Saturday, December 31, 2011

Verdadero


A partir de cierta edad, las coincidencias con otros escritores o las novedades te importarán menos que lo que creas verdadero.

Jorge Luis Borges.

Tuesday, December 20, 2011

Mentir

Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir.

Anton Chejov, en Consejos para escritores.

Monday, December 19, 2011

Tomar conciencia

Gowan llenó el vaso hasta el borde, lo alzó y fue bebiendo hasta vaciarlo. Se acordaba de haber dejado el vaso sobre la mesa con mucho cuidado, pero enseguida tomó conciencia simultáneamente de encontrarse en la calle, del aire frío y gris del amanecer, de una locomotora jadeando en el desvío, a la cabeza de una oscura hilera de vagones, y de que estaba intentando decirle a alguien que había aprendido a beber como un caballero.

William Faulkner, en Santuario.

Saturday, December 17, 2011

Pesadillas soñadas

— En varios de sus cuentos, en El ajedrez o en El condenado a muerte, aparecen pesadillas e insomnios. ¿Tiene eso relación con su vida concreta?

— Sí, yo tengo ahora pesadillas casi todas las noches.

— ¿Pesadillas? ¿Usted tiene pesadillas?

— Usted me acaba de preguntar por las pesadillas, ¿De qué se sorprende?

— Pensé que me iba a decir: "nunca he tenido pesadillas".

— No era lógico.

— ¿Cómo son esas pesadillas?

— Contadas no son horribles, pero soñadas sí lo son.


(...)


— ¿No sufre de insomnio?

— He sufrido mucho de insomnio y he escrito un cuento que refleja eso.

— Por eso le preguntaba. Pensaba en Funes el memorioso.

— Ese cuento... voy a contarle un detalle que quizás pueda interesarle. Yo padecía mucho de insomnio. Me acostaba y empezaba a imaginar. Me imaginaba la pieza, los libros en los estantes, los muebles, los patios. El jardín de la quinta de Adrogué, esto era en Adrogué. Imaginaba los eucaliptus, la verja, las diversas casas del pueblo, mi cuerpo tendido en la oscuridad. Y no podía dormir. De allí salió la idea de un individuo que tuviera una memoria infinita, que estuviera abrumado por su memoria, no pudiera olvidarse de nada y por consiguiente no pudiera dormirse. Pienso en una frase común: "recordarse", que es porque uno se olvidó de uno mismo y al despertarse se recuerda. Y ahora viene un detalle casi psicoanalítico: cuando yo escribí ese cuento se me acabó el insomnio. Como si hubiera encontrado un símbolo adecuado para el insomnio y me liberara de él mediante ese cuento.


María Esther Gilio entrevista a Borges, para la revista Crisis.

Wednesday, November 30, 2011

J.C.O

"Mientan siempre".

Juan Carlos Onetti, en su decálogo más uno para escritores principiantes.

Wednesday, November 16, 2011

Deconstructing John


¿Tus amigos o tu familia piensan a menudo que están en tus libros?

Sí y -pienso en todos los que se han sentido así- lo han vivido siempre con una deshonra. Si pones a alguien en un papel secundario, asumen que así es como los ves en la realidad… pese a que el personaje sea de otro país y cumpla un rol absolutamente distinto. Si haces ver a alguien vacilante o torpe o de alguna manera imperfecta, asocian rápidamente. Pero si les haces ver bellos, nunca asocian. La gente siempre está mucho más pronta a acusar que a sentirse celebrada.

John Cheever, entrevistado por Anette Grant para The Paris Review Interviews.

Wednesday, November 9, 2011

Progresión aritmética

Había encontrado entonces una prueba de que, en realidad, la muerte no existía. Era indudable, declaró, que no sólo los individuos en trance de ahogarse, sino todos los moribundos, veían desarrollarse en el último instante su vida entera a una velocidad fantástica, inconcebible para nosotros. Y como esta vida recordada tenía desde luego, a su vez, también un último instante, y este último instante de nuevo otro, etcétera, el morir no significaba en el fondo otra cosa que la eternidad, bajo la fórmula matemática de una progresión aritmética infinita.


Arthur Schnitzler, en Huir a las tinieblas.

Tuesday, November 8, 2011

Un abrigo pesado


"A veces creo que la soledad no es un precio. La soledad existe de antes, un escritor es básicamente un solitario más o menos disimulado según los casos, pero un solitario al fin. La escritura es la justificación (porque es una soledad que necesita ser justificada), la defensa de esa soledad. Si lo veo así, el círculo cierra perfectamente. Ya que la soledad le dicta la palabra al escritor, y el escritor no puede elegir sacarse esa soledad de encima como si fuera un abrigo pesado un día caluroso", dice Pablo Ramos.

Wednesday, October 26, 2011

Peces


Al principio, cuando instaló la pecera, eran doce movedizos pecesitos pero, iletrado en aguas, el exceso de comida o alteraciones en la temperatura o defectos en la aireación y filtración redujeron el lote rápidamente.

La primera muerte fue una catástrofe.

El señor Pelice extrajo el cuerpecito finado, una vez que comprobó en forma absoluta que no se movía ni aun empujándolo con un dedo, con la redecilla de tul y lo depositó sobre una hoja de hortensia en medio del escritorio y lo veló algunas horas con la lámpara de aceite.

Con una cuchara clavó un hoyo al pie de una magnolia foscata y enterró allí al pececito.


Haroldo Conti en Perfumada noche.

Saturday, October 22, 2011

Fotos de una autopsia*


Adoración Gutiérrez parece querer sostenerse de ese pañuelo de papel que, ahora, agarra con las dos manos. Está sentada en el comedor de su casa de Ramos Mejía, frente al escritorio donde trabaja como abogada. Tiene los ojos húmedos, la voz tranquila y ganas de que no existan motivos para que alguien la entreviste.

En silencio, esperando que se prenda el grabador, que llegue la primera pregunta, parece desear que los últimos años hayan sido parte de una filmación hecha con una cinta mágica. Una cinta que permita ir hacia atrás; que a medida que retroceda borre las imágenes grabadas. Quiere volver al día en que a su hija la quemaron viva. Retroceder hasta el momento en que María Laura fue rociada con un bidón de nafta; borrar la escena en el basural de Gonnet donde Mirta Orellana y Elida Isopra trataron de asfixiarla con una bolsa de nylon, y no pudieron. La imagen de esas dos mujeres intentando descuartizar a su hija con un pequeño cuchillo. O aquella otra, en el departamento de Villa Lugano, donde le inyectaron Trapax para atontarla. Evitaría los golpes, los insultos. Pondría pausa a las tres de la tarde del miércoles 8 de noviembre de 2000, antes de que María Laura se subiera al Fiat 133 azul en el que la secuestraron. Y se detendría a disfrutar de esa expresión sin miedo.

