Sunday, March 28, 2010

El García Márquez que no escribe cartas de amor*


Es de noche en Cartagena y el calor húmedo, pesado, caribeño, se hace visible en las gotas de transpiración. De pie, en la vereda angosta de la calle San Juan de Dios, frente a la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada por su hermano Gabriel, Jaime García Márquez tiene la camisa empapada. Antes de hablar, le da un sorbo a la botella de agua mineral. Luego, para presentarse, aclara dos cosas. “La primera es que me pongo muy nervioso durante los discursos. La otra, muy importante, es que no tengo ninguna formación literaria: soy el García Márquez que no escribe cartas de amor”.

A lo largo de sus vidas, Gabriel Eligio García y Luisa Santiago Márquez tuvieron doce hijos. Con los años, el primero, un chico mofletudo de mirada curiosa, escribiría y se haría famoso. Ganaría el premio Nóbel de literatura y se convertiría en un referente mundial. El sexto, Jaime, estudiaría ingeniería civil y se transformaría, casi sin querer, “en el hincha número uno de Gabriel García Márquez”. “El gabitero mayor: un hincha puro que no sabe de literatura; como el hincha de fútbol al que no le importa que se hagan goles con la mano, ése cuyo único objetivo es que gane el equipo”.

Como buen gabitero y hermano, Jaime conoce detalles y pormenores de la vida de Gabriel. Detalles que relata y repite, con entusiasmo, cada vez que un grupo de periodistas de distintos países llega a Cartagena para participar de los cursos que da la Fundación. “A muchas personas les interesa cómo es que hace su manejo, cómo es su vida cuando está trabajando, qué piensa sobre las mujeres, sobre los hombres, en fin, sobre tantas cosas”.

Jaime dice que su familia está dividida entre los cartageros, que son los inteligentes, y los sucreros, que nacieron en un pueblo lleno de violencia y ríos de barro. “Con el tiempo averigüé que el mito cuenta que el agua de Aracataca (donde nació Gabriel) tiene la propiedad de hacerlo a uno inteligente. Así que fui, a los 40 años, y comencé a bañarme, día tras día, en el río, para ver si se me pegaba algo. Pero no. Con pesar, descubrí que eso sólo sirve cuando uno es chico. De grande, ya no funciona”, dice entre risas.

La ciudad histórica de Cartagena está delimitada por una muralla del siglo XVIII, hecha con pesados bloques de piedra, prolijos uno sobre otro. Al entrar, aparecen los balcones coloniales reconstruidos a nuevo, las callecitas meandrosas, los carruajes tirados por caballos, el ruido de las herraduras sobre los caminos empedrados. Jaime García Márquez, lo sabe, se ha convertido en una especie de atracción turística del centro. Recorre las calles y, como guía experto, señala una esquina, una plaza, un cartel, mientras los que lo rodean anotan, graban o escuchan embobados. “Allí en esa casa, donde está el farol, en la número 138, se inició el periódico El Universal en agosto o junio de 1940. Gabito llega a Cartagena ocho años después, a raíz del asesinato del líder José Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Le toca venirse de Bogotá durante la revuelta, para poder continuar sus estudios. En ese momento, él estaba haciendo su segundo año de Derecho. Sin embargo, un amigo antropólogo, Manuel Zapata Oliveira, le pregunta porqué no se viene aquí de una vez para trabajar en un periódico recién fundado y con eso hacer unos pesos para su subsistencia. La verdad es que, en ese momento, Gabito no tenía la menor idea de ser periodista. Él llega al periodismo por la iniciativa de su amigo y porque era la única alternativa económica que le quedaba. El 21 de mayo hace su primera nota y comienza diciendo que qué cosa tan rara tiene la música de acordeón que cuando uno la oye, se le arruga el corazón –Jaime acentúa las erres, musicaliza la frase con su acento colombiano--. ¿Y por qué es tan importante esa nota y esa referencia al vallenato? Porque en ese momento, el vallenato era una música de campesinos, de vaqueros, de gente pobre, muy poco conocida. Y Gabito se la apuntó y hoy está considerado como uno de los grandes promotores de la música de acordeón”.

