Thursday, August 7, 2025

La tristeza de Feliza Bursztyn*




El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez dice que las personas reales, las que pasaron por el mundo y dejaron testigos, presentan para la imaginación una serie de dificultades. En realidad, no lo dice él sino el narrador de su última novela, “Los nombres de Feliza”, mientras intenta entender lo que le pasó a la escultora colombiana Feliza Bursztyn. Pero dado que la mujer existió, que Juan Gabriel Vásquez viajó a París y recorrió las calles que la escultora había recorrido, que entrevistó largamente a su viudo, podríamos pensar que, como mínimo, lo diga o no, Vásquez así lo piensa.

El colombiano, uno de los mejores escritores en castellano, cree que el novelista es un historiador de las emociones. “Alguien que rescata emociones pasadas para que no sean devoradas por el olvido”, precisó en una entrevista.

Para ello, tiene un método. Su método parte de un hecho periodístico. En su cabeza, las novelas comienzan con una entrevista que realiza cuando entiende que la curiosidad por un tema se le ha convertido en obsesión. Luego, como sus libros suelen hablar del pasado, llega el oficio de historiador: trabajo de archivo, búsqueda de documentos, fotos. Y, en tercer lugar, el de novelista, que busca alcanzar una zona a la que no se puede llegar desde el periodismo ni desde la historia. ¿Cómo? A través de las emociones.

Este fue el método que había usado en su novela anterior, “Volver la vista atrás” (también publicada por Alfaguara, en 2021, luego de ganar el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa), donde con maestría narraba la historia de la familia del cineasta Sergio Cabrera.

En “Los nombres de Feliza”, publicada este mes en Argentina, el hecho periodístico sucede el 8 de enero de 1982. Ese día, a los 48 años, Feliza Bursztyn cenaba con su esposo Pablo Leyva y cuatro amigos, en un lujoso restaurante de París. Se había sentado entre Gabriel García Márquez y Enrique Santos Calderón. Su esposo, enfrente, junto a las esposas de ambos. Mercedes Barcha había elegido el lugar y estaba ansiosa de que la escultora probara el borsch que a ella le encantaba. Feliza parecía distraída. Escribe Juan Gabriel Vásquez que, entonces, ocurrió. “Feliza levantó la carta, para leer mejor, pero sus ojos no buscaron las palabras, sino que se fijaron en los de Pablo por encima del rectángulo de cartón laminado. Pablo conocía esos ojos de memoria, a fuerza de escudriñar para descifrar una emoción (espiar una risa próxima, atajar una tristeza), pero la expresión que vio le pareció inédita, como si los ojos le quisieran decir algo que no le habían dicho nunca. Entonces Feliza los cerró y sus manos se relajaron sobre la carta y de su cara se fue la sangre y su cuerpo entero se deshizo, o pareció que se deshacía, y su cabeza desgonzada se inclinó hacia el lado derecho, y luego fue como si el cuerpo entero se fuera detrás de la cabeza, deslizándose por un espacio que no existía y cayendo al suelo con un golpe seco y discreto”.

Once días después de esa cena, Gabriel García Márquez publicó un artículo en donde decía que la escultora había muerto “de tristeza”.

Años más tarde, al leer ese artículo, Vásquez quedó intrigado con esa línea: ¿Por qué de tristeza? ¿Por qué estaba triste esa mujer y por qué lo estaba tanto que había muerto de eso?

Siguió con esa idea en la cabeza hasta que percibió que la curiosidad se hacía obsesión y decidió seguir el método: entonces, viajó a París a entrevistar a Pablo Leyva.

A sus 83 años, el viudo de la escultora a quien Vásquez le dedicó el libro, le contó datos, recuerdos, sensaciones.

¿Qué forma tenía la cicatriz de la mano de Feliza?, preguntaba Vásquez. ¿Cómo era la radio del salón? ¿Qué detalles exactamente le había contado ella sobre la agresión de su marido? ¿Qué música habían escuchado la mañana del día en que ella falleció? ¿Qué libros leían en esa época?, insistía. ¿Fumaban? ¿Qué fumaban?  “Y era difícil explicar que esos detalles, aparentemente inanes o superfluos, eran la única manera que yo conocía de acercarme a mi objetivo final: levantar su peso con mi sensibilidad, podríamos decir. O también: percibirlos con el alma”.

Luego, en ese departamento prestado de París, continuó con el trabajo de archivo: acumulando recortes de diarios, fotos en blanco y negro, anotaciones, entre muchos otros documentos como las 21 páginas que la madre de Feliza había escrito para contar la vida de su hija fallecida y que se interrumpían después de la visita de la escultora a Israel en 1967.