Si pudiera, Adoración retrocedería un poco más: hasta llegar a la última siesta, la vuelta del trabajo, a uno de esos momentos en los que, todavía, nadie podía imaginarse lo que iba a pasar.

*

El día que fue a reconocer el cuerpo, durante todo el viaje entre Ramos Mejía y La Plata, Adoración Gutiérrez tuvo la ilusión de llegar y descubrir que la que estaba ahí, sobre la camilla de metal, no era su hija. Pensaba: qué hacer si es María Laura. Pensaba: no voy a poder seguir viviendo. Era ella. Y los días se transformaron en una cosa oscura, una sustancia lenta y espesa. Adoración quería quedarse quieta, en la cama hasta enfermar, hasta que pasara algo, cualquier cosa, que terminara con ese sufrimiento.

A seis meses del asesinato, había tres detenidas pero la causa no tenía juez, fiscal ni nadie que investigara. No quedaba claro dónde había muerto María Laura: los secuestradores la habían tenido en un departamento en Villa Lugano y, luego, la habían llevado a un baldío de Gonnet para prenderla fuego. El lugar de la muerte iba a determinar a qué juzgado le correspondería hacerse cargo. Pero faltaban pericias y el caso seguía nebuloso. En medio de la confusión, Adoración fue a La Plata. Preguntó en mesa de entradas por el nombre de su hija: nada; por el de las imputadas: nada. Un meritorio, un adolescente, ella sólo se acuerda de que se llamaba David, la acompañó a buscar. Juntos encontraron la fiscalía en la que se radicaba la causa. El expediente no estaba. Después de un rato, lo ubicaron. En la fiscalía tuvieron que reconocer que se les había traspapelado. “En ese momento mandaron a hacer las pericias. Si yo no iba a preguntar, si no iba hasta La Plata e insistía para saber qué había pasado, quién sabe qué habría sucedido con el caso”.

Los días seguían lentos, oscuros, espesos. Hoy, Adoración dice que cuando uno sufre tanto, en un momento toca fondo. En ese momento, uno hace un clic y toma una decisión tajante. Para bien o para mal. “Yo un día me levanté y dije: no puedo seguir así”.

A los 48 años, empezó a estudiar Derecho. “Además de que me permitía entender la causa, me sirvió de terapia. El tener la mente concentrada en estudiar, en preparar los exámenes, leer monografías y trabajos me hacía pensar en otra cosa”.

No fue fácil. La memoria no era la misma que a los 20. “Y es difícil estudiar después de que te pasó algo terrible”. Le costaba concentrarse. Pero cada contenido teórico lo pensaba referido a su caso. “Una de las primeras materias era Derechos Humanos, que estaba puramente enfocada a los imputados. De la víctima no hablaba nadie. Era muy duro, pero yo no decía nada. No quería que me aprobaran por lástima, ni que los profesores garantistas me tomaran como una representante de las víctimas”.

Se dio cuenta de que estudiar era una de las pocas cosas que la hacían sentir bien. “Al poco tiempo, dije: si Dios me da la fuerza para terminar la carrera, voy a trabajar por los derechos de las víctimas”.

En agosto de 2004 empezó el juicio. Durante cuatro años, ella ayudó al abogado en su rol de madre. A mediados de 2008 se recibió, empezó a trabajar en la Organización No Gubernamental AVISE y, un tiempo más tarde en el Centro de Protección de los derechos de la víctima. En esos meses, aunque le costó decidirse, asumió la defensa del caso de María Laura. Ayudar a otras madres, a otros familiares de víctimas, le hizo bien. Seguir con la causa del asesinato de su hija no.

*

Durante la entrevista, en las dos horas y media en que agarrada de su pañuelo de papel blanco contará su vida y el caso de su hija, Adoración Gutiérrez dirá once veces la palabra “terrible”.

*

—Hola, pá

—Hola, Laurita

—No le avisaste ¿no? ¿A nadie?

—No, no. ¿Qué pasa?

—No, ¿a nadie?

—No, por supuesto

—Bueno. ¿Recibiste el llamado de antes?

—Si, ¿te sentís bien? ¿Estás bien?

—Sí estoy bien, pero lo único que piden es la plata y que no se le avise a la policía, ni nada. Sobre todo, lo que van a hacer sino, si se les da eso, ¿viste?

—¿Te golpearon? Tranquila. ¿Los nervios?

—Sí. Pero bueno, pasa eso. Lo único que quieren es eso. Los conoz....

—Escuchame. ¿Qué quieren que haga mañana?

—Que saques lo del banco. Porque no es que me amenazan a mí sola, es a ustedes también.

—¿Qué hago con la plata?, ¿dónde voy?

—Que la tengas vos la plata y ellos después llaman. Pero esto para que me dejen ir ahora.

—Ajá, escuchame. ¿Te estás…?

—Yo cuando vuelva no puedo abrir la boca de nada, ni me tienen que preguntar nada.

—¿Pero te dejaron salir de la casa?

—No.

—¿Estás en una casa?

—No te puedo decir donde estoy.

(…)

—¿Te están apuntando?

—No, no, no. Ahora no me están haciendo nada. Va a pasar si se abre la boca. Porque no son dos personas ni tres, son más las que están atrás de todo esto.

(Transcripción del segundo llamado extorsivo, desgrabado en la causa).


Adoración dice: “Lo dijo Laura. Son varias personas que están atrás de esto”. En la causa queda mucho por saber. “Pese a toda la investigación, sólo hubo dos condenas”. En enero hubo un cambio de fiscal. El juez llamó a declarar a testigos que nunca habían hablado. Adoración confía en que va a haber más detenciones.

*

María Laura fue la primera de cuatro hijos. Nació en 1978. Dos años después, otra nena. Prematura, de seis meses y medio, que tenía una malformación y murió al nacer. Adoración dice que pidió verla. Dice que era hermosa. Tres años más tarde, volvió a quedar embarazada. En el verano fue a Mar del Plata con Laura, el que entonces era su marido y los abuelos de Laura. Cándido Gutierrez, 59 años, tuvo un infarto masivo. Ella le hizo respiración boca a boca, masajes cardíacos. Lo vino a buscar una ambulancia. El padre de Adoración murió al llegar al hospital. Desde ese momento, contracciones, pérdidas y, ahí mismo, trabajo de parto. El bebé, seis meses, pesaba un kilo. Ella lo vio. Lo sintió llorar. Pero en la clínica no había terapia. Lo trasladaron. Y murió en la ambulancia. Unos días después, la maestra de preescolar llamó a Adoración: quería hablar con ella. Los dibujos que hacía María Laura estaban llenos de cruces.

