Wednesday, December 29, 2010
Avión
Friday, December 24, 2010
Hoy
Monday, December 13, 2010
Porque ahora todo está mediatizado
Sin embargo.
Saturday, November 27, 2010
Hoy

Sunday, November 21, 2010
Hoy
Saturday, November 20, 2010
Hoy

Abro los ojos y la oigo.
Thursday, November 18, 2010
Titiritero

Monday, November 15, 2010
Fríos

Desde el teleférico, la ciudad parece de juguete. Las nubes, o algo menos denso que las nubes; una especie de niebla que se mezcla con el cielo cubre la cima de las montañas. De a ratos, se ven los picos llenos de nieve brillante.
Abajo, un coche blanco recorre la ruta junto al lago. El sol pega en los techos de las casas que cubren el pueblo. Son como chapitas. Algunas, encandilan. El agua del Nahuel Huapí es azul intenso. Cerca de la costa, personas diminutas se delizan sobre el agua arrastradas por cometas de colores. Hay mucho viento: cerca de 25 nudos (
La chica de la cometa negra y rosa acaba de caer al agua. Tiene un traje de neopreno de cinco milímetros de espesor. Está descalza. Sin embargo, el problema es el frío en las manos. Las lleva descubiertas porque necesita agarrarse bien de la barra y porque los guantes le hacen perder sensibilidad. Siente un dolor que viene desde adentro: pareciera nacer en los huesos y fluir a través de la sangre. Bruna no sabe qué hacer para detenerlo y por eso, ahora, en la carpa de la organización, llena un vaso con agua caliente de un dispenser y mete los dedos amuchados. Un dolor horrible que no pasa. Las manos le tiemblan como si fueran de otra persona. Los labios, morados. La boca rígida le dificulta el habla.
Pero no hay tiempo para sufrir el frío. Ahora, de nuevo, al lago a competir. Sale de la carpa, prepara la cometa. Tensa los cables, se sube a la tabla y se mete en el agua. Hace una pirueta: pasa la barra por detrás de la espalda y vuela con la barra agarrada a una sola mano, la clásica pose de Superman. Luego desciende, se apoya en el agua, armoniosa como una hoja otoñal.
Intenta otro truco, pero quizá por el viento o por el cansancio, cae al agua helada. La respiración se le corta, el aire se va, siente que alguien la golpea con fuerza en la boca del estómago. Trata de sacar la cabeza, pero es tarde. Miles de agujas sobre la piel. Lo que se siente en la nariz y la boca al tomar algo muy frío, sólo que expandido en toda la cara.
El frío le duele. Sin embargo no piensa, el hit sólo dura siete minutos y hay que hacer la mayor cantidad de trucos posibles. Se incorpora, tracciona la cometa. Y entonces salta, se eleva unos metros y ahí sí. Ve todo desde arriba, se olvida de que hay una tabla, una cometa, un deporte. Sólo el frío que sube desde el estómago, un frío diferente a los otros fríos, distinto al de Bariloche, al del viento pesado, al del Agua del Nahuel Huapí; un frío agradable que le inunda los poros de libertad.
Monday, November 8, 2010
Facebook*

Voy a hacer un Facebook.
Quiero que me miren.
Que vean las fotos en Madrid, el gato desnutrido.
Que comenten.
Qué suerte tiene. Pobre pibe. Mirá dónde estuvo.
Quiero una pose gratuita de modelo: la mirada perdida.
Quiero acumular, bajo la foto, decenas de obviedades, estupideces superfluas.
Comentarios simples que me arranquen una sonrisa, me despedacen los labios, me desangren las encías.
Qué lindo bebé. Una fiesta inolvidable. Y yo, aprendiendo a manejar con lluvia.
Quiero que el tío Pocho me pregunte cómo andás de la diarrea.
Quiero que sepan lo que siento.
Quiero expresarme.
¿No entienden?
Quiero expresarme.
*El amigo Omar Claveroni, en Gritos calvos y otros delirios.
Sunday, November 7, 2010
Dos dólares
Y siempre usabas muchas sombra verde alrededor de los ojos. Te acercabas con tu vestido de seda crujiente. Como si hubieras sido hueca. Oías con tus ojos grandes. Y el primer día que pasamos a bordo no quise que gastaras dos dólares para alquilar una reposera. Ahora te dejaría. Ahora te dejaría hacer cualquier cosa Helen, ahora podrías alquilar dos o tres reposeras y yo no te diría una sola palabra. No era por el dinero, era porque tenías muy mal aspecto y pensé que te helarías de frío en la cubierta. Y nadie sabía lo enferma que estabas. Y tiré de la toalla. Te la arranqué de las manos cuando me dijiste que gastarías esos dos dólares. No era por el dinero. Ahora rompería dos dólares aquí mismo, en esta estación de subte. Díos mío, era por el dinero.
Te he perdido.
J. P. Donleavy, en Cuento de hadas en Nueva York.
Monday, November 1, 2010
.
Monday, October 25, 2010
El miedo no es igual
El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia.
Hay miedos y miedos.
Una cosa es el miedo a algo —a una patrulla que te puede cruzar, a una bala perdida—, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo.
Vas con ese miedo, natural, constante, repechando la cuesta, medio ahogado, sin aire, cargado de bidones y de bolsas y se aparece una patrulla, y encima del miedo que traés aparece otro miedo, un miedo fuerte pero chico, como un clavito que te entró en el medio de la lastimadura.
Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ese que siempre llevás y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó.
Despertarse con miedo y pensar que después vas a tener más miedo, es miedo doble: uno carga su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para darse el gusto de sentir un alivio cuando ese miedo chico —a un bombardeo, a una patrulla— pase, porque esos siempre pasan, y el otro miedo, no, nunca pasa, se queda.
Fogwil, en Los pichiciegos
Saturday, October 23, 2010
Hoy
Monday, October 11, 2010
Wednesday, October 6, 2010
Llueve
Wednesday, September 29, 2010
Inmersión onírica

A la noche, te acostás. ¿En qué pensás, después de cerrar los ojos, antes de quedarte dormido?