Del mismo modo que lo hace su hermano en las novelas, al hablar, Jaime introduce digresiones que, uno supone, no conducen a ningún lado. Sin embargo, después de varios comentarios, cuando uno ya está dentro de otra historia, una nueva que aparenta ser independiente, él enlaza ésta con la anterior y lo deja a uno maravillado; por la memoria, y la capacidad narrativa. En honor a la verdad hay que aclarar que, de vez en cuando, las largas y armónicas parrafadas terminan sueltas, sin tener que ver con nada. Pero son las menos y, en boca de un García márquez, siguen sonando atractivas.

Your browser may not support display of this image. Así, Jaime interrumpe lo que está diciendo y abre uno de esos grandes paréntesis al comentar que su hermano nació en 1927. “Aunque muchos digan que nació en 1928. ¿Y saben de dónde viene la confusión? Fue algo totalmente accidental y tiene que ver con un texto que él escribió en 1955: ‘Relato de un náufrago’, que sucedió cerca de Cartagena”. Al principio se hablaba de que un temporal había hundido, en el mar Caribe, un barco de la marina de guerra colombiana. Luego, Alejandro Velazco (el único sobreviviente del naufragio) le contó a Gabriel García Márquez la verdad. Cerca de la costa, el buque había dado un bandazo por el viento: la carga mal estibada en cubierta se había soltado, ocho marineros cayeron al mar. La revelación implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor; segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los náufragos, y, tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. “Gabito convirtió esto en un reportaje por entregas que vendió al periódico El Espectador y allí se dio un problema. Ya en las últimas crónicas, Velasco le dijo a Gabito que no podía seguir contando la historia porque las autoridades se lo habían prohibido. Y que lo iba a desmentir. Gabito le replicó que no iba a poder desmentirlo porque él había tomado el trabajo de pedirle que firmara los documentos. En ese momento, mientras estaban viendo cómo seguir, se presentó también un problema político: asumió la dictadura de (Gustavo Rojas) Pinilla, que intentaba censurar el reportaje. Se cree, eso sí, que iban a hacer que Gabito prestara el servicio militar, y él sabía que ahí, seguramente, lo iban a matar. Entonces, desde el diario, le inventaron un viaje a Ginebra, por una cobertura. Y parece que al hacerle el pasaporte le chingaron la fecha y se quedó con un año menos”. Jaime cree que fue accidental. “No tiene sentido que le hayan querido cambiar a propósito”, dice y deja de hablar al oír el bocinazo que le recuerda que no es el García Márquez famoso. Debe correrse antes de que un auto gris le pase por encima.

Luego del incidente, el recorrido sigue. En base a la inventiva que despliega en su discurso mientras camina, alguien sugiere que, en realidad, los cuentos son de Jaime. Gabriel sólo los escribe. Jaime agradece que piensen eso, pero dice que el punto es que todas, todas las regalías las recibe Gabriel. Risas. “Pero vamos a aclarar una cosa. La familia García Márquez es muy independiente. Ninguno ha vivido de los cojones, y con esto quiero decir las pelotas, de Gabriel. Casi todos hacemos cosas diferentes. Yo era ingeniero civil hasta que él, hace quince años, me metió como vicepresidente de la Fundación”. Digresión. Jaime y Gabriel en Nueva York, van a tener una cena con un amigo de Gabriel al que no ven hace muchos años. A último momento, el invitado se excusa. No puede asistir. Ha recibido un llamado importante. Debe irse para concurrir a Bogotá por una reunión de Junta Directiva. “En ese momento, yo le dije a Gabito: ‘mira que tontería. Ser rico y, de todas maneras, perderse una cena por una junta directiva. Por el único motivo que no me gustaría ser rico es para no pertenecer a una junta directiva’”. Jaime dice que jamás en la vida hubiera pensado que su hermano lo elegiría para el cargo en la Fundación, dice que había otras personas, que todavía es la hora en que no tiene idea del motivo. “Lo cierto fue que me mandó una carta a Santa Marta donde me decía: ‘Joven Jaime, firma este documento y de esta manera serás miembro de una Junta Directiva, aunque te advierto que, de todas formas, seguirás siendo pobre”.