“Yo no quería volver a intentar, porque había sufrido mucho la pérdida de esos dos bebés —dice Adoración, frente a su escritorio, el pañuelo de papel—. Pero cuando Laura tenía diez años, quedé embarazada de Noelia”. La hermana de Laura nació con una cardiopatía que se podía arreglar con una operación. Si bien, siempre había estado medicada, jugaba como cualquier chico. Iba a cumplir tres años. Pero tenía los órganos en espejo, el corazón a la derecha y la operación que no era tan difícil se complejizó. Sin embargo, aparentemente todo había salido bien. Fue a verla al hospital. En la sala de terapia intensiva, Noelia susurró: “Quiero ir a casita”. Después, vomitó sangre. Después, unos médicos le dijeron a la madre que la hija había muerto. A la semana, luego de que la hubieran enterrado, les avisaron que la única forma para saber qué había pasado era hacer una autopsia. Demasiado tarde. Nunca nadie pudo demostrar que hubiera habido mala praxis.

Y pese a todo, ahora, Adoración dice: “pero los problemas vinieron después“.

Se divorció de su marido. Laura dejó la escuela porque tenía miedo de salir a la calle, ganas de nada. Sin embargo, pudo superarlo y a los 20 años terminó el secundario. Empezó a trabajar en una clínica de Casanova. Ahí conoció a su novio, Wilfredo Percy Incio Chepeyquen, el médico que, dice Adoración, fue el autor intelectual del asesinato.

*

El amor todo lo puede

Todo parece hermoso cuando éste crece

(…)

Pero cuidado

Al encontrar un amor no te entregues de prisa

No te enamores perdidamente

Siempre tené los pies sobre la tierra y aunque creas en esa persona desconfiá un poquito

Porque ese sueño puede convertirse en pesadilla.

Puede derrumbarte en un segundo.


(Fragmento de un poema de María Laura que Adoración publicó en un libro un año después de la muerte de su hija).

*

—¿Alguna vez viste fotos de una autopsia? —dice Adoración,

con la causa en la mano.

—No.

—Mirá éstas. De Laura. Acá se ve la espalda quemada. Mirá: las cortaduras en las articulaciones —señala una foto en blanco y negro.

Luego otra. Y otra más. Pasa las páginas fotocopiadas. Tiene los ojos húmedos. Sin embargo, en ningún momento se pondrá a llorar. No perderá la entereza. Como si lo que estuviera haciendo fuera demasiado importante para detenerse en sus sentimientos.

—Hay una, por acá, donde se ve mejor cómo encontraron el cuerpo.

*

Adoración escuchó a un perito diciendo que habían querido descuartizar a su hija. Escuchó a dos mujeres que antes de ser condenadas a cadena perpetua por asesinar a María Laura dijeron ser inocentes. Escuchó a una testigo que encontró el cuerpo. Escuchó la pregunta: ¿Qué sintió al ver el cadáver? Escuchó la respuesta: olor a carne asada. Escuchó muchas cosas. “Fue duro”, dice y se suena la nariz con el pañuelo de papel.

En medio de los alegatos, mientras el abogado defensor hablaba, Adoración se puso de pie y aplaudió con bronca. Con una furia seca, contenida, irreverente. Aplaudía cada vez más fuerte. El hombre dejó de hablar. Hasta el aire estaba incómodo. El juez del Tribunal pidió silencio y llamó a un cuarto intermedio.

Faltaban dos alegatos. El abogado le recomendó que saliera de la sala. Él entendía que todo esto era muy duro. Ella: no. Se iba a quedar: en silencio escucharía lo que fuera. “Traté de abstraerme de lo que decían. Miraba una foto de Laura: lloraba. Las lágrimas se me caían de adentro. No podía hablar. No podía aplaudir. No podían prohibirme que llorara”. Hubo dos cuartos intermedios de media hora. El resto del tiempo, desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde, Adoración lloró lágrimas de Justicia.

*

En noviembre de 2011, su caso se publicó en Clarín. Al día siguiente la llamaron de radios y revistas. Fue al programa de televisión de Mirtha Legrand y contó su historia. Diez días más tarde, la policía detuvo al médico Wilfredo Percy Incio Chepeyquen, a su hija Maira Incio Loreto, y a Víctor Hugo Cisterna, empleado de una santería.

El 24 de diciembre, según dice Adoración por un error del fiscal que citó una prueba inexistente, Chepeyquen salió de la cárcel. Ese día, ella fue al juzgado a revisar unos papeles. Al dar vuelta en un pasillo, se encontró frente al acusado de planear el crimen de su hija. No se cree una mujer violenta. No sabe qué podría haber hecho si se quedaba ahí. Decidió seguir caminando. Dice que fue terrible.

Esa semana empezó a tener contracturas, vértigo, mareos. “La situación me afectó muchísimo, pero pude sobreponerme”.

En enero, después de que se agregaran los habeas corpus y las presentaciones de los abogados, pudo leer el expediente completo. Lo analizó en sus vacaciones: vio los detalles de cada allanamiento. “Pero no como los vieron el fiscal o los investigadores. Viéndolos en profundidad, cruzando información, pensando en todo lo que había pasado”. Siete cuerpos, doscientas fojas, una causa muy compleja. Dos mil cuatrocientas páginas que Adoración leyó veces y veces y veces. La parte en que María Laura habló con el padre creyendo que iba a volver a su casa. La parte en la que las dos mujeres fueron a la estación de servicio y llenaron un bidón con cinco pesos de nafta. Todas esas partes. “Y las fotos del hallazgo del cuerpo. Son terribles. Mi hija quemada, desfigurada: de frente, de perfil. Sin embargo, y aunque parezca mentira, ver lo que le hicieron me dio más fuerza para seguir adelante. Para no bajar los brazos. Porque uno ve las fotos y no puede creer que haya seres humanos capaces de hacer eso: los cortes, la carita casi sin nariz”.

El médico que la atendió después de la crisis nerviosa, sus amigos, muchos famliares le dijeron que, mejor, quizás, sería poner otro abogado. Lo pensó pero se preguntó quién tomaría un compromiso como el de ella. Diez años, miles de hojas, varios fiscales, una causa complicada. “Dejarla sería fallarle a Laura y fallarme a mí misma. Conozco el caso como nadie y si no lo sigo yo, no va a llegar a ningún lado. Hay muchos cabos sueltos —dice aferrada a su pañuelo de papel blanco—. Yo sigo: aunque me cueste la salud, voy a buscar Justicia hasta el final”.


*Nota publicada en la revista Viva.

Thursday, September 29, 2011

TV

"No niego que la televisión tenga valor: al menos, como opiáceo".

John Gardner en Para ser novelista.

Wednesday, September 28, 2011

Monday, September 12, 2011

Sirena


Pescábamos.

Hacía frío y casi no había luz, faltaba poco para que amaneciera. Oí un chapoteo. Le pregunté a mi tío, pero él no había escuchado nada.

Me quedé atento y la vi.

Sacó la cabeza de abajo del agua, sonrió. Se sumergió de nuevo y vi el reflejo verdeplateado en la punta de la cola.

Tuve ganas de tirarme al agua, de ir a buscarla.

Nadar detrás, seguirla hasta el fondo del lago.