La verdad es que pienso muy poco… Cuando me voy a quedar dormido, tengo un sueño casi instantáneo. Siempre tengo un pensamiento rapidísimo de qué voy a hacer el día siguiente y trato de pensar en la parte más placentera de ese día para justificar que ese día exista. Y luego hay un momento como de inmersión en el agua, en el que por un segundo me llega un flashazo del sueño de la noche anterior. Como si recuperara la historia del sueño anterior. Me gusta sumergirme en ese sueño. Recuperarlo. Bueno, no siempre. También tengo, a veces, sueños muy desagradables.
Juan Villoro, lo confiesa, tiene sus Sueños intranquilos.
Thursday, September 23, 2010
Los J.*
No anheles su lugar, mantente lejos.
No tienen más que un sueño interrumpido,
son ratas, trepadores, mal nacidos,
el palo les arruga el entrecejo.
Ignóralos de reojo, sé tu mismo,
desprécialos con furia encarnizada.
No saben, ignorancia inusitada,
su breve paso al frente da al abismo…
Los iguala un extraño misticismo,
devotos del poder y de la nada.
Thursday, September 16, 2010
Fantasmas
Se despertó asustado.
Pensó en los papardelles de la cena, en la panceta, la pesada cerveza artesanal.
Monday, August 30, 2010
Intentar ser persona
Ser la hija de Fogwill es (...) intentar ser actor siendo hijo de Vittorio Gassman, intentar hacer cine siendo hijo de Ozu, intentar ser meditativo siendo el hijo de Osho, intentar ser persona siendo el hijo de un animal.
Thursday, August 26, 2010
Otro cumpleaños triste

— No. Hablo solo.
— ¿Usted es Fogwill?
— Sí. Por eso hablo solo.
**
En realidad, había terminado un rato antes.
—Bueno. Yo voy para allá — dijo, señaló hacia un lugar, respiró, la boca abierta, como los peces cuando los sacan del agua, y nombró dos calles que seguramente se cruzarían en algún lado
Claro que me quedaba bien. No tenía la más puta idea de si me estaba acercando o alejando de donde iba, pero compartir un taxi con Fogwill me quedaba bien. Seguro.
Paramos, subió la hija. A las tres cuadras, en aquel cruce de calles, yo me bajé.
Lo saludé con un beso.
La flechita del mouse sobre la palabra "responder" y las letras: “¿No piensa dar un taller de escritura? Quiero ser su alumno”.
Al rato, la respuesta.
"Ni en pedo. preferiría tener un taller de chapa y pintura para arreglar el auto, ya mi prosa no tiene solución: chapa mala y oxidada".
Foto: Diego Sandstede.
Thursday, August 19, 2010
La mujer
Thursday, August 12, 2010
Rescatista

No somos inmunes a la muerte de otro.
Sunday, July 18, 2010
Escribir II
J.P.Sartre, en Las Palabras
Hilo dental
— ¿Pero le explicaron cómo ponérselo — dice la farmacéutica y la cajera sigue mirando a la mujer, como si yo no existiera.
— Me dieron un spray, para que se lo pase por la cabeza.
Y veo en el pelo del nene, algo así como una costra, un bodoque de caspa. Y la cara de la cajera es de asco. Y la cara de la farmacéutica parece de desesperación, tampoco voy a quedarme dos horas esperando para pagar un hilo dental, y el nene se da vuelta y veo lo que tiene en la oreja.
Una especie de pelusa blanca y verde, como la que se forma en los potes de crema después de que vencen, que se extiende desde el oído hacia afuera; hongo vivo, hongo que avanza, ocupa parte de la mejilla; y el hilo dental pasa a ser lo único que me retiene esperando ahí, viendo a la cajera que mira a la mujer, que mira a la farmacéutica que mira al nene con eso en la oreja.
— ¡Se lo tiene que poner ya! — dice la farmacéutica en un consejo que suena a orden.
— Sí. Sí. Acabo de venir del hospital.
Y yo me acerco al sector de los cepillos de dientes. Dejo el hilo y salgo.
Escribir I
Tuesday, July 13, 2010
Tuesday, July 6, 2010
Momentos
— ¿Le molesta si fumo? — lo interrumpe ella.
— Fume tranquila. Hay momentos en los que no hay nada más lindo que prenderse un cigarrillo.
Thursday, July 1, 2010
Ganas
Apoyada contra la pared del bar, tratando de saber, de lejos, si yo era yo.
A medida que me acerqué, la fui descubriendo, marco grueso de anteojos oscuros, arito en la nariz, ropa negra, colgante plateado y sonrisa que sin ver intuí suave y seductora. No me equivoqué.
Yo había llegado tarde, no un ratito, veinte minutos tarde, con una remera negra, arratonada que no se cansa de decirme no era lo más indicado para una primera impresión.
Saludo tímido.
Disculpas por la hora. No pasa nada. No, en serio.
Entramos. Pedimos una cerveza.
Dos equilibristas novatos caminan sobre un cable de acero.
Ella se ofreció a pagar la segunda. Acepté. Ella dice que no debería haber aceptado. Yo digo que ya, en ese momento, sabía que lo menos importante de esa noche era el bolsillo del que saliera la plata para que estuviéramos ahí.
Hablamos. También era periodista. Hablaba menos que yo, lo que no es difícil. Pero mucho menos que yo, al punto que me intrigaba.
Y tuve ganas de darle un beso y no esperé, como dice ella que debería haber hecho, que terminara de hablar, acerqué la cara y se lo di, aunque no sea cierto que los besos se den y se reciban, los besos se comparten.
Abrió los ojos más de lo normal, puso las manos con las palmas hacia delante, como si quisiera detener algo, no a mí: algo. Y, rápido, como disculpándose, tratando de dejar en claro que a pesar de la sorpresa no le había molestado mi beso o, al menos, no tanto, dijo: no me lo esperaba.
Perdón, tuve ganas.
Sonrió, con esa sonrisa que me había imaginado suave y seductora, y compartimos otro beso y otro, y otro, y otro. Y uno de los dos, puedo haber sido yo, compró más cerveza. Y dejamos de hablar.
