Wednesday, October 31, 2012
Saturday, October 27, 2012
Tan poco
Los versos significan tan poco, cuando se ha escrito joven.
Se debería esperar y saquear toda una vida, a ser posible una larga vida; y después, por fin, más tarde, quizá se sabrían escribir las diez líneas que serían buenas. Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), son experiencias.
Para escribir un solo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecitas al abrirse por la mañana. Es necesario poder pensar en camiones de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo se veían llegar; en días de infancia cuyo se mortificaba cuando traían una alegría que no se comprendía (era una alegría para otro); en enfermedades de infancia que comienzan tan singularmente, con tan profundas y graves transformaciones; en días pasados en las habitaciones tranquilas y recogidas, en mañanas al borde del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellas –y no es suficiente incluso saber pensar en todo esto. Es necesario tener recuerdos de muchas noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra, de gritos de parturientas, y de leves, blancas, durmientes paridas, que se cierran. ES necesario aún haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana abierta y los ruidos que vienen a golpes. Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan. Pues, los recuerdos mismos, no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso.
Rainer María Rilke, en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge
Wednesday, September 26, 2012
Una especie de necesidad
Cuando más profundizo en mi propia obra, menos atractivos se vuelven los problemas teóricos. Cuando recordamos las obras que nos han conmovido, descubrimos que siempre han sido escritas por una especie de necesidad. Hay algo que nos atrae, una invitación humana que nos despierta el deseo de escuchar la obra. Quizás tenga poco que ver con la literatura.
George Bataille escribió sobre esto en su prólogo a El azul del cielo. El dice que todo libro real nace de un momento de pasión y luego pregunta: "¿Cómo podemos leer libros que no nos sentimos ansiosos de leer?". Creo que tiene toda la razón: siempre hay algo impreciso que nos hace atender la obra de un autor, algo que no podemos definir, pero que resulta fundamental.
Paul Auster en una entrevista que le hizo el crítico Joseph Mallia.
George Bataille escribió sobre esto en su prólogo a El azul del cielo. El dice que todo libro real nace de un momento de pasión y luego pregunta: "¿Cómo podemos leer libros que no nos sentimos ansiosos de leer?". Creo que tiene toda la razón: siempre hay algo impreciso que nos hace atender la obra de un autor, algo que no podemos definir, pero que resulta fundamental.
Paul Auster en una entrevista que le hizo el crítico Joseph Mallia.
Saturday, September 15, 2012
Agua fría
Salavín cayó en una profunda meditación. Edouard fue comiéndose todas las almejas y vació su doble de cerveza. Salavín seguía soñando; con la barbilla apoyada en el pecho. En cierto momento su cara tomó una expresión tan penosa que Edouard le puso una mano sobre el hombro.
— ¿En qué estás pensando?
— En nada, en nada —dijo sobresaltado Salavín. Y añadió, al cabo de unos segundos—: me estaba ahogando.
— ¿Ahogándote?
— Sí, con la imaginación. Muchas veces me sucede.
— ¿Ahogándote... en el agua?
— Sí, en el agua fría, por la noche.
No dijo nada más e incluso se despidió de Edouard con cierta brusquedad.
George Duhamel, en Dos hombres.
— ¿En qué estás pensando?
— En nada, en nada —dijo sobresaltado Salavín. Y añadió, al cabo de unos segundos—: me estaba ahogando.
— ¿Ahogándote?
— Sí, con la imaginación. Muchas veces me sucede.
— ¿Ahogándote... en el agua?
— Sí, en el agua fría, por la noche.
No dijo nada más e incluso se despidió de Edouard con cierta brusquedad.
George Duhamel, en Dos hombres.
Saturday, September 1, 2012
Hoy
Trata de
olvidarse.
Sentado
sobre el cajón, mientras el tren va y viene de una terminal a la otra; cuando
lustra los zapatos o se sumerge debajo de las polleras y con los ojos bucea la
piel caliente de las chicas del instituto, o cuando de vuelta a casa intenta
adivinar qué lleva cada uno de esos hombres en sus bolsos, adónde van, trata de
olvidarse.
Pero hay
cosas que quedan impregnadas dentro. Y por más que uno se esfuerce en cubrirlas
con pensamiento, afloran; como cuerpos de un naufragio y flotan, atrapadas por
recuerdos.
Subscribe to:
Posts (Atom)