Tuesday, August 2, 2011

Lugar



Si hubiera habido un hombre que se atreviese a decir todo lo que pensaba de este mundo, no le habría quedado un metro de suelo donde apoyar los pies.

Henry Miller, en Trópico de Cáncer.

Thursday, July 28, 2011

Porcelana


Lo de reírnos y charlar nos gustó a todos, pero lo mejor fue que en un determinado momento ninguno de los tres habló más y todo quedó en silencio. Debemos haber estado así más de diez minutos. Si presto atención, si escucho, si trato de escuchar sin ningún miedo de que la claridad del recuerdo me haga daño, puedo oír con qué nitidez los cubiertos chocaban contra la porcelana de los platos, el ruido de nuestra densa respiración resonando en un aire tan quieto que parecía depositado en un planeta muerto, el sonido lento y opaco del agua viniendo a morir a la playa amarilla.

Juan José Saer, en Sombras sobre un vidrio esmerilado

Conejo


Es más fácil atrapar a un conejo que a un lector.

Gabriel García Márquez

Monday, June 27, 2011

Pastos

A lo lejos, en el pastizal ve cuatro caballos.

Ve un rancho con una ventana enorme, un Cristo en la cruz, cinco personas que parecen buscarlo.

Y ve, después, sólo pastos, fantasmagóricos, moviéndose de un lado al otro.

Wednesday, June 22, 2011

Friday, June 17, 2011

Lo único que importa


En países donde la dignidad humana no es transgredida tan fácilmente, los poetas, obviamente, quieren ser publicados, leídos y entendidos, pero ya no hacen nada o casi nada en su vida cotidiana para destacar entre la gente. Sin embargo, hace poco, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba escandalizar con su ropa extravagante y con un comportamiento excéntrico. Aquellos no eran más que espectáculos para el público, ya que siempre tenía que llegar el momento en que el poeta cerraba la puerta, se quitaba toda esa parafernalia: capas y oropeles, y se detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que importa.

La poetisa polaca Wislawa Szymborska, en su discurso al aceptar el Nóbel de literatura (1996).

Apoyarse en la oscuridad


La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro.

Hay un verso de Shakespeare que justificaría esa opinión: “Looking on darkness which the blind do see”; “mirando la oscuridad que ven los ciegos”. Si entendemos negrura por oscuridad, el verso de Shakespeare es falso.

Uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el negro; otro, el rojo. “Le rouge et le noir” son los colores que nos faltan. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en este mundo de neblina;
de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego.

Hubiera querido reclinarme en la oscuridad, apoyarme en la oscuridad.

Borges, en una conferencia en el teatro Coliseo, agosto de 1977 .

Tuesday, June 14, 2011

Si me necesita

¿Le es a usted necesaria mi vida? Si me necesita, sea para lo que fuere..., dígamelo, que yo, entretanto, no me muevo de mi habitación, por lo menos la mayor parte del día, y ninguna parte voy. Si le fuera necesario..., escríbame o llámeme.

Dostoievski, en El jugador

Thursday, June 2, 2011

Nada

¿Quién es esa gente para juzgar mi crimen? ¿Qué podría decirles -respondió dulcemente Raskolnikof-. Su autoridad es pura ilusión. Matan a miles de hombres y lo consideran un mérito. Son unos estafadores, unos cobardes. (...) No comprenderían nada, Sonia, absolutamente nada.

Dostoievski, en Crimen y castigo.

Tuesday, May 31, 2011

Diálogo


Y ahora, en esta tarde de sábado, como en tantas noches y mediodías, con buen tiempo, a veces con una lluvia que se agrega a la que siempre le está regando la cara a ella, se van juntos más allá de Retiro, caminan por el muelle hasta que el barco se va, se mezclan un poco con gentes con abrigos, valijas, flores y pañuelos, y cuando el barco empieza a moverse, después del bocinazo, se ponen duros y miran, miran hasta que no pueden más, cada uno pensando en cosas distintas y escondidas, pero de acuerdo, sin saberlo, en la desesperanza y en la sensación de que cada uno está solo, que siempre resulta asombrosa cuando nos ponemos a pensar.

Onetti, en 1946.



Uno siempre está solo
pero
a veces
está más solo.

Idea, en 1969.

Friday, May 20, 2011

Otras cosas

Besos de comisura, acobachamientos en la piel caliente de tu cuello, abrazos con frío en la cara y una cartera al hombro.

Berenjenas mitad agua mitad vinagre.

Flanes de alto porcentaje de teta.

Cafés con leche leída.

Angustia e insomnio transformados en letras.

Tu aro, brillante, en un delicado orificio nasal. El derecho.

Los anteojos de marco grueso.

Entre otras,
varias,
cosas.

Wednesday, May 18, 2011

Misterio

Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana.

Flannery O'Connor

Tuesday, May 17, 2011

Pasar el tiempo



Yo no dije nada durante los siguientes dos kilómetros. Cuando nos detuvimos para descansar y Tony intentó averiguar qué le pasaba a su brújula, le pregunté qué creía que tenían las orquídeas para atraer a los seres humanos tanto como para llegar a robarlas, a adorarlas, a intentar cultivar nuevos especímenes y a esperar casi una década a que floreciesen.

—Supongo que el misterio, la belleza, lo desconocido —dijo, encogiéndose de hombros—. Aunque también creo que la verdadera razón es que la vida no tiene sentido. Quiero decir que no tiene un sentido obvio. Te despiertas, te vas a trabajar, haces cosas. Creo que todo el mundo busca siempre algo que se salga de lo común para entretenerse y que le ayude a pasar el tiempo.


Susan Orlean, en El ladrón de orquídeas.

Wednesday, May 11, 2011

Frontera


En la frontera entre Libia y Tunez, un hombre sale a pelear contra el desierto.

Al cargar el arma empieza su derrota.



* Foto de una selección del New York Times.


Cualquier dirección

Una hora más tarde Julio recibe su salario: tres billetes de diez mil pesos con los que había pensado arreglárselas por lo menos durante las dos semanas siguientes. En lugar de caminar hacia su departamento detiene un taxi y le pide al chofer que conduzca treinta mil pesos. Le repite, le explica y hasta le da el dinero por adelantado al taxista: que siga cualquier dirección, que vaya en círculos, en diagonales, da lo mismo, me bajo de su taxi cuando se enteren los treinta mil pesos.

Es un viaje largo, sin música, de Providencia hasta Las Rejas, y luego, de regreso, Estación Central, Avenida Matta, Avenida Grecia, Tobalaba, Providencia, Bellavista. Durante el trayecto Julio no contesta ninguna de las preguntas que le hace el taxista. No lo escucha.

Alejandro Zambra, en Bonsai.

Thursday, April 28, 2011

Microrelato

Papá, cuando me entierren, echa migas de pan sobre mi sepultura. Así acudirán los gorriones. Yo los oiré y será un consuelo para mí saber que no estoy solo.