En tercer lugar, el novelista: que aparece y completa, rellena la estructura con esa argamasa —palabras sucesivas, capaces de hacer llorar—, en un libro tan triste como hermoso. Que habla de la ternura de Feliza Bursztyn, de su fragilidad, de la intensidad que tenía cuando amaba, pero, también, de la sensibilidad de Vásquez para interpretar las escenas relatadas por el viudo y, con estilo directo y potente, transmitirlas a los lectores.

La tristeza de Feliza está presente en cada página. Recorre la novela como la corriente subterránea de un río que nunca aflora. Vásquez narra los hechos que aguijonean punzantes el corazón de esa mujer. La actitud de su padre que le hace un funeral en vida, la decisión de su primer marido de llevarse a sus tres hijas a Estados Unidos, el fallecimiento trágico de su pareja el escritor Jorge Gaitán Durán, las acusaciones, la prisión, el exilio.

“Y fue entonces cuando me pregunté por primera vez por qué estaba triste Feliza, y fue entonces cuando me respondí que nunca lo sabría: ni yo ni nadie, porque hay verdades que desaparecen con quien muere y ni sus seres más queridos logran conocer. Ocurren en un territorio de nuestra conciencia que no es accesible, que es invisible y está irremediablemente oculto, y no hay nada que podamos hacer para visitarlo. O casi nada”.






*Publicado en la contratapa de Página 12 el 6/8/2025.

Thursday, April 3, 2025

El secreto de la cocina de Bittor Arginzoniz, el mejor parrillero del mundo*

 



El mejor parrillero del mundo suele evitar los encuentros y congresos culinarios. Sin embargo, por pedido de su amigo Andoni Luis Adúriz, participó en la décima edición de Diálogos de Cocina, en San Sebastián. Allí después de su presentación, este chef autodidacta, dueño del segundo mejor restaurante del planeta según la última edición del ranking The World’s 50 Best Restaurants, contó cómo llegó a dominar el susurro del fuego y pudo transformar su oficio en un arte.



Bittor Arginzoniz (64 años) sube al escenario del Congreso Diálogos de Cocina, en San Sebastián. Lleva un cárdigan marrón, camisa discreta, pantalón de vestir. Frente a los aplausos, se lo nota incómodo. En los minutos siguientes, a pesar del esmero que pondrá la entrevistadora, responderá breve: se sacará de encima las preguntas como si quisiera escaparse de ellas. Un rato más tarde, luego de la presentación, el silencio de la biblioteca del Basque Culinary Center parece distender a este hombre, dueño y chef del “Asador Etxebarri” que, además de tener una estrella Michelín, según la última edición del ranking The World’s 50 Best Restaurants es el segundo mejor restaurante del planeta.


Arginzoniz empezó siendo guardabosque. Luego, durante diez años, trabajó en la fábrica de celulosa de su pueblo, Atxondo, de 1.372 habitantes. De ida y de vuelta, pasaba por el bar, a diez cuadras de su casa, cerrado hacía años por un conflicto entre los propietarios. De ida y de vuelta a la fábrica, Arginzoniz –que sólo sabía de cocina lo que había aprendido de su abuela y de su madre – pensaba que allí se podría hacer algo. Hasta que un día, renunció al empleo y, con sus ahorros, compró la propiedad. La remodeló y, de manera autodidacta, durante treinta años se dedicó a perfeccionar lo que define como un trabajo artesanal: el susurro del fuego.


Dice: si algo se le mete en la cabeza, no para hasta sacarlo adelante. Piensa que las técnicas de cocina moderna muchas veces olvidan lo más importante: el producto. En su restaurante, supervisa hasta el mínimo detalle. Elige con madera de qué árbol asará cada alimento: de encina para la carne; de naranja para el salmón; de manzano para el caviar. Construyó un vivero para criar sus propias angulas (alevines de la anguila) e hizo llevar hasta su terruño varias búfalas desde Italia, para ordeñarlas él mismo y hacer su propia burrata.  


¿En qué momento empezó a medir el pH de la carne? ¿En qué momento se dio cuenta de que había algo más que poner la carne al asador?


Después de unos cuantos años trabajando. Primero, con distintos proveedores, porque no acertaba con la carne que estaba buscando. Había muchos altibajos y el mundo de la carne es un poquitín mafioso. ¿No?


¿Por qué?


Porque te meten cualquier cosa. Te dicen que una cinta  [parte superior de la pierna trasera del cerdo] es tremenda y luego resulta que es una mierda. Lo difícil es buscar un proveedor al que le tengas confianza. Y que sepa lo que tu quieres. Siempre digo: “Yo no discuto el precio. Busco la máxima calidad”. Lo que me tienen que ofrecer es lo mejor. Pero muchas veces la carne salía amembrillada. Y me di cuenta de que era fiebre. De que ese animal, a la hora del sacrificio, se había matado en malas condiciones. Entonces, empecé a medir el PH.