Nos abrazamos. Así, es más fácil hacer equilibrio.
Monday, June 28, 2010
Un buen tipo
Sunday, June 20, 2010
Si nos colaboras, mi amor
– Pobre niña –dice Mary y mira a la pelirroja que, sentada en la puerta de la iglesia San Pedro Claver, llora como si le hubiese pasado algo terrible.
Por lo que se entiende de las frases entrecortadas por el hipo y los respiros, la pelirroja no se quedó sin trabajo, no recibió la noticia de una enfermedad grave, ni se enteró del fallecimiento de un pariente: según dice a quien quiera oírla, acaba de perder su cámara digital. Y eso, en Cartagena y para cualquier turista, puede ser tragedia mayor. También para Mary que, aquí, en esta húmeda ciudad caribeña, vive de ser retratada.
–Pobre niña –dice. Chupa un oloroso pedazo de mango, que por el color naranja intenso parece formar parte de su vestimenta.
Lleva aros dorados, corpiño rosa, pollera embanderada: amarilla, azul, roja y las uñas de los pies, de un fucsia fuerte. María Elena Salgado, Mary, como suelen decirle, no es mujer de un solo tono.
De lejos, en la calle San Juan de Dios, donde pasa la mayor parte de la tarde, se la ve animada: camina zarandeando su cuerpo, mueve las caderas anchas al tiempo que mantiene sobre su cabeza una enorme palangana con frutas frescas. Pero a medida que uno se acerca, le descubre ojeras, los ojos cansados; una expresión pálida que contrasta con el color de su piel negra.
Tiene los ojos cansados porque no da más. Está despierta desde las seis de la mañana. Son las ocho y media de la noche y no ha parado un minuto, aunque la relaja la idea de que el domingo, lejos de frutas y de flashes, va a poder descansar.
Se quedará en casa. Lavará la ropa del más chico de sus cinco hijos; limpiará los baños, la cocina, y hará la comida como si fuera un día común. Aunque sepa que el domingo, para todos los colombianos --ella incluida--, no va a ser un día cualquiera.
Cuando millones de sus compatriotas se despierten pensando en ir a votar, en qué pasará con la segunda vuelta de las elecciones, si ganará el ex ministro de defensa Juan Manuel Santos o el ex alcalde de Bogotá Antanas Mockus, ella, quizás una de las mujeres más fotografiadas de la región, se quedará en casa, como lo hizo el domingo 30 de mayo. “Lo que el pueblo elija, para mí también quedará elegido. La verdad es que ningún candidato está dentro de mi corazón”.
En las dos elecciones anteriores, Mary votó a Álvaro Uribe. Y si bien muchos de los opositores creen que el actual presidente representa el bastardeo a
Un turista interrumpe. Se acerca tímido y en un castellano forzado pregunta si le puede sacar una foto.
– Si nos colaboras, mi amor. Si nos colaboras. Porque aquí piden pero nadie nos compra nada.
El turista, de casi un metro noventa y ojos bien celestes, acepta y compra una banana. Pero primero la foto, dice. Y Mary sonríe, los dientes blancos, relucientes, y una sonrisa pétrea, que repite para cada uno de los viajantes que buscan un recuerdo de Cartagena.
Detrás, la pelirroja habla con un guardia de seguridad.
Oriundas de san Basilio de Palenque, las llamadas palenqueras forman parte del paisaje de la costa caribe colombiana. Aquí, están para vender fruta, pero sobre todo para completar la postal de esta colorida ciudad que los días feriados, sin ellas, parece languidecer. Funcionan como elemento estético. Son como las frutas coloridas de las revistas gastronómicas, que se repiten en páginas y páginas pero cuyos gustos nadie conoce. Cualquier turista que se precie de tal, se llevará en su cámara una imagen de estas mujeres. La sonrisa de Mary está en miles y miles de álbumes de fotos, computadoras y teléfonos celulares de extranjeros que, rara vez, antes de apretar el disparador, le preguntan el nombre.
Desde los años ochenta, la sociedad colombiana está dividida en estratos que se definen por la calidad y los materiales de las viviendas. La división, según un informe de
Mary pertenece al nivel 1. En términos burocráticos: tiene un 50% de descuento en el pago de los servicios públicos; en lenguaje común, algunos días, lo que gana no le alcanza ni para cubrir los gastos de la fruta.
La piña a ocho mil. La banana a quinientos. El melón a dos mil, enumera, aunque admite que consigue más plata con la propina de las fotos. “Aquí vienen personas de todas partes. Algunos muy tacaños. Los venezolanos, por ejemplo, son los más duros. Los más fáciles son los europeos y los mexicanos”.
Sin embargo, si no fuera por las frutas y su vestido colorido, nadie a Mary le sacaría fotos. Así que ella, todos los días, se levanta a las cinco. Barre el patio, limpia el baño, se da una ducha y sale hacia el mercado Bazurto. Compra poquita fruta; la que sobra no puede guardarla. “A veces se me acaba y esos días, siento pesar: pienso que podría haber vendido más”. Luego vuelve a la casa, prepara la comida que los chicos se llevarán al colegio y sale a vender. A las 17, llega a la esquina de San Juan de Dios y
La más pedida es la piña. Luego la sandía, la papaya y el mango. Sin embargo, ella compra más mango del que va a vender, sólo porque le encanta. “Tengo que hacer fuerza para no comérmelo. Y aunque trato, de vez en cuanto corto un trozo y lo disfruto”.
A Mary no le gusta lo que hace. Si tuviera que elegir un trabajo, preferiría limpiar un colegio, un puesto de salud o el baño de un hospital. A veces, quedarse sentada esperando que alguien venga a comprarle una mandarina la aburre demasiado. Por suerte, dice, la acompaña Josefina. Hace unos cinco años, se conocieron en Palenque. Las dos vendían pescado. Un día, Josefina tuvo la idea. Ya no vendemos más pescado. Vamos a Cartagena. Yo con la cocada, tú con la fruta. Mary aceptó y viajó con su familia. Hoy, cuando una está cansada, la otra la anima. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Algo se podrá hacer! Tratan de convencerse. Como ahora, Mary trata de convencer a su compañera de que no vote por Mockus. Sin embargo, Josefina ya decidió. No va a cambiar de idea. A Mary, vuelve a decirlo, le asusta el cambio.