Fedor Dostoievski, en Los hermanos Karamazov.

Tuesday, April 26, 2011

Arbitraria*


No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado Cómo convertirse en escritora, incluido en su libro Autoayuda: “Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven -digamos, a los catorce“. Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios.

Entonces, cuando me preguntan, digo no, ninguno, nada.

Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que si hoy me preguntaran, les diría: corran.

Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe.

Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño).

Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.

Escuchen a Pearl Jam, a Bach, a Calexico. Canten a gritos canciones que no cantarían en público: Shakira, Julieta Venegas, Raphael.

Vayan a las iglesias en las que se casan otros, sumérjanse en avemarías que no les interesan: expóngase a chorros de emoción ajena.

Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan.

Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten.

Sean curiosos: miren donde nadie mira, hurguen donde nadie ve. No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad.

Sepan cómo limpiar su propia mugre, hacer un hoyo en la tierra, trabajar con las manos, construir alguna cosa. Sean simples pero no se pretendan inocentes. Conserven un lugar al que puedan llamar “casa”.

Tengan paciencia porque todo está ahí: sólo necesitan la complicidad del tiempo.

Aprendan a no estar cansados, a no perder la fe, a soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada.

Maten alguna cosa viva: sean responsables de la muerte.

Viajen.

Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca.

Pierdan algo que les importe. Ejercítense en el arte de perder. Sepan quién es Elizabeth Bishop.

Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan.

Tengan una enfermedad. Repónganse. Sobrevivan.

Quédense hasta el final en los velorios. Tomen una foto del muerto. Tengan memoria, conserven los objetos.

Resístanse al deseo de olvidar.

Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan.

Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer, y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían.

No se quejen.

Contemplen la música de las estrellas y de los carteles de neón.

Conozcan esta línea de Marosa di Giorgio, uruguaya: “Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas”.

Vivan en una ciudad enorme.

No se lastimen.

Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.
Tengan algo para decir.


*Texto de Leila Guerriero.

Sunday, April 24, 2011

Hoy

42 horas en la cornisa*

Cristian Gorbea se desbarrancó durante una carrera de aventura y terminó atrapado en una roca de dos metros con un precipicio a sus pies y cóndores revoloteándolo. Cómo funciona la cabeza de un hombre que espera la muerte.


La muerte se esconde ahí nomás. En un lugar oscuro, difuso, pero cercano: vaya uno a saber dónde. El 13 de septiembre de 2010, estuve a un tris de irme. Siempre estamos a un tris de irnos. Hay que conocer la diferencia y aprovecharla.

Cuanto más jóvenes somos, más inmortales nos creemos. Con el paso de los años, con la muerte de familiares y de amigos, uno se va dando cuenta de que esto, la vida, es así mientras dura.

Pero todo estaba oscuro, no había Luna ni ganas de teorizar. Estaba yo, trabado contra un arbusto, mientras pensaba: quedate quieto, esto es peligroso. Esperá que amanezca, que se vea el camino. No te muevas. Dejá que la noche pase, dejá que la evapore el sol.

Con mucho cuidado saqué la mochila, la puse a un costado y busqué la manta de papel aluminio. Me tapé y cerré los ojos. Hacía frío. Miré el reloj. Eran las dos y cuarto de la madrugada. Sólo oía el ruido del viento, de una pequeña caída de agua, de mis dientes chocando entre sí. Tomé varios sorbos de la cantimplora y traté de dormir. Al rato, volví a mirar el reloj. Habían pasado dos minutos.

***

Después de correr once horas de una carrera de ochenta kilómetros en el cerrro cordobés El Champaquí, el gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario, Cristian Gorbea, se dio cuenta de que había perdido el camino. Siguió trotando. Empezó a bajar, pastizales, pendiente, pero su objetivo era hacer una buena carrera. Estar en el percentil diez. De trescientos, entre los treinta primeros. Venía treinta y dos. Un carrerón. No quería perder posiciones.

La linterna que llevaba sobre la cabeza alumbraba lo suficiente como para saber que por ahí no podría retomar el sendero. Pero vio, delante de él, más abajo, las luces de otros corredores y pensó en agarrar un atajo. Entró en un bosque de tabaquillos. Mientras tomaba agua de un arroyo, se dio cuenta de que se había perdido. El tiempo corría. Los competidores que iban detrás de él, también. No iba a estar entre los treinta primeros. Siguió bajando, trotaba despacio. No veía nada. Pensó: Dios, cambio el podio por salir vivo de este lugar. Y el piso, bajo sus pies, pareció desaparecer.

***

Cuando amaneció, descubrí dónde había caído: una cornisa de roca, entre matorrales, de medio metro de ancho por dos de largo. Tuve dos sentimientos contradictorios. Me asomé al vacío. Ciento cincuenta metros de precipicio. Pánico. Si me caía centímetros a la derecha, milímetros a la izquierda, ahora, estaría muerto. Alegría eufórica. Por haberme enganchado en este tabaquillo. Por estar vivo.

Me duró un rato. ¿Cuánto? En una cornisa, en el medio de las sierras, con los pájaros como única compañía, el tiempo tiene otra intensidad. Se hace profundo. Fue un rato largo aunque, quizás, hayan sido pocos minutos.

De a poco recobré la lucidez y empecé a luchar contra mí mismo. Repetía: no tendría que haber caído acá. Debería haber doblado a la derecha, ido más despacio, esperar. Estaría duchándome en el hotel.

Pensé: el presente es inevitable, aceptalo. Traté de reconciliarme con el lugar. Trabajé a favor de la situación, no en contra, generando calor, no perdiéndolo en agredirme.

Dos mil trescientos metros de altura, quince grados de temperatura, apoyado en la roca, sentado en un hueco perfecto, hecho como para que yo pusiera la cola. Frente a un tabaquillo que detuvo la caída. Hacía arriba: una pared de unos tres metros, prácticamente lisa. Traté de trepar; demasiado empinada. Había musgo, algunos pliegues de cinco o diez centímetros. Imposible subir por ahí.

Volví a intentarlo.

Pensé: me equivoqué una vez y estoy vivo. No puedo empeorar una situación que ya es mala. No voy a tener otra oportunidad. Tengo que tranquilizarme y esperar. Son las seis de la mañana. A las doce termina la carrera. Hasta esa hora soy un corredor más; no el imbécil de la cornisa. A las cuatro van a dar los premios. A las cinco van a saber que no estoy, van a decidir ir a buscarme, va a ser tarde, va a haber anochecido. Van a venir, con suerte, mañana a la mañana. La noche de hoy, de nuevo, voy a estar solo. Esto es un juego de paciencia, un juego mental con un único participante.

Soy yo.

Y no quiero jugar.

***

Muchas veces, Cristian Gorbea sobrestima su capacidad deportiva. Piensa que termina una carrera en diez horas y tarda dieciséis. Su esposa Claudia Rama lo sabía.