¿Cómo fue aprendiendo todo esto?


A base de prueba y error. A mí nadie me ha enseñado nada. El sistema me ha valido. Es un poco caro, porque probando pierdes un montón de dinero. Pero al fin y al cabo lo que yo deseo es ofrecer lo mejor al cliente y si hay algo que no está bien, pues, se desecha. 

¿Cómo hace un parrillero para transformar un oficio en un arte? ¿Cómo consiguió Bittor Arginzoniz, sin nadie que le enseñara, destacarse entre tantos miles de cocineros? Él dice: por experiencia. Sin dudas, con imaginación. Alrededor de 2005 se preguntó por qué no asar otro tipo de productos que hasta ese momento eran impensables. 


Comenzó siendo guardabosque… ¿Hay algo de lo aprendido que le sirva cuando está frente a la parrilla?


Conocer la madera. En los comienzos trabajaba con carbón, pero desprendía unos aromas agresivos que enmascaraban las propiedades gustativas de muchos productos. Me dije: ¡joder: esto con la madera no pasa! Porque la madera desprende unos aromas naturales y limpios. Pero, claro, para eso necesitas una infraestructura: quemar la leña en hornos independientes para poder controlar la temperatura de las brasas en todo momento. Ese fue uno de los cambios más importantes. 

Al mismo tiempo, fue diseñando herramientas que le permitieron ampliar las materias primas que ponía en la parrilla. Así, además de los clásicos, cocina mariscos, setas, guisantes lágrima, angulas o caviar.


¿Cómo piensa los utensilios?


Bueno (Se ríe). Pues… Viendo. Trabajando. No sale a la primera, pero vas haciendo pruebas con distintos tipos de productos.


¿Por ejemplo?


Para poder asar las angulas empecé a hacer pruebas en coladores normales. De ahí se me ocurrió la idea: sartenes con agujeros minúsculos. Las mandé a hacer: pedí que las perforaran con láser. Tardaron bastante, pero me hicieron 4 ó 5 que funcionaron muy bien. Sirven para cualquier tipo de producto pequeño que quiera cocinar: pulpitos, setas… 

Arginzoniz cree que los puntos de cocción son “sagrados” y que se pierden si uno no los entrena. Por eso, explica, cuando se decretó la pandemia y debió cerrar su restaurante, en su casa armó una parrilla para seguir practicando.  “No podía dejar de asar. No podía perder el punto”.


¿Cuántas horas por día trabaja?


De sol a sol. Me levanto a las 6 y a las 6.30 ya estoy en el restaurante. Preparo el queso de la mozzarella, el pan, enciendo el fuego para cargar las brasas. Sigo hasta que se hace de noche, a eso de las ocho. 


¿Y cuando llega a su casa?


Lo que me gusta es sentarme, abrirme una botellita de vino y cenar. Es el momento más relajante del día. Me encanta.


¿Qué le gusta cenar?


En casa, la suegra ya me tiene preparada la cena (sonríe). Normalmente: cocidos de puerros con batatas o cocidos normales, de lentejas, o lo que haya puesto. Y es mi disfrute. Paz, paz, paz. A las diez y media, ya estoy en la cama. 


 ¿Se toma vacaciones?


Cerramos en el mes de agosto. Pero desde la pandemia, todos los años, he tenido que seguir trabajando para remodelar el comedor, el bar. Siempre había que hacer obras. Cambiar un poquitín la cara. 


Es difícil frenar cuando uno trabaja en algo que lo apasiona, ¿no?


Sí. Es difícil. Pero, bueno.


¿Disfruta el ocio ¿Puede estar sin hacer nada?


No. Normalmente tengo que hacer algo: si no es cocinando, tengo que estar en la huerta o buscando setas. Siempre tengo que estar haciendo algo. No soy de esos que dicen: “Ah, me tumbo por ahí” No, no. 


No hay sucursales del Asador Etxebarri y decía que no va a haber recambio generacional. ¿Por qué?


Porque tengo dos hijos. A uno de ellos le gusta el salón y el mundo del vino pero no la cocina, y el otro es economista.

Arginzoniz suele evitar (como ponente y como asistente) los congresos culinarios. Dice que no se siente cómodo. Prefiere quedarse en su casa. Intenta pasar inadvertido. A pesar de que lo califican de “antimarketing”, las reservas de su asador se hacen con cuatro meses de anticipación y pago previo: el menú degustación cuesta 280 euros por persona. Las bebidas van aparte.


¿Por qué le molesta ir a los congresos o encuentros de cocina?

No me encuentro a gusto. No soy ninguna estrella. 


Es el dueño de uno de los mejores restaurantes del mundo.


