Sunday, February 10, 2013

Religiosamente saeriano

Yo siempre digo que las razones por las que creemos en una ficción son idénticas a las que creemos en un Dios. 

Creemos en un Dios porque su existencia le da un sentido el mundo, le da una estructura, y la ficción hace lo mismo, estructura el mundo, un mundo que está hecho a base de experiencias inconexas, fragmentarias, dispersas, la ficción las reúne en un modelo que no significa sino que irradia un sentido múltiple, como que tornasola, como que el sentido está ahí, lo intuimos y de pronto se apaga, de pronto reaparece, de pronto deslumbra, hay una luz fluctuante, la lucidez y la luz vienen de la misma raíz, la lucidez mental y la luz que nos alumbra, eso es la ficción, exactamente lo mismo que pasa cuando creemos en Dios, le da un sentido al mundo, una finalidad... 

Yo prefiero creer en las ficciones más que en Dios.



Dijo Juan José Saer, en una entrevista de Andrea Stefanoni y Damián Lapunzina. 

Monday, December 31, 2012

Historias para soñar


"¿Qué hacían los salvajes alrededor del fuego? ¿Preparaban lo que iban a hacer el día siguiente? ¿Planificaban el trabajo, la caza, la pesca? No, Turco, vos sabés que no. Se contaban historias. Historias de espíritus y aparecidos, de magia, del mundo de los muertos. Esos ritos no los preparaban para enfrentar el día siguiente, los preparaban para dormir, para soportar ser nada como todavía lo somos, y poder soñar".


Salvador Benesdra, en El traductor.

Sunday, December 30, 2012

Wednesday, December 12, 2012

Mirándonos


Una tarde de marzo nos encontramos en un cine de la calle 24: nos pareció gracioso que ambos estuviéramos solos viendo películas en blanco y negro (había un ciclo de Buñuel, esa tarde daban Simón del desierto, me dormí a los quince minutos). Intercambiamos teléfonos para tomarnos un café al día siguiente, y al día siguiente dejamos el café a medio tomar cuando nos dimos cuenta, en plena conversación banal, de que no nos interesaba contarnos las vidas, sino irnos a algún lugar donde pudiéramos acostarnos y pasar el resto de la tarde mirándonos los cuerpos que llevábamos imaginando, cada uno por su cuenta, desde que nos habíamos cruzado por primera vez en el espacio frígido de las aulas.

Juan Gabriel Vázquez, en El ruido de las cosas al caer.

Hoy





Tuesday, December 11, 2012

Algo silencioso y lejano


Y entonces hubo unos segundos de silencio, excepto la canción moribunda de los pájaros, las voces de la calle, los sonidos débiles, los gritos y las llamadas que se perdían y algo silencioso del atardecer, algo lejano, inmenso y susurrante, que había en el aire.

Thomas Wolfe, en No hay puerta.

Wednesday, October 31, 2012

El cuadro


Solíamos verle de vez en cuando en el Hotel Carlyle. Sería exagerado llamarle amigo, pero F. era un viejo conocido, y mi mujer y yo siempre esperábamos ilusionados su llegada cuando llamaba para anunciar que venía a la ciudad. Contrariamente a todas las demás personas que hemos conocido, no tenía que trabajar para vivir. Su familia pertenecía a la clase alta francesa, y como demás se había casado con una mujer que tenía aún más dinero que él, F. era libre de hacer lo que se le antojara. Lo que nos parecía admirable de él —aparte de su inteligencia y amabilidad— era la pasión con que se entregaba a sus aficiones. Tal vez no tenía necesidad de trabajar para vivir, pero trabajaba muchísimo. Era un prolífico poeta, autor de muchos libros de los que podía enorgullecerse, y también una de las principales autoridades del mundo en Henri Matisse. Tanta era su reputación, de hecho, que un importante museo francés le había pedido que organizara una extensa exposición de la obra del pintor. F. no era comisario profesional, pero se había entregado a la tarea con gran energía y competencia. Su idea era reunir todos los cuadros de Matisse de un período concreto, de cinco años de duración, perteneciente a la parte central de su carrera. Se trataba de decenas de lienzos, y como estaban desperdigados por todo el mundo en colecciones privadas y museos, F tardó varios años en preparar la exposición. Al final sólo hubo una obra que no pudo encontrar, pero era crucial, la obra clave de toda la exposición. F. había sido incapaz de descubrir quién era el propietario, no tenía ni idea de dónde estaba el cuadro, y sin él se malograrían años de viajes y meticuloso trabajo. En los seis meses siguientes se dedicó en exclusiva a buscar ese lienzo, y cuando lo encontró, resultó que durante todo ese tiempo había estado a pocos metros de él. La propietaria era una mujer que vivía en un apartamento del Hotel Carlyle. El Carlyle era el hotel favorito de F, y en él se alojaba siempre que venía a Nueva York. Y no sólo eso, sino que el apartamento de la mujer estaba situado justo encima de la habitación que F. siempre reservaba para él: a sólo un piso de distancia. Lo que significaba que cada vez que F. iba a dormir al Hotel Carlyle, preguntándose dónde podía hallarse la misteriosa pintura, ésta colgaba de una pared justo encima de su cabeza. Como una imagen soñada.


Paul Auster en Experimentos con la verdad