– ¿Y si fuera un cambio positivo? ¿Si le permitiera salir de la pobreza?
– A menos que me gane un quinto de la lotería, yo no puedo salir de la pobreza.
El calor húmedo, pesado, caribeño, se hace visible en las gotas de transpiración. Mary se acomoda el vestido y se sienta en un banquito de madera, junto a Josefina.
– ¿Y si la obligaran a votar, por quién lo haría?
– Por Santos, porque es persona de Uribe. Aunque él, personalmente, no me simpatiza. Cuando estuvo en el poder renunció. Si no fuera porque es la mano derecha de Uribe, iría preso. Mi marido vota por Santos. Yo lo convencí.
– ¿A quién iba a votar él?
– A Mockus.
– ¿Y por qué usted lo convenció de que cambiara?
– Porque con Santos, la actividad económica va a ser igual que con Uribe. El cambio puede ser peor.
Mientras habla, no pierde de vista a la pelirroja que, ahora frente a la iglesia, gesticula frente a un vendedor de artesanías. Si pudiese, Mary haría que en Cartagena las cámaras fueran imposibles de perder.
– Y sin embargo, usted el domingo no va a salir de su casa.
– No. Si fuera otro el candidato de Uribe, lo votaría. Pero éste no me simpatiza.
– Hay quienes hablan de compra de votos. Si alguien le ofreciera plata para ir por Mockus, ¿qué haría?
– Pues agarraría la plata y, en el cuarto, marcaría por Santos.
Si le pagaran, Mary votaría por quien ella quiere. Sin plata, ese esfuerzo no tiene sentido.
En Colombia, interviene el barranquillero Alfonso Díaz, dueño de un negocio de artesanía y otro de cueros que escucha atento a un costado, los votos se compran aunque es difícil verificar que quien acepta el soborno vote por el candidato que le indicaron. “A veces, le dan un celular a la gente y le dicen que le saque una foto a la boleta marcada. Otras, cuando no hay celular, simplemente creen en la honestidad de la pobreza. Esa honestidad que ellos no tienen”, agrega.
Mary oye sin opinar. Luego, cuando el hombre se retira, sigue como si él no hubiera dicho nada. “Algunos nos dan buena propina por las fotos. Dos mil quinientos pesos, otros sólo mil. Vivimos del turismo, vivimos de esto. Para eso nos compramos esta vestimenta. Para eso les zarandeamos. Pero a algunos, no les importa. En esos casos, una los mira, pero si ellos no quieren colaborar, no ponen nada”.
La pelirroja ya no llora. Se acerca y le cuenta a Josefina que encontró la cámara. Un amigo se la había sacado para hacerle una broma. Parece contenta. En las mejillas se le ven las marcas de las lágrimas secas. La cámara recuperada sigue dentro del estuche. Su dueña no parece dispuesta a sacar fotos, mucho menos a ayudar a las palenqueras con una colaboración. Sólo vino a contarles la noticia y, ahora, se distrae: mira atenta a dos palomas que pelean por un pedazo de pan.
Mary también mira a las palomas. Tampoco dice nada. En silencio, espera que otra persona venga y, esta vez sí, la retrate. Lo único seguro es que el domingo no va a ir a votar. En los centros electorales, nadie va a pedirle que pose para una foto.
Friday, June 18, 2010
Bukowski
Charles Bukowski, en El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco
Tuesday, June 8, 2010
Opinión
Saturday, June 5, 2010
Animal

Siento un ruido. El roce sobre una superficie. Hay algo vivo en la habitación del hotel. Me incorporo y busco las hawaianas blancas debajo de la cama. En la penumbra, la descubro, escondida, detrás de la valija.
Venzo el asco. Corro la valija. Y la veo, adherida a la pared: verde cucaracha colombiana.
Me acerco, ojota en mano, la pienso estampada, un amasijito de carne, una manchita de sangre y piel.
No.
Es más fácil matar a un insecto que a un reptil.
Con la ojota golpeo la pared.
El animal se escapa hacia la recepción.
Saturday, May 15, 2010
Verosímil
"Como puede verse, no tenía la menor experiencia de la vida, ni siquiera había leído novelas; si hubiera sido un poco menos torpe, le habría dicho con cierta sangre fría a aquella joven..."
"En cuanto pudo levantarse, sin caer en la incorrección, se abalanzó más que corrió, hacia las cuadras, ensilló él mismo su caballo, y salió al galope. He de matar mi corazón a fuerza de cansancio físico, se dijo...".
En Rojo y Negro, Stendhal.
Saturday, May 1, 2010
Thursday, April 29, 2010
Caradurez I
Fragmento de una solicitada firmada por José A. Martínez de Hoz, publicada el 28/4/2010 en diversos medios nacionales.
Monday, April 19, 2010
8 horas 17 minutos*

Me llamo Damián Blaum. Tengo 28 años, y descalzo mido un metro setenta y seis, desnudo peso setenta kilos, y por así decirlo ahora estoy desnudo, acostado boca arriba, hablándole a la oscuridad en esta pieza de hotel. Un viejo maestro, Claudio Plit, que fue cuatro veces campeón del mundo, siempre decía que si la noche antes de una carrera uno logra mantener el cuerpo en posición horizontal y los ojos cerrados durante más de cuatro horas, tiene que estar agradecido. Pero miro el reloj, son las cinco menos cuarto de la madrugada, sólo dormí dos horas, y a las siete menos diez tengo que levantarme. En un rato arranca la carrera.
Muchas veces sueño con que llego primero a la meta. Otras tantas, con que me quedo dormido y me pierdo la largada. Ahora trato de no pensar. Intento no volverme loco. No es fácil. La semana pasada nadé desde Santa Fe a Coronda, 57 kilómetros. Nadé sin parar durante siete horas y el cuerpo lo siente.