(Se sonroja, sonríe y mira el piso). No… Soy un simple currante y amo lo que hago. Todo lo demás pues ha venido por… Ya sabes. Cuando la gente te mete en estas ruedas, después es difícil salir. La gente aprecia lo que haces y lo divulgan: pues, bienvenido sea, pero yo no he buscado esto en ningún momento.  


¿Cómo se calcula el precio del menú de un restaurante de este tipo?


Primero, miro la propuesta gastronómica que ofrezco y saco más o menos el coste. Lógicamente algo tengo que ganar y ahí le meto un poquitín el precio que yo considero justo. Muchas veces dicen: “Etxebarri es caro”, pero a mí me gustaría enseñarles las facturas que me llegan para que dijeran si realmente es honesto lo que cobro.


Si cobrara el doble, creo que la gente también iría


Sí, pero no, no, no...


En general el mundo de la cocina es un mundo muy estresante. ¿Cómo maneja eso?


El momento del servicio es estresante, aunque intento dominarlo. Siempre que puedo, me escapo una o dos horas al monte y ya vengo relajado. Es una manera de poder soportar todo el estrés que va a venir después.


*Nota publicada en BBC News.

Guillermo Saccomanno: “Los escritores no tienen buen destino”*

 




Cuando el año pasado le cancelaron el alquiler de la cabaña donde vivía en Villa Gesell, Guillermo Saccomanno pensó: “¿Y ahora qué hago?”. Su novia le ofreció el garage de la casa. Al visitarlo, Saccomanno pensó: “En este espacio puedo escribir perfectamente”. No había ventanas, pero sí un baño, una kitchenette, y un lugar para sentarse y tipear. Allí, se instaló para trabajar en una novela centrada en la vida de una familia del pueblo descrito en su novela “Cámara Gesell”. Sin embargo, una neumonía primero, el Coronavirus después y otra neumonía, sumada a una serie de trastornos neurológicos que hacían que no pudiera pronunciar la palabra pensada, le complicaron la tarea. Contra todo esto, se dijo: “la novela la termino”. Con su novia poniéndole paños en la cabeza para aliviar la fiebre; tipeando en el celular en la clínica donde estaba internado, siguió la trama de esos personajes desesperados, amorales, rastreros y egoístas. La escribió en tres meses y la corrigió en otros tres: un escape al malestar que lo inundaba. 

El escritor, guionista y ensayista cree que, con 76 años, está “dando una vuelta gratis”. “No sé si el miedo es una combustión, pero cuando estás metido en una novela te salvás, porque antes de morirte tenés que terminarla”, dice. Por insistencia de su novia y unos amigos, decidió enviarla al premio Alfaguara. Entre 725 manuscritos, el jurado la eligió por unanimidad. Además de la publicación, el galardón incluye una escultura de Martín Chirino y Us$ 175.000. 


¿Qué significa este premio para vos?

No puedo correr el factor económico. Me agarra en un momento que estoy en línea de flotación. Yo toda mi vida viví en la línea de flotación. Toda mi vida fue sin canuto [“sin ahorros”]. En octubre, tuve un aneurisma y me hicieron una operación de urgencia. La obra social me iba a dar el material quirúrgico pero no con la rapidez que yo necesitaba. Mis hijas juntaron los 15 mil dólares que costaba la operación: dinero que aún hoy, cinco meses después, aún no me reintegran. De algún modo, esta anécdota explica qué significa este premio: es una alegría y funciona ya no tanto como ahorro sino como soporte. Los escritores no tienen buen destino. Este no es un oficio saludable. En ese sentido, es un oficio de riesgo. Después está el prestigio, porque lo han ganado escritores que yo admiro como Tomás (Eloy Martínez) y (Leopoldo) Brizuela. Y también, por otro lado, ser leído en tu lengua. Me ha pasado de ir a Uruguay o a Chile y descubrir que allí no estaban mis libros.


En una entrevista decías que escribir es la felicidad. ¿A vos te gusta escribir o te gusta haber escrito?

Yo creo que cuando escribís tenés la idea de que estás haciendo algo. A veces, sentís un poder inaudito. Cuando te sale, sentís que la música suena. Pero también cuando no sale, te sentís el último alfeñique, el Kafka que aparece en los diarios. ¿No? Yo, por eso, trato de no tener libros míos en casa. 


¿Por qué? 

Porque si volvés atrás, pensás: "¡Uy, qué bien que me salía antes!”. O, también te puede pasar: “¡cómo pude escribir esta pelotudez!”.   


 Si pensamos en el cuento del otro Borges y te encontrás con tu yo de 20 años ¿Qué le dirías?

No puedo, no puedo. 


¿Qué consejo literario le darías a ese escritor en ciernes? 