También sabía que ahí, en el medio de la sierras, no había señal de celular. Así que cuando el domingo al mediodía su papá, Francisco, la llamó preocupado ella lo tranquilizó. Seguro no había pasado nada.

Tres horas después, Francisco repitió el llamado. Esta vez, Claudia decidió comunicarse con la hostería donde se había alojado Cristian. Un hombre que había corrido la carrera le dijo que, en ese cerro, demorarse era algo común. Ella le creyó. Su hija, no.

Desde el primer momento, Belén (18) pensó que su papá, Cristian Gorbea, estaba muerto. Santiago (14), el más chico de la familia, le pidió a su hermana que no se preocupara. Le dijo que debía estar bien. Ellos siempre miraban documentales de rescate y su papá tenía la cabeza fría, sabría qué hacer. Después de decir eso, se encerró en su cuarto a chatear con sus amigos. No salió hasta la noche.

Alrededor de las 17, la policía de San Javier los llamó por primera vez. Le pidieron a Claudia que denunciara que Cristian estaba perdido. Sin ese trámite, no podían empezar a buscarlo.

La segunda llamada distó de la primera en una hora. Y hubo más. En todas, después de atender y escuchar una voz con tonada cordobesa, que no era la de su marido, Claudia pensó que iban a anunciarle el título de una tragedia. Pero no. Nadie sabía nada.

Alberto Beúnza, amigo de Cristian, le propuso que viajaran a Córdoba, en auto, esa misma noche. Ella dijo: Mejor en avión, mañana, a primera hora.

A la una y media de la mañana, consiguió hablar con una persona de San Javier que alquilaba un avión privado. Le pidió que fuera a buscar a su esposo en ese momento. -Está oscuro, señora —le dijo el hombre—. Encontrarlo así va a ser imposible.

Esa noche, imaginando lo que iba a pasar el día siguiente, Claudia no pudo dormir. Con los ojos cerrados, rezó durante horas. Pensó en Ricardo Gorbea, el padre de Cristian, fallecido cinco años atrás. Le pidió que lo cuidara. Se tranquilizó al oír la voz de su suegro repitiendo, como en un susurro: está bien, Cristian está bien.

Los ojos cerrados, ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño, cuando se acordó del triatlón de 2004. Detenido al costado de la ruta, Cristian fue atropellado por otro ciclista. Tres costillas rotas y una fractura en la pierna.

Desde ese momento, días antes de las carreras, Claudia le cosía en una de las mangas una medallita de San Benito, para que lo cuidara.

Los ojos cerrados cuando se acordó de que vaya uno a saber por qué, justo esta vez, se había olvidado de coserle la medallita.

***

Decidí armar una rutina para no volverme loco. Revisé la comida: cuatro barras de cereales, varios geles, chocolates, alfajores. Bien racionada, podía durarme cinco días. Encontré un pequeño hilo de agua. Sed no iba a tener. Busqué las pilas de repuesto para la linterna. Las que llevaba se habían perdido en la caída.

Cada diez minutos, tocaba el silbato de emergencia y gritaba auxilio. Cada quince, me incorporaba y con la espalda apoyada en la roca, caminaba lento hacia el hilo de agua. Gota tras gota, la cantimplora tardaba veinte minutos en llenarse.

En situaciones como ésta, el estómago se cierra, el hambre desaparece.

A lo lejos, veía un pastizal. Con el viento, los pastos se movían. Vi cuatro caballos. Vi un rancho con una ventana enorme. Vi a un Cristo en la cruz. Vi a cinco personas que parecían buscarme. Y vi, después, cómo el pasto se movía de un lado al otro y todas estas alucinaciones desaparecían de golpe. No me asusté. Me había pasado en otras carreras: el cansancio, la falta de comida y de sueño hacen que uno se imagine cosas.

Un pájaro se posó en un árbol cerca. Me miraba. Sentí su compañía. Traté de establecer un vínculo con él. Quise hablarle pero se fue antes de que pudiera decirle algo.

El tiempo no pasaba. Rezos de pedido de rescate, rezos de tranquilidad para mi familia. Pedí a Dios, a mis padres, que ya no están, a mis ángeles.

A quien sea que pueda ayudarme, le pido que lo haga.

Me angustiaba saber que mi familia me debía creer muerto. ¿Qué estarían haciendo Claudia, Belén, Santiago? ¿Qué podía hacer yo, ahora, más que pensar en positivo? Cuando nos encontráramos se darían cuenta de que sólo había sido un mal momento.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio. Me senté. El sol empezó a bajar. También la temperatura. A las ocho ya estaba oscuro. Prendí la linterna. Tal vez, alguien pudiera verme. Me tapé con la manta de papel de aluminio, me acosté en posición fetal. Cerré los ojos. De a ratos, los abría para ver si veía una luz en la quebrada. Pensé que, como la noche anterior, no iba a poder dormir. No sé si fue por el cansancio o la tensión, pero pude. De a ratos, pero pude.

Sueño con gente que me busca. Que se mueve en la montaña. Oigo, claro, dos personas hablando. Un hombre y una mujer. No entiendo lo que dicen. Están arriba de mi cornisa. Trato de escuchar, hago un esfuerzo y cuando me concentro oigo que las palabras se deshacen, se transforman en el sonido del viento que pasa entre los árboles.

A la madrugada me despertaron los truenos. Hacia el oeste, para el lado de San Luis, veía los relámpagos y las nubes de una tormenta eléctrica. No tenía más que una manta. Hacía frío. Si llovía, la iba a pasar mal en serio.

Sin reconocer que lo único que podía tranquilizarme era un juego mental, me acordé que en la inscripción un corredor de 68 años me había dicho que este cerro tiene un raro mineral que genera un microclima en la zona.

No va a llover. Mineral milagroso. No va a llover.

***

Desde el patio de su casa, a unos 4 kilómetros de San Javier, el bombero José Luis Altamirano, exhausto después de haber corrido la carrera en quince horas, vio allá lejos, en el medio de la cuesta, la luz de una linterna. Eran las cuatro de la mañana del lunes. Llamó a la organización. Alguien se había perdido.

Unas horas después, él y otros cinco bomberos, dos policías y gente de la organización fueron a la zona. Sabían cuál era el paraje, pero no el lugar dónde estaba el hombre. Hay quebradas, bosques, muchos árboles. Para peor, debido al frío de la noche del sábado, en la mitad de la carrera, uno de los puestos de control había cambiado de ubicación. No estaba claro el lugar donde podría estar Gorbea.

Altamirano presentía que el perdido vivía. Por más que gritara no lo iban a oír: el arroyo estaba crecido. Narcisista, el ruido del fluir del agua absorbe otros sonidos.

Altamirano quería encontrarlo. Era su primera competencia. Su tierra y el hombre perdido, su compañero de carrera. Algunos de los que buscaban no tenían radio. Era escuchar un grito y preguntar: ¿Fuiste vos el que gritó? ¿Fuiste vos el del silbido? A esto se le sumaba el ruido de los dos helicópteros y del avión que daban vuelta por la zona. Estaban en una de las cuestas cuando apareció la neblina. Con la lluvia, el frío se hizo más intenso. Decidieron suspender la búsqueda un rato y bajar a la base del cerro.