Ayer llovió. Hoy, el río está muy alto. A pesar de lo contradictorio que puede sonar el calificativo para una carrera de 88 kilómetros, va a ser una carrera rápida. Habrá que esperar y ver qué pasa, arrancar tranquilo, percibir cómo se van dando las cosas, acomodarse y, recién ahí, pensar en atacar. Quizás llueva. Hace unas horas, en la charla técnica el prefecto dijo que si hay tormenta y mucho viento la carrera no se hace. Espero que no se suspenda. Es dura, pero me cae bien. Vuelvo a mirar el reloj. Pienso en el tiempo que me queda para disfrutar este relajo. Trato de dormir. Y duermo.
Largada
Domingo. Nueve cincuenta y cinco. El agua del Paraná está un poco mejor que la semana pasada, pero sigue caliente: veintitrés, veinticuatro grados. Y eso que todavía es temprano y el sol aún no quema. Me siento más cómodo en agua fría.
Estamos todos, los 21 nadadores, en una misma línea. La veo a Esther, mi novia, que también compite. Le sonrió. Espero que hoy le vaya bien. Nos avisan, vamos a largar. Explota la bomba y nadamos.
El plan de carrera es estar tranquilo, ver qué hacen los demás y, después, a medida que me sienta bien, ir incrementando el ritmo. Recorremos 40 metros en contra de la corriente, hasta una boya, y luego giramos con el río a favor. En segundos, la largada, el barco donde hicimos la preparación, la gente que aplaude, desaparecen. El río está rápido en serio. Va a ser una carrera corta.
Las primeras cinco horas hay que pasarlas, como sea, con el menor desgaste posible. Mantenerse relajado, divertirse dentro del primer pelotón. Salvo excepciones, las carreras se definen en los últimos minutos. Lo peor viene al final.
Una hora veinticuatro minutos
No tengo ojos. Cuando estoy en el agua, mis córneas son las de Gustavo Langone, mi guía, que va en un bote, ahora a mi derecha. Igual, veo: sé dónde está el alemán, detrás de mí, el italiano y el esloveno, la costa santafesina, la entrerriana, lo que falta para Brugo, pero es él quien maneja la carrera y quien decide, desde ahí arriba, hacia qué dirección tengo que ir. Además de gritar, y me grita bastante, Gustavo, o Guga como le digo, tiene una especie de pizarrón donde anota cosas que yo leo sin detenerme. Letras que quizás alguien sin experiencia no podría descifrar de un vistazo. Pero el hombre es un bicho de costumbre y yo, al agua, estoy digamos que acostumbrado.
Hice esta carrera unas cinco veces. Y antes, años atrás, por el campeonato nacional, nadé el último tramo otras siete. Conozco el terreno. Estamos en la zona del Víbora. Sigo primero.
Freno a tomar agua.
–¿Voy por acá? –grito y señalo hacia adelante.
Guga me responde, callado, con una sucesión de carteles. Escribe, me muestra, borra con un trapo, y vuelve a escribir.
Confiá en vos.
Y confiá en mí
Estás entrenado para nadar fuerte.
No para hacerle la carrera a los otros.
Sigo. Brazadas y patadas. Tac, tac, tac, tac.
Dos horas treinta y seis minutos
Van dos horas treinta y seis minutos de carrera. Lo sé por mi plan de hidratación. Cada doce minutos, Guga me da para tomar un carbohidrato puro que compramos en Alemania. Cada hora, tomo el carbohidrato mezclado con un gel que tiene cafeína. El gusto y la consistencia cambian y yo me doy cuenta de que pasaron otros 60 minutos. Precisión. A las dos horas doce minutos, cuatro horas doce minutos, seis horas doce minutos como, además, un pedazo de banana. Comer sirve para orientarme temporalmente. A las dos horas treinta y seis, cuatro horas treinta y seis y seis horas treinta y seis, tomo un ibuprofeno. Por reglamento el nadador no puede tocar al bote ni a su guía. Para evitar sospechas, me acerco, abro la boca y Gustavo, como si alimentara una orca, trata de encestarme en la garganta.
Pasamos Brugo, hay que cambiar de orilla. Nado por el medio del río. El alemán y los dos italianos prefieren ir más cerca de la costa. Estoy primero. La jugada viene bien pero en un momento, al cruzarse de margen ellos agarran una corriente y aparecen cien metros delante de mí. Mierda. Tengo que desgastarme para ir a alcanzarlos. Ellos trabajan juntos, yo vengo solo. Es como en el ciclismo, siempre es preferible pertenecer al pelotón. Acelero y llego, pero cansa y ahora tengo que recuperar. El río está sembrado de camalotes.
Cuatro horas doce minutos
Somos cinco en el primer pelotón. Yo, el alemán Studzinski, los italianos Valenti y Volpini y el esloveno Rok, en ese orden. Me siento bien. Voy a probarlos. Meto cambios de ritmo, piques cortos. Dos o tres minutos fuertes, les sacó quince metros, y relajo. Cuando se me acercan: dos o tres minutos fuertes, les sacó diez metros, relajo. Si les jugás a nadar tranquilo, algunos se agrandan, piensan que mandan ellos. Y se equivocan.
Cartel: creo que el cambio les está rompiendo las bolas.
No les va a ser fácil. Ahora, en el primer pelotón, sólo somos cuatro. Rok, el esloveno, quedó atrás. Mientras nado, meo. No necesito frenar.
Siete horas
Pasamos Villa Urquiza. Voy segundo. En la ribera, gente que aplaude. Faltan veintidós kilómetros, dos horas de carrera. Cruzamos el río, desde la costa entrerriana a la santafesina. Los tríceps, las piernas, se me empiezan a acalambrar. El cuerpo grita. Mientras tomo la bebida, dos segundos, trato de patear un poco de pecho, como las ranas, porque los músculos me duelen todos. Los que usé, mucho. En los otros tengo una sensación extraña, no es dolor, no es cansancio. Es una especie de entumecimiento, los dedos acalambrados. Trato de estirarlos, de hacerlos sentir vivos.