Que labure. Que le dé. Que le meta. 


¿Era algo que tenías claro del principio? 

No sé si lo tenía en claro, porque uno empieza con una gran omnipotencia: tenés por delante un largo camino. Ahora, el camino lo tengo recorrido. Estoy viendo qué pasa en este tiempo ―no sé si de descuento, pero…― suplementario. Además en este oficio todos los días tenés algo nuevo. Delante tenés el abismo.


¿Por qué? 

Tenés que tratar de no caer. Escribir es una felicidad, pero la felicidad de caminar por la cornisa.


¿Dónde escribís?

Acá en casa. Pero también a veces escribo en los bares. A la tardecita, me voy al Florida Garden. Llevo un cuaderno y un libro. De cualquier modo, creo que este es un trabajo full time, porque cuando no estás escribiendo estás pensando o anotando ideas. Y en esto lo fundamental para mí es la lectura de poesía. Yo creo ser, como muchos, un poeta frustrado. Me fascina la poesía: escribo poesía pero no la muestro. Aunque escribo sobre poesía. 


En una entrevista decías que uno necesita probarse todo el tiempo, uno nunca se puede quedar tranquilo. ¿Por qué?

¡Porque no! ¿Cómo te vas a quedar tranquilo? (risas) Si estás tranquilo, fuiste…


¿Y ahora qué qué viene? Digo, en este sentido de estar pensando en no quedarse quieto.

Uno de los fantasmas que te genera un premio como éste es que implica viajar. Y eso te distrae, te hace barullo la cabeza. Yo preferiría estar escribiendo en vez de estar charlando con vos. ¿Entendés?  Yo sé que salgo en el suplemento de Cultura de El País, pero el suplemento de Cultura no escribe por mí. 


¿Qué relegaste por la escritura?

Uno relega en las relaciones afectivas, posterga. Como decía Kafka, la literatura es como una religión. Te exige ser devoto, te exige ser feligrés. Entonces ahí ponés situaciones familiares, situaciones de pareja, vivís en función de... Si no vivís en función de…, sonaste. Creo que no se puede ser escritor de a ratos.


¿Es una decisión que se toma? 

Yo creo que es tomarle el gusto a la disciplina. Por supuesto, hay otro tipo de escritores, hay escritores a los que les interesa más la figuración ―salir en la tele y en los diarios― que publicar. Hay cantidad de jetones que se cuelgan de cualquier causa para tener una fotito en el diario. No digo que no haya escritores que ganen dinero: los hay y algunos muy buenos, pero no hay que engañarse. Si hay una promesa es a largo plazo. Dios te invita a un asado cuando ya no tenés dientes.


¿Qué es escribir bien, Guillermo?

Encontrar una voz y una visión del mundo personal. Que de algo, vos puedas pensar: es arltiano, es borgiano, es kafkiano. 


Decías que en los últimos tiempos no hay una preocupación por el lenguaje…

¡Encontrar una voz propia!


¿Es por que no se busca?

La trampa está en que uno busca su propia voz, pero no se da cuenta cuando la encuentra. Porque si te das cuenta, entonces comienza la maquinita de repetir: tenés un formato. Lo interesante es no hacer nada igual. A mí me gusta que cada libro sea diferente. Yo creo que esta novela (“Arderá el viento”) no tiene nada que ver con “Mirlo”. Está bien, vos podés decir: sí, ¿Y “Cámara Gesell”? Pero es un territorio. Y yo he escrito distintas cosas sobre ese territorio. 


¿La competencia es contra uno mismo?

Sí. Estás boxeando con el espejo. 


¿Y ganás o perdés? 

No sé.


Perdés siempre… (risas)

Lo que pasa es que si rompés el espejo ya no estás más vos. Ésa es la trampa. No podés romper el espejo. Lo ideal es pasar del otro lado. Y en esa dialéctica, se te va la vida.


Una carrera desesperada hacia un lugar al que no vas a llegar nunca

Y si llegaste no lo sabés... Además: sabiendo de antemano que no la vas a tener fácil. En ningún país, pero acá (en Argentina) menos… Acá, los escritores se ganan la vida trabajando en cosas parecidas a la literatura (la publicidad, los guiones, el periodismo) y tratando de que eso no los contamine.


Fogwill decía que la de los escritores era una carrera de fracaso

 Es una sucesión. El lema creo que es eso que dijo Beckett: “Fracasa, fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Es decir, ir perfeccionando la derrota. Además, ¿qué pretendés ganar? ¿La eternidad?  Si en la eternidad no vas a estar… *Entrevista publicada en la sección Cultura, del diario El País.


Thursday, January 18, 2018

Perfil de Sergio Ramírez*


¿Cómo escribe un Premio Cervantes?