Lejos, muy lejos de la pobreza, Gabriel tiene una casa imponente, dos pisos sobre la calle Playa de Boquetillo, con vista a la muralla y al mar. Sin embargo, el Nóbel de literatura sólo visita la ciudad una vez al año. “Las cosas cambiaron. Antes, los admiradores le decían, respetuosos, ‘Gabo’; le daban la mano, lo saludaban. Ahora no, ahora las mujeres se le tiran encima, como si fuera Shakira”. Risas. Después de cada chiste, el García Márquez cartagenero se queda en silencio, expectante del efecto que, sabe, producen sus palabras.

Jaime define a su hermano como un tipo generoso. “La gente piensa que la familia vive de Gabito. Pero esa misma gente piensa que es mal hermano, porque es una familia pobre y ‘¿cómo es posible que, siendo él rico, los hermanos no lo sean?’. Eso es una cosa privada. Seguro, ustedes pensarán que yo voy a decir siempre cosas buenas de él y la verdad, lo digo sinceramente, no tengo ningún motivo para decir nada malo. Solamente ser su hermano, que para mí es un privilegio, me hace sentir riquísimo. Con una pequeña diferencia: en mi bolsillo, lo único que tengo son las llaves”.

*Publicada en la revista Rumbos.

Punto culminante



"Leo algunos relatos míos. Su precisión me fastidia; es como si siempre apuntara a dianas pequeñas. Doy en ellas, claro, pero ¿por qué no sacas la escopeta del 12 y buscas presas más grandes? También me irrita la falta de auténtico punto culminante".

Diarios, John Cheever

Wednesday, March 24, 2010

Wednesday, March 17, 2010

Sentirse mejor

Vomito: varias veces. Veo el vómito líquido sobre el tapizado y al taxista que se da vuelta para ver qué pasa. La puta madre que te parió. Quiero explicarle, pero siento otra oleada caliente que viene de adentro y fluye en una sensación agradable. Pero la concha de tu madre, sos una fuente de vómito, hijo de puta.

Llueve fuerte y el tipo frena el taxi y escucho las bocinas de los autos que vienen atrás aunque siento ese pinchazo en la panza y otra vez el tapizado húmedo. Bajate, acá. Bajate acá antes de que te cague a trompadas.

Pienso en si este tipo nunca vomitó en su vida. Abro la puerta y me bajo. Dice algo que no escucho. No le pagué. Llueve fuerte. Cierra la puerta y arranca.

Me siento mejor.

Wednesday, March 10, 2010

Singularidades

“… como si el tiempo se fracturara y corriera en varias direcciones a la vez, un tiempo puro, ni verbal ni compuesto de gestos o acciones, y entonces me vi a mí misma y vi al soldado que se miraba arrobado en el espejo, nuestras dos figuras empotradas en un rombo negro o sumergidas en un lago, y tuve un escalofrío, helas, porque supe que momentáneamente las leyes de la matemática me protegían, porque supe que las tiránicas leyes del cosmos, que se oponen a las leyes de la poesía, me protegerían y el soldado se miraría arrobado en el espejo y yo lo oiría y lo imaginaría, arrobada también, en la singularidad de mi wáter, y que ambas singularidades constituían a partir de ese segundo las dos caras de una moneda atroz como la muerto”.

Dice Roberto Bolaño que dice Auxilio Lacouture en Amuleto.

Monday, March 1, 2010

La verdad

Concluidas sus sesiones con el doctor Silverberg, Cheever (que aseguraba tener más fe en los valores terapéuticos de la astrología que en los de la psicología) informó a los que le preguntaban por los resultados de las sesiones: "lo pasé muy bien. No le conté la verdad ni una vez".

Nota al pie de Rodrigo Fresán en Diarios de John Cheever