El cuerpo pregunta qué carajo pasa; el estómago se desconcierta: ¡Bebida, bebida, bebida, Coca Cola, banana, ibuprofeno! Se preocupa, pasa a ser un estómago angustiado y quejoso: ¡Qué me están dando hijos de puta, me va a agarrar una úlcera enorme!
El alemán está 80 metros delante de mí. No lo puedo seguir. Los hombros. Hay viento y muchas olas. Atrás tengo a los italianos, Valenti y Volpini. Me pregunto si estarán trabajando juntos para alcanzarme. La semana pasada salí cuarto en Santa Fe. No puedo salir cuarto de vuelta. Los hombros. No trabajé tanto para salir cuarto. Tengo que seguir a Studzinski.
Guga me grita que no baje los brazos. “¡El otro está tan cansado como vos, seguí, seguí, seguí, huevo, seguí, seguí!”, me dice. Puteo. Nadamos seis horas y media, esto parecía una pileta y ahora, en el momento más importante, empieza a haber olas. Quién mierda me mandó a hacer esto.
Cartel: No te entregués, los tanos siguen luchando.
Están atrás. Puedo. Los hombros. Le pido a Guga que me dé algo que me levante, que me saque de este pozo en el medio del río: Carbohidratopotasiomagnesio. Si a mí me duele, a ellos, a todos ellos, debe estar doliéndoles el doble, o el triple, o más. Sé cuán entrenado estoy. Lunes, martes, jueves y viernes, a la mañana y a la tarde: cinco horas por día en el agua, una de gimnasio. Puedo. Nado en aguas abiertas desde los seis años. Puedo. Me gusta, es mi trabajo y, como otros llenan planillas sentados detrás de un escritorio, me gano la vida con esto.
Los hombros. Siento que estoy nadando dentro de una armadura. Me duelen los hombros. Sin embargo, lo tengo claro, el dolor pasa. Pasa y después viene la gloria. No voy a sentirme bien, pero dentro del cansancio, voy a acostumbrarme. Si lo supero, voy a estar más fuerte. Y puedo superarlo.
De a poco, el bajón se va. Duele todo, pero me siento bien, y sigo.
Ocho horas doce minutos
El sol me da de frente. Sólo veo sombras y, a lo lejos, los edificios de Paraná. Más cerca, botes. Botes con gente que me grita que siga, que falta poco, que ya lo alcanzo.
En otros lugares del mundo, corro más tranquilo. Acá, en la Argentina, durante las tres semanas previas a la carrera sólo escucho: ¡Vamos que el domingo hay que ganar!, ¡Vamos que el domingo es tuya, campeón! Aliento, que indirectamente te presiona. Ayuda, aunque es más difícil.
A Studzinski no lo veo pero Guga está desesperado mirando adelante y grita: dale, boludo, seguí que lo tenés. Y si Guga está así, lo conozco, falta poco para alcanzarlo. La gente está eufórica. Gritan todos. Y hay un bote, a la izquierda, con unos flacos que tocan bombos. Guga escribe en el cartel: Apretá los dientes y buscá.
Si uno nadara bien, las piernas no se tocarían. Pero después de horas, cansancio, olas, ya no responden como uno quisiera y chocan entre ellas. Igual que los brazos. La cara contra el cuello. Me afeité al ras pero la barba, que no se ve pero existe, raspa continua y lastima.
Freno a tomar la bebida y una mujer, desde una lancha, larga un grito desgarrador, ¡Vaaaaaaamos Damiaaaaaán!, como si su vida dependiese de esto. Tiro el vaso hacia atrás, queda flotando, solo, en el medio del río, meto la cabeza bajo el agua y arranco. Saco fuerzas de donde no tengo y trato de llegar. Lo veo a Studzinski, quieto y con cara de dolor: el hombro no le da más. Adelante, la meta. Al verme, acelera. Nos cuesta. Seguimos juntos hasta el andarivel. Sólo faltan unos metros. No pienso en nada. Tampoco entiendo. Después de ocho horas, quién puede entender. La placa. Escucho a la gente, los gritos, el aguante, y quiero llegar a la placa. Y muevo los brazos, falta poco, las piernas, y Studzinski va quedando unos metros atrás, toco la placa. Me paro, llegué, gané, lo hice, siento un calor que me sube desde el estómago y vomito con fuerza.
Estoy sentado en un banco de la carpa de rehabilitación, con mi abuelo al lado, intentando bajar las pulsaciones. El primer pensamiento que te pasa por la cabeza después de tocar la meta es: no vuelvo nunca más. El río, a veces, es cruel. De Villa Urquiza hasta acá, nos trató mal. Apenas llegué, algunos periodistas me preguntaron cómo estaba. Cuando les dije que mareado, muy dolorido, realmente me siento mal, algunos se sorprendieron. No deberían, aunque sé que, sin haberlo vivido, es imposible entender cómo se siente uno después de nadar durante más de ocho horas. Quizás, se me ocurre, para que entendieran habría servido la frase que le dije a mi abuelo en la llegada, cuando lo abracé, después de tocar la placa y de que entre tres o cuatro tipos me sostuvieran, no podía mantenerme en pie, no podía parar de vomitar, estaba extenuado: “Las mil putas que los parió, me duele todo el cuerpo”, le dije.
Una noche más
Boca arriba en la cama del hotel, las piernas y los brazos flojos, el aire acondicionado a full. Ya está. Ya pasó, pero son las tres de la mañana y todavía tengo los ojos abiertos. El éxito es efímero: la premiación, las repercusiones en los diarios, el reconocimiento, las felicitaciones, los abrazos; que la gente te quiera sacar fotos no es poca cosa en un país tan futbolero. Pero no hay que flotar. En un abrir y cerrar de ojos, te golpeás contra la pared y así como te fue bien, te puede ir como el culo. Me cuesta dormirme. El cuerpo sigue en el río. Todavía está ahí. Los hombros, la piel, los músculos, las piernas, el cuello, los brazos. Duelen.