En noviembre, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez ganó el premio más importante de las letras en español, dotado con 125.000 euros. Trabaja todas las semanas, siguiendo una rutina rigurosa. Fue revolucionario, vicepresidente y utópico. Escribió cuentos, novelas, ensayos y testimonios. ¿Cómo corrige un hombre que acaba de entrar en la historia de la literatura universal?
 
Ph: Luis Ponciano.


En la silla de la sala de negocios de un hotel de Guadalajara, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez parece cansado. Camisa celeste, saco azul, pantalón gris; da la cuarta entrevista del día luego de un desayuno con el secretario de Cultura de España y después de una reunión con personal de la secretaría de Educación de México. En unas tres horas, presentará un libro...

Tuesday, January 16, 2018

Un libro de cuentos


Finalmente, después de muchos años de escribir cuentos (unos diez, unos quince: ¿algo cambia?), publicaré un libro de relatos (Muchas cosas cambian en diez o quince años...). 


Lo haré de una forma un tanto particular: sacaré un crowfunding. Para quien desconoce esta veleidad tecnológica: una especie de preventa. El que quiera el libro, podrá comprarlo y recibirlo. El que quiera apoyar la causa, también podrá.


Se llamará Sordidez. 


Quizás, ésta vaya a ser la tapa.






La foto es de Javier Heinzmann.
El diseño, de Adriana Llano.

Tuesday, August 29, 2017

Taller de crónicas y perfiles


Taller de periodismo narrativo: crónicas y perfiles.

Contacto talleres Federico Bianchini: Fedebianchini@gmail.com

Saturday, August 19, 2017

Hoy


Mantenerse borracho de escritura para que la realidad no nos destruya.

Ray Bradbury

Thursday, July 27, 2017

Monstruos antárticos*



Antes de viajar a la Antártida, varias veces imaginé los mitos repetidos (en cenas y tardes de tormenta y ocio) por hombres que durante meses vivían en aquel lugar inhóspito.




Leyendas sobre animales insospechados, tan ágiles como voraces, que confundiéndose entre los vientos blancos aparecían para atacar desde la nada. Gritos desgarradores en el aire de las tormentas. Monstruos enormes, que se alejaban de los humanos pero los tenían presentes, acechándolos en el frío: hasta el momento en que quedaban solos, aislados e indefensos, para acercarse desde atrás y, con un solo golpe, quebrarles los huesos, arrastrarlos a sus escondites, hundidos en la nieve.   

Historias de marinos que, luego de muertos, seguían recorriendo esa vastedad pálida con sus perroslobo delante del trineo, azotandolos con furia, intentando sin lograrlo ir más rápido que el viento. Apariciones traslúcidas, fantasmas solitarios, figuras escurridizas. Hechizos, maleficios, promesas incumplidas: todo tipo de misterios que debían flotar sobre la base como las estrellas quietas en el negro.

Soñaba con cuentos sobre mujeres de cola de pez verde nácar, labios morados y tetas descomunales que, luego de sonoros coletazos, se sumergían entre los bloques de hielo y desaparecían en el agua cristalina, refugiadas en las profundidades. Con aves del tamaño de helicópteros, de garras filosas y plumas oscuras y brillantes. Imaginaba rumores sobre túneles de hielo que conducían a ciudades ocultas hacía miles de años. Cadáveres congelados de seres con aspecto de hombre pero membranas entre los dedos y piel acuosa y delicada, que volvían a la vida al derretirse los bloques que los contenían. Historias de sonidos tan agudos como misteriosos que llevaban a marineros a correr hasta perderse en el blanco. Marineros desaparecidos cuyos nombres se conocían aunque se callaban por miedo.




Sin embargo, al llegar a la Antártida encontré paisajes indescriptibles, escenarios que no creí que pudieran existir. No sólo impactaba lo que veía sino que, sentía, estar presente en ese lugar era agradable y estremecedor.

En la Antártida no hay llaves: todas las puertas de las bases y de los refugios están abiertas. En la Antártida no hay plata: no hay nada que se pueda comprar ni vender (con excepción de una base chilena adonde, por varios dólares, se consiguen frutas y gaseosas de dulzura diabética). En la Antártida no hay soberanía. Pero tampoco, lo descubrí con pena al llegar, tampoco hay mitos. No hay leyendas, ni historias mágicas. No hay cuentos ni relatos fantásticos. La naturaleza es tan áspera que quienes viven allí deben ocuparse en sobrevivir: el afuera es tan brutal que no hace falta inventar nada.