***

El lunes amaneció nublado. Cielo gris, ánimo azabache. Saqué chocolate para el desayuno. Lo abrí con cuidado. Lo partí en dos, me metí una parte en la boca y lo saboreé sin pensar, jugando con la lengua.

Desde arriba no podrían verme. Quizás escucharan mis gritos o el silbato, pero sólo me podía encontrar alguien que viniera desde abajo, desde el valle.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio. Estiré las piernas. Salté, con miedo, en el lugar.

De a ratos, las nubes bajaban, se acercaban a la montaña. No iban a encontrarme hoy. Tranquilo.

Mis ruegos a Dios, que eran internos, se fueron transformando en gritos desesperados.

¡Sacame!

¡Sacame por favor!

¡Hacé algo!

¡Sacame!

¡Ya aprendí lo que tenía que aprender!

Si hubiera sabido que nadie iba a escucharme, igual habría gritado.

***

La última vez que Lisandro Tagle vio a su amigo Cristian Gorbea fue durante la primera hora de la carrera. Corrieron juntos hasta que en una subida Cristian se alejó. Ahora, esperando en el aeropuerto de Córdoba el avión que traía a Claudia Rama y Alberto Beúnza de Buenos Aires, Lisandro pensaba qué habría pasado si hubiesen estado juntos más tiempo.

Salvo por la llamada del periodista Víctor Hugo Morales que la distrajo un poco con sus preguntas, en las tres horas que duró el viaje en auto hasta San Javier, Claudia sintió que estaba masticando un chicle de angustia.

-¿Hacía frío? -preguntaba ella.

-No -respondía Lisandro y pensaba: “Un frío helado que no te permitía dejar de tiritar”. Se imaginaba a Cristian con la cadera quebrada, en el fondo de un lecho. Muerto, después de un ataque cardíaco. Veinticuatro horas era demasiado tiempo como para que estuviese perdido.

Lisandro y Alberto hablaban y hablaban. Los llamados de la gobernación, de la policía, al celular de Claudia relajaban, un poco, el clima denso en una ruta sinuosa, elevada junto al precipicio, que parecía no terminar nunca.

Cuando llegaron a la posada donde se había hospedado Cristian, Claudia vio en el estacionamiento el Volskwagen Gol verde, cuatro puertas, alquilado por su marido. En ese momento, empezó a sentirse protagonista de una tragedia.

Podría haberse quedado llorando. Nadie la habría culpado. Pero, en cambio, fue a la estación de policía a declarar, coordinó la búsqueda del helicóptero y el avión privado, pensó en la posibilidad de que lo encontraran herido y llamó a la obra social para que le consiguiesen un médico. Así, pudo sentirse útil, ocupada en algo.

Mientras, atendía las llamadas de amigos y familiares. Algunos la reconfortaban. Otros le decían que su marido estaba loco. Una de sus amigas arriesgó: “Seguro está muerto”.

Lisandro y Alberto recorrían el pueblo de San Javier buscando baqueanos. Encontraron tres. Les dieron cien pesos a cada uno, les pidieron que encontraran a su amigo. Después, fueron a la estancia La Constancia, al pie del Champaquí. Quizás, ahí, alguien supiera algo.

Desde Córdoba, estaba llegando un camión con cuatro perros Golden retriever olfateadotes. La policía le dijo a Claudia que había que ir a buscar ropa de Cristian para que los animales pudieran reconocer su olor.

Los mensajes de texto de su hijo: ¿Apareció? Las remeras, prolijas, una arriba de la otra. El cepillo de dientes. Llenar la valija vacía. Levantarle el cuarto a un muerto. Pagarle a la mujer de la posada la noche que su marido, ¿muerto?, había pasado en una cornisa. Descubrir que ese pensamiento, ya aparece, para adentro, ya aparece, repetido, ya aparece, silencioso, ya aparece, no era más que un deseo fútil.

***

Me entreno desde hace veinte años. Corro carreras de aventuras. Hice trekkings que duraron una noche entera. Vi, junto a mi hijo Santiago, decenas de documentales de rescatismo. Eso me ayudó.

Estaba en un lugar que podía aguantar mi peso. Tenía comida y agua. Perderse formaba parte de las reglas del juego. Y para jugar, uno empieza por aceptarlas. Conozco montones de historias de gente que se equivocó de camino, que se rompió una pierna, que no pudo llegar. Tranquilo.

Me acomodé contra las rocas y pensé en mi familia. En el día en que me casé, los nacimientos de mis hijos, los trabajos que tuve, la escalada al Aconcagua, las carreras de expedición. Pensé en la charla en la que Fernando Parrado contaba su supervivencia en Los Andes. Él pudo sobrevivir en condiciones mucho peores. Pensé en mi mamá, en mi papá, ya fallecidos, en los buenos momentos que pasamos juntos. Pensé que había tenido una vida plena. Pensé que si alguien me decía que éste era el final, mi respuesta hubiera sido que no me arrepentía de nada.

Grité auxilio. Hice sonar el silbato. Grité auxilio.

Creí oír un ruido. Temí otra alucinación, pero un helicóptero, negro, pasó real sobre mi cabeza.

Más gritos: desesperados.

Por favor.

Que alguien.

Quién sea.

Me escuche.

***

Al ver la cara de preocupación de los dos hombres, Luis Dorado, dueño de las 1.200 hectáreas de la estancia La Constancia, recordó, en un destello de intuición, los cóndores que esa mañana había visto revolotear sobre la cuesta de las cabras. Pensó: el hombre ya es carroña. Y mandó a dos baqueanos. A ver si encontraban algo.

Gabriel Ledesma subió con su compañero Darío “Peco” Díaz y Felipe, un perro cruza de ovejero. Conocía la zona, pero no mucho. El precipicio lo impresionó. Ciento ochenta metros de caída. Una sensación extraña, un vacío en el estómago. Le pidió a Peco, si no le sacaba una foto con el celular.

Por encima de sus cabezas, pasó el helicóptero. El grito. El eco del grito. Gabriel no supo si era Cristian o un lugareño que buscaba al corredor. Otro grito.

Era Gorbea. No había duda. Pero dónde estaba. El gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario prendió su linterna. Detrás de un árbol, Gabriel vio la figura. Lo había encontrado.

Subió por la cuesta hasta llegar al lugar donde el piso había parecido desaparecer. Trató de ver a Gorbea. No pudo.

— No te veo.

— Estoy acá.

— Quedate ahí. Tranquilo. Ya avisé por handy a los bomberos. Yo me quedo con vos. No me voy hasta que te rescaten. Si me tengo que quedar toda la noche, me quedo toda la noche.

