, como si todos los horrores, todas las conmociones y toda la comedia surgieran directamente de la vida verdadera, que es probablemente lo que ocurría)”. 

Sunday, April 10, 2016

Tatuada




Y cuando se acostaba y trataba de dormir, podía sentir el movimiento de las líneas. A veces, el dibujo descendía hacia la panza o se desplazaba hasta atrapar un hombro: se disponía como telaraña y lo manchaba con tinta negra hasta que ella, molesta, prendía el velador. Y sin embargo, cada vez, antes de la luz, apenas apoyaba el pulgar en el interruptor percibía cómo, bruscas, las líneas se volvían a organizar alrededor del cuello.


Sunday, January 3, 2016

Cuba




"En Cuba, la gente pobre es más feliz que en ningún otro lugar del mundo".

Julián Herbert, Canción de tumba.