Me contaron, sí, la vez hace muchos años que un asustado dijo haber visto un Hombre de las nieves. El monstruo estaba a pocos metros de él, no paraba de seguirlo. Horas más tarde, una patrulla de la base, armada con fusiles, fue a buscarlo. Lo vieron a la distancia. Por las dudas, tiraron. Al acercarse descubrieron que era un extraño tipo de foca. La historia termina ahí. No supe qué pasó después. Quizás, hicieran un guiso.

En la Antártida el clima es tan brusco que no hace falta inventarse peligros. Con la intemperie basta. Cada vez que uno sale de la base, debe hacerlo acompañado. Por radio, avisar adónde va, por qué camino, cuánto cree que durará el paseo. Si en soledad, uno llega a pisar mal y se quiebra un tobillo, quizás muera de hipotermia sin que nadie se entere.

Un miércoles de julio de 2003, la bióloga británica de 28 años Kirsty Brown hacía snorkel cerca de la base inglesa Rothera. Buceaba sin tanque. Después de un rato, se sentó en un trozo de glaciar, las patas de rana moviéndose acompasadas en el agua hasta que sintió el tirón. Un leopardo marino, la más agresiva de las focas, la agarró de una de las aletas y la arrastró hasta el fondo. No la atacó: quizás la confundió con un pingüino porque minutos después la subió, otra vez, a la superficie. La científica no murió por una mordida. No se ahogó. La mató la presión. Al sacarla tenía las orejas llenas de sangre: los tímpanos le habían reventado.

La mañana del 17 de septiembre de 2005, el suboficial electricista de la Armada Teófilo González y el biólogo del Instituto Antártico Argentino Augusto Thibaud viajaban en dos motos de nieve, seguidos en otras dos por el capitán de corbeta Jorge Pavón y los suboficiales Mario Leonhardt y Alejandro Carbajo. Recorrían el glaciar Collins hasta que, de repente y sin que los otros pudieran darse cuenta cómo, González y Thibaud parecieron desaparecer. Lejos de cualquier ciencia oculta, habían caído a una grieta. Recién un mes más tarde, los rescatistas pudieron encontrar los cadáveres congelados.

En enero de 2016, el explorador Henry Worsley, ex oficial del ejército británico, intentó convertirse en la primera persona en cruzar la Antártida sin ningún tipo de ayuda. En 71 días, arrastrando un trineo con comida, combustible y equipo de supervivencia, recorrió unos 1.448 kilómetros. Perdió 25 kilos y un diente. Tenía 55 años, una mujer y dos hijos. Quería juntar fondos para una fundación que ayudaba a soldados heridos en la guerra. Murió en un hospital en Chile por una "deficiencia completa de sus órganos"

En junio de 2016, el cabo primero argentino Gustavo Capuccino fue a abrir la puerta de un hangar de la base Marambio. Antes de que pudiera hacerlo, el viento, que en la Antártida sopla desesperado, desprendió el portón que le cayó encima. Recién cuando hubo buen clima, pudieron llevarle el cuerpo a la familia.

La lista podría seguir con nombres y apellidos de nacionalidades diversas, con fechas anteriores y posteriores, el recorte es arbitrario, pero en la Antártida el clima debe respetarse.

Si hay viento o nieve o furia natural, más allá de la tarea que haya que hacer, uno se queda dentro de la base, a esperar que el temporal termine. Lee o juega al ping pong. En el gimnasio, en la cocina o en el comedor habla con otros, cuenta casos reales. Cosas que pasaron y pueden servir de advertencia para que no se repitan. Nadie imagina monstruos, animales fantásticos o espíritus acechantes.

En la Antártida, la muerte está demasiado cerca como para encima atraerla con historias que no sucedieron pero quizás, quién sabe, en cualquier momento se podrían llegar a concretar.





*Publicado en la revista VICE Colombia, edición mayo 2017.

Wednesday, June 28, 2017

Moscú*




Hace más de dos días que en Moscú llueve. Por momentos, se siente la fuerza de las gotas y se ven paraguas dándose vuelta por el viento y personas intentando no parecer ridículas luchando contra la nada. Hace más de dos días que en Moscú llueve y la tela negra, a rayas o puntillosa de los zontik se permeabiliza y hombres de traje y seriedad o mujeres de vestidos brillante sintético y ojos malaquita igual se mojan. Por momentos, breves, parece que las nubes van a disolverse, pero no, las gotas siguen cayendo aunque lo hacen de forma ligera, casi etérea y uno puede cerrar el paraguas y andar sintiendo (apenas) los puntos fríos en la cara y aceptar que, en ocasiones y con reparos, el frío es agradable.