* 8 horas 17 minutos nado Damián Blaum el domingo 7 de febrero de 2010. Esa marca, la más rápida en la historia para recorrer los 88 kilómetros del maratón acuático internacional Hernandarias Paraná, le permitió ganar la competencia y llevarse a su casa 3.100 dólares de premio y 15 puntos para el ranking mundial.
Publicada en Brando de abril.
Friday, April 9, 2010
A él, también le pasaba
Sunday, March 28, 2010
El García Márquez que no escribe cartas de amor*
Como buen gabitero y hermano, Jaime conoce detalles y pormenores de la vida de Gabriel. Detalles que relata y repite, con entusiasmo, cada vez que un grupo de periodistas de distintos países llega a Cartagena para participar de los cursos que da la Fundación. “A muchas personas les interesa cómo es que hace su manejo, cómo es su vida cuando está trabajando, qué piensa sobre las mujeres, sobre los hombres, en fin, sobre tantas cosas”.
Jaime dice que su familia está dividida entre los cartageros, que son los inteligentes, y los sucreros, que nacieron en un pueblo lleno de violencia y ríos de barro. “Con el tiempo averigüé que el mito cuenta que el agua de Aracataca (donde nació Gabriel) tiene la propiedad de hacerlo a uno inteligente. Así que fui, a los 40 años, y comencé a bañarme, día tras día, en el río, para ver si se me pegaba algo. Pero no. Con pesar, descubrí que eso sólo sirve cuando uno es chico. De grande, ya no funciona”, dice entre risas.
La ciudad histórica de Cartagena está delimitada por una muralla del siglo XVIII, hecha con pesados bloques de piedra, prolijos uno sobre otro. Al entrar, aparecen los balcones coloniales reconstruidos a nuevo, las callecitas meandrosas, los carruajes tirados por caballos, el ruido de las herraduras sobre los caminos empedrados. Jaime García Márquez, lo sabe, se ha convertido en una especie de atracción turística del centro. Recorre las calles y, como guía experto, señala una esquina, una plaza, un cartel, mientras los que lo rodean anotan, graban o escuchan embobados. “Allí en esa casa, donde está el farol, en la número 138, se inició el periódico El Universal en agosto o junio de 1940. Gabito llega a Cartagena ocho años después, a raíz del asesinato del líder José Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Le toca venirse de Bogotá durante la revuelta, para poder continuar sus estudios. En ese momento, él estaba haciendo su segundo año de Derecho. Sin embargo, un amigo antropólogo, Manuel Zapata Oliveira, le pregunta porqué no se viene aquí de una vez para trabajar en un periódico recién fundado y con eso hacer unos pesos para su subsistencia. La verdad es que, en ese momento, Gabito no tenía la menor idea de ser periodista. Él llega al periodismo por la iniciativa de su amigo y porque era la única alternativa económica que le quedaba. El 21 de mayo hace su primera nota y comienza diciendo que qué cosa tan rara tiene la música de acordeón que cuando uno la oye, se le arruga el corazón –Jaime acentúa las erres, musicaliza la frase con su acento colombiano--. ¿Y por qué es tan importante esa nota y esa referencia al vallenato? Porque en ese momento, el vallenato era una música de campesinos, de vaqueros, de gente pobre, muy poco conocida. Y Gabito se la apuntó y hoy está considerado como uno de los grandes promotores de la música de acordeón”.
Del mismo modo que lo hace su hermano en las novelas, al hablar, Jaime introduce digresiones que, uno supone, no conducen a ningún lado. Sin embargo, después de varios comentarios, cuando uno ya está dentro de otra historia, una nueva que aparenta ser independiente, él enlaza ésta con la anterior y lo deja a uno maravillado; por la memoria, y la capacidad narrativa. En honor a la verdad hay que aclarar que, de vez en cuando, las largas y armónicas parrafadas terminan sueltas, sin tener que ver con nada. Pero son las menos y, en boca de un García márquez, siguen sonando atractivas.
Así, Jaime interrumpe lo que está diciendo y abre uno de esos grandes paréntesis al comentar que su hermano nació en 1927. “Aunque muchos digan que nació en 1928. ¿Y saben de dónde viene la confusión? Fue algo totalmente accidental y tiene que ver con un texto que él escribió en 1955: ‘Relato de un náufrago’, que sucedió cerca de Cartagena”. Al principio se hablaba de que un temporal había hundido, en el mar Caribe, un barco de la marina de guerra colombiana. Luego, Alejandro Velazco (el único sobreviviente del naufragio) le contó a Gabriel García Márquez la verdad. Cerca de la costa, el buque había dado un bandazo por el viento: la carga mal estibada en cubierta se había soltado, ocho marineros cayeron al mar. La revelación implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor; segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los náufragos, y, tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. “Gabito convirtió esto en un reportaje por entregas que vendió al periódico El Espectador y allí se dio un problema. Ya en las últimas crónicas, Velasco le dijo a Gabito que no podía seguir contando la historia porque las autoridades se lo habían prohibido. Y que lo iba a desmentir. Gabito le replicó que no iba a poder desmentirlo porque él había tomado el trabajo de pedirle que firmara los documentos. En ese momento, mientras estaban viendo cómo seguir, se presentó también un problema político: asumió la dictadura de (Gustavo Rojas) Pinilla, que intentaba censurar el reportaje. Se cree, eso sí, que iban a hacer que Gabito prestara el servicio militar, y él sabía que ahí, seguramente, lo iban a matar. Entonces, desde el diario, le inventaron un viaje a Ginebra, por una cobertura. Y parece que al hacerle el pasaporte le chingaron la fecha y se quedó con un año menos”. Jaime cree que fue accidental. “No tiene sentido que le hayan querido cambiar a propósito”, dice y deja de hablar al oír el bocinazo que le recuerda que no es el García Márquez famoso. Debe correrse antes de que un auto gris le pase por encima.