Cuatro metros más abajo, de pie en la cornisa angosta en la que había pasado las últimas cuarenta y dos horas, sin un rasguño, emocionado, Cristian Gorbea lloraba.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, el bombero José Luis Altamirano agarraba el brazo del hombre atado con un arnés de soga naranja. Ahora, lloraban todos.

-Yo entiendo mi llanto, pero no el de ustedes. No me conocen —dijo Gorbea.

-No te imaginás lo que sentimos al encontrarte vivo —respondió alguien.

Cuando Claudia Rama llegó a la estancia La constancia encontró a su marido, la ropa sucia, tomando un plato de sopa. Gorbea no entendía qué hacía su esposa, sus amigos, la gente del banco en ese lugar. Parecía metido en una película. No hablaba de la cornisa, de las cuarenta y dos horas, de las alucinaciones, los ruegos, la tormenta eléctrica. Relataba la caída. Decía: “Iba treinta y dos en la general”. Como si eso fuera lo importante.

***

Estoy viviendo tiempo gratis. Fue un milagro. Lo cuento y no lo entiendo.

Pero todos sabemos que vamos a morir y lo negamos, cada día, al levantarnos de la cama.

Aunque cambié: soy más solidario. Trato de ayudar a otros en lo que puedo.

Antes, los bomberos me parecían unos tipos que trabajaban en un cuartel apagando incendios; ahora, son héroes.

Intento pasar más tiempo con mi familia.

Intento disfrutar los momentos. Pero, ¿no tratamos todos de disfrutar los momentos?

Las rabietas, por problemas de trabajo no desaparecieron. Sin embargo, cuando me broto, vuelvo a la cornisa. Trato de pensarme allá. Con mi barras de cereal, el frío. Sin saber cuándo iban a venir a rescatarme. Comparo situaciones. Y el enojo, de a poco, se apacigua.

Aprendí la lección. Pero competir es mi vida.

Mi trabajo incluye presión. Correr me relaja, me carga de energía. En los últimos veinte años me entrené, en promedio, cuatro veces por semana. Con picos de nueve entrenamientos y con días que no pude, por razones laborales.

Voy a tomar más recaudos. Pero no voy a dejar de competir. No puedo.

En septiembre voy a volver a Champaquí. Voy a volver a correr los ochenta kilómetros. Esta vez, con José Luis Altamirano. Yendo al lado de un bombero, no voy a perderme.

Pensé mucho sobre lo que me pasó en el cerro. Esto es como una pizza grande: podés comerla, pero te lleva tiempo digerirla. ¿La conclusión? Me pido a mi mismo, le pido a Dios, no olvidarme de lo que pasó. Sin embargo, tenemos la inercia de vivir negando la muerte.

Nuestra cabeza funciona así: yo sigo siendo inmortal.


* Publicada en la revista Brando (abril).



Thursday, April 21, 2011

Sentido literal


Se habla del fuego del infierno tomando la expresión en sentido literal. No me atrevo a sondar ese misterio, pero me parece que si hubiera verdaderas llamas, los condenados se regocijarían, pues el tormento físico les haría olvidar, aunque sólo fuera por un instante, la tortura moral, mucho más horrible que la del cuerpo.

Fedor Dostoivski, Los hermanos Karamazov.

Saturday, April 9, 2011

Papeles negros, bordes naranjas



De a poco, empezamos a discutir.

Dejamos de escribirnos.

La joqueta experta se fue transformando en una piedra al sol: tibia e inanimada.

Friday, April 8, 2011

Miel pura


Lady Macbeth:
¡Corred a mí, espíritus generadores de impulsos asesinos! ¡Cambiadme de sexo, y desde los pies a la cabeza llenadme, haced que me desborde de la más implacable crueldad! ¡Esperad mi sangre; cerrad en mi todo acceso, todo paso a la piedad, para que ningún escrúpulo compatible con la naturaleza turbe mi propósito feroz ni se interponga entre el deseo y el golpe! ¡Venid a mis senos maternales y convertid mi leche en miel, vosotros, genios del crimen, de allí de donde presidáis bajo invisibles sustancias la hora de hacer mal! ¡Baja, horrenda noche, y envuélvete como con un palio en la más espesa humareda del infierno! ¡Que mi agudo puñal oculte la herida que va a abrir, y que el Cielo, espiándome a través de la cobertura de las tinieblas, no pueda gritarme: ¡Basta! ¡Basta!

Tuesday, March 29, 2011

Matar a un niño*

Es un día suave y el sol esta oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los 3 pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.


Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos ?

Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

-Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas-. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató.


Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un Niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para "hacer este solo minuto diferente".

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

*Stig Dagerman.

Hoy


Romántica

cabellos de azafrán y ojos de duelo

toda tormenta y gris. Estaba loca.

Camino de la noche la marea

o camino del alma la inmolada

la sin luz la de amor la desolada

camino del candor la estremecida

la que odia y consiente

la que busca y no encuentra

el gusto aquel iluminado

aquella sed del aire

devorada la noche mirada devorada

incomprendida y rota

amante amando sin sonrisas.


Idea Vilariño

Wednesday, February 16, 2011

Tiempo

"¿Vendrá, verdad? ¿A las ocho y media, para el aperitivo? ¿Le conviene a las ocho y media? Muchas gracias. Hasta luego entonces.

Se inclinó —nuevamente, una expresión indecisa bajó y subió por la expresión de la cara— juntando los talones, amistosos los ojos, mientras tendía la mano al médico; y Díaz Grey olvidó el tiempo pasado entre los dos idénticos saludos y los diminutos sucesos íntimos que este tiempo había contenido cuando volvió a estrechar la mano de Lagos, a las ocho y treinta en punto, en la entrada del bar del hotel.

—Si para usted es lo mismo —dijo Lagos, palmeándolo—, y mejor aún si lo prefiere, vamos a ubicarnos en el mostrador".


Juan Carlos Onetti, en La vida breve: una oración cuyo principio y final distan temporalmente en siete u ocho horas.

Saturday, January 22, 2011

Aprender a esperar

A diferencia de los diarios, algunas revistas se dan el lujo de dar más tiempo a sus autores para entregar una historia. Es decir: se dan el lujo de haber sido hechas para leer y sorprender. Sólo en esos casos, un cronista tiene más oportunidades de buscar una cosa y encontrar otra, inesperada: lo más emocionante para un cronista es descubrir cosas que no está buscando. Hay una palabra en inglés para nombrarlo: serendipity. ¿No es acaso una paradoja buscar el azar? Pero esta búsqueda del azar cuesta también tiempo y trabajo. Cuesta preguntarse qué es digno de contarse y qué es digno callar. Y cuesta aprender a esperar a que suceda algo digno de contarse. Para escribir una historia, hay que aprender a sorprenderse. A veces la única condición para escribir una historia de verdad es aprender a esperar.

Julio Villanueva Chang, en Apuntes sobre el oficio del cronista