Luego del incidente, el recorrido sigue. En base a la inventiva que despliega en su discurso mientras camina, alguien sugiere que, en realidad, los cuentos son de Jaime. Gabriel sólo los escribe. Jaime agradece que piensen eso, pero dice que el punto es que todas, todas las regalías las recibe Gabriel. Risas. “Pero vamos a aclarar una cosa. La familia García Márquez es muy independiente. Ninguno ha vivido de los cojones, y con esto quiero decir las pelotas, de Gabriel. Casi todos hacemos cosas diferentes. Yo era ingeniero civil hasta que él, hace quince años, me metió como vicepresidente de la Fundación”. Digresión. Jaime y Gabriel en Nueva York, van a tener una cena con un amigo de Gabriel al que no ven hace muchos años. A último momento, el invitado se excusa. No puede asistir. Ha recibido un llamado importante. Debe irse para concurrir a Bogotá por una reunión de Junta Directiva. “En ese momento, yo le dije a Gabito: ‘mira que tontería. Ser rico y, de todas maneras, perderse una cena por una junta directiva. Por el único motivo que no me gustaría ser rico es para no pertenecer a una junta directiva’”. Jaime dice que jamás en la vida hubiera pensado que su hermano lo elegiría para el cargo en la Fundación, dice que había otras personas, que todavía es la hora en que no tiene idea del motivo. “Lo cierto fue que me mandó una carta a Santa Marta donde me decía: ‘Joven Jaime, firma este documento y de esta manera serás miembro de una Junta Directiva, aunque te advierto que, de todas formas, seguirás siendo pobre”.
Lejos, muy lejos de la pobreza, Gabriel tiene una casa imponente, dos pisos sobre la calle Playa de Boquetillo, con vista a la muralla y al mar. Sin embargo, el Nóbel de literatura sólo visita la ciudad una vez al año. “Las cosas cambiaron. Antes, los admiradores le decían, respetuosos, ‘Gabo’; le daban la mano, lo saludaban. Ahora no, ahora las mujeres se le tiran encima, como si fuera Shakira”. Risas. Después de cada chiste, el García Márquez cartagenero se queda en silencio, expectante del efecto que, sabe, producen sus palabras.
Jaime define a su hermano como un tipo generoso. “La gente piensa que la familia vive de Gabito. Pero esa misma gente piensa que es mal hermano, porque es una familia pobre y ‘¿cómo es posible que, siendo él rico, los hermanos no lo sean?’. Eso es una cosa privada. Seguro, ustedes pensarán que yo voy a decir siempre cosas buenas de él y la verdad, lo digo sinceramente, no tengo ningún motivo para decir nada malo. Solamente ser su hermano, que para mí es un privilegio, me hace sentir riquísimo. Con una pequeña diferencia: en mi bolsillo, lo único que tengo son las llaves”.
*Publicada en la revista Rumbos.
Punto culminante
"Leo algunos relatos míos. Su precisión me fastidia; es como si siempre apuntara a dianas pequeñas. Doy en ellas, claro, pero ¿por qué no sacas la escopeta del 12 y buscas presas más grandes? También me irrita la falta de auténtico punto culminante".
Wednesday, March 24, 2010
Wednesday, March 17, 2010
Sentirse mejor
Llueve fuerte y el tipo frena el taxi y escucho las bocinas de los autos que vienen atrás aunque siento ese pinchazo en la panza y otra vez el tapizado húmedo. Bajate, acá. Bajate acá antes de que te cague a trompadas.
Pienso en si este tipo nunca vomitó en su vida. Abro la puerta y me bajo. Dice algo que no escucho. No le pagué. Llueve fuerte. Cierra la puerta y arranca.
Me siento mejor.
Wednesday, March 10, 2010
Singularidades
Dice Roberto Bolaño que dice Auxilio Lacouture en Amuleto.
Monday, March 1, 2010
La verdad
Nota al pie de Rodrigo Fresán en Diarios de John Cheever
Monday, February 22, 2010
A las horas más intempestivas

A veces era Liz Norton la que llamaba a Espinoza y le preguntaba por Morini, con quien había hablado el día anterior y a quien había notado un poco depresivo. Ese mismo día Espinoza telefoneaba a Pelletier y le informaba que según Norton la salud de Morini había empeorado, a lo que Pelletier respondía llamando de inmediato a Morini, preguntándole sin ambages por el estado de su salud, riéndose con él (pues Morini procuraba nunca hablar en serio sobre este tema), intercambiando algún detalle sin importancia sobre el trabajo, para después telefonear a la inglesa, a las doce de la noche, por ejemplo, tras dilatar el placer de la llamada con una cena frugal y exquisita y asegurarle que Morini, dentro de lo que cabía esperar, estaba bien, normal, estabilizado, y que aquello que Norton había tomado por depresión no era más que el estado natural del italiano, sensible a los cambios climáticos (tal vez en Turín hacía un mal día, tal vez Morini aquella noche había soñado vaya a uno a saber qué clase de sueño horrible), cerrando de tal manera un ciclo que al día siguiente o al cabo de dos días tornaba a recomenzar con una llamada de Morini a Espinoza, sin pretexto alguno, una llamada para saludarlo, simplemente, una llamada para hablar un rato, y que se consumía, indefectiblemente, en cosas sin importancia, observaciones sobre el clima (como si Morini y el mismo Espinoza estuvieran haciendo suyas algunas de las costumbres dialogales británicas), recomendaciones de películas, comentarios desapasionados sobre libros recientes, en fin, una conversación telefónica más bien soporífera o cuando menos desganada pero que Espinoza escuchaba con un raro entusiasmo o con cariño, en cualquier caso con civilizado interés, y que Morini desgranaba como si en ello se le fuera la vida, y a la que seguía, al cabo de dos días o de unas horas, una llamada más o menos en los mismos términos que Espinoza le hacía a Norton, y que ésta le hacía a Pelletier, y que éste devolvía a Morini, para volver a recomenzar, días después, trasmutada en un código hiperespecializado, significado y significante de Archimboldi, texto, subtexto y paratexto, reconquista de la territorialidad verbal y corporal en las páginas finales de Bistzius, que para el caso era lo mismo que hablar de cine o de los problemas del departamento de alemán o de las nubes que pasaban incesantes, de la mañana a la noche, por sus respectivas ciudades.