En un cirílico incomprensible los noticieros hablan de las noticias internacionales pero, sobre todo, mencionan el clima. Buscando información en internet, me entero de que hace 130 años, en un día cayeron 25 milímetros por metro cuadrado. En las últimas 24 horas, cuentan el doble y uno de los ríos más caudalosos del país, el Yauza, aprovechó la distracción y, cuando nadie lo miraba, salió de donde venía. Se fue a un costado. Quizás sólo se puso cómodo. El noreste de la ciudad quedó cubierto por el agua y los coches quietos bajo los puentes, teniendo que ser empujados por uno, dos o varios rusos de gesto adusto.

Las autoridades municipales dijeron que los sistemas de desagüe “fueron construidos para un nivel de precipitaciones normales”. El problema, en cirílico o romano, es la precisión de la normalidad. Hasta los maniquíes lo saben. Tal vez sobre eso en los negocios moscovitas, con mueca plástica detrás de cada vitrina, reflexionan melancólicos. Los maniquíes no son los únicos que llevan esa expresión triste: en la calle, la gente no sonríe. Tiene una expresión seria, impertérrita. Quizás, sea una consecuencia tardía del sufrimiento pasado en la guerra. Quizás, tenga que ver con otra cosa. ¿El frío? Quién sabe. Lo cierto es que a pesar de que pasaron 60 años de la segunda guerra mundial, sigue habiendo muchas más mujeres que hombres: más de once millones.

En la segunda guerra, que los rusos llaman “La gran guerra patriótica”, murieron unas 20 millones de personas. En el Monte Poklonnaya, uno de los puntos más alto de Moscú, se levanta un enorme y monumental museo sólido, que tiene delante un obelisco de 141,8 metros de altura (por los 1.418 días en los que los rusos participaron de la guerra). Adentro, en el “salón de la memoria y el dolor”, del techo cuelgan miles y miles de cristales, que se iluminan, brillan y recuerdan a las lágrimas de las madres, las hermanas, las viudas de los muertos en combate. Durante el stalinismo se sumaron más muertos: 7 millones de fusilados, 20 millones de detenidos.

Contaba un español de Andalucía que, hace unos años, un primo de él había viajado a una ciudad del campo ruso. En la primera carta contaba anonadado que no podía creer lo que estaba viviendo: todas las mujeres eran rubias, todas eran altas, todas eran pulposas, todas tenían los ojos fulgurantes en tonos que iban del verde al violeta amatista. Todas lo miraban, lo buscaban, le sonreían. Dos semanas después, decía el andaluz, su primo mandaba otra carta: la situación había cambiado totalmente, en la primera salida cada una de ellas le hablaba de matrimonio, de cuándo podrían tener hijos. Sigiloso, el primo había huido.




—¿Y acá cómo lo ven a Stalin? ¿Como un héroe o como un tirano?

Nastya Tusheva tiene 32 años y vive en las afueras de la ciudad de Moscú. Trabaja como consultora de empresas en el área de recursos humanos. Y dice que depende. Que todos saben que hubo asesinatos, que muchos lo critican por eso. Pero que, también, logró poner de pie a una Rusia de rodillas. Es complicado, dice y cuenta que el proceso de “desestalinización” duró mucho. En su celular, muestra el antes y el después de ciertos murales en el subte. En la primera foto, encima del cartel de la estación Semyonovskaya (línea 3) había un plato circular con la imagen del camarada Iósif Stalin. Ahora, si uno observa bien, ve el contorno circular del polvo que se juntó con los años: la pintura más blanca dentro.

En otra foto, la cara del líder y, luego, años después allí mismo: un mural del flores en el que, sin embargo, se adivina un bigote enrulado.

— Trataron de taparlo, esconderlo, pero a veces no le salió tan bien — dice Tusheva.


Días después, visitaré el museo de las estatuas caídas, frente al Parque Gorki: un lugar adonde durante los años noventa se descartaban enormes estatuas de Iósif Stalin, Vladímir Uliánov (Lenin) o Leonid Brezhnev; bustos apoyados en el piso, reproducciones macizas que esperan en posición horizontal y que, ahora, se combinan con esculturas modernas y contemporáneas.


Estamos cenando en un restaurante casi vació. En las mesas de los costados no hay nadie, pero igual, después de mi pregunta, Tusheva levantará la cabeza y mirará a ambos lados, como chequeando que nadie la escuche.

—¿Y a Putin?

Dudará unos segundos y, luego, sí.

— Hay muchas cosas de su gobierno que están bien, aunque hay otras con las que no concuerdo del todo.

Y cambiará de tema. Como si fuera lo lógico después de una respuesta cordial a una pregunta como ésa.




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La Rusia de hoy dista mucho de la Rusia que, desde este lado del mundo, uno podría reconstruir a partir de las historias de León Tolstoi, Fiódor Dostoievsky, Iván Turgueniev y sin embargo el francés sigue siendo un idioma de culto y si a las voluntarias, ancianas, que cuidan la casa de Tolstoi uno les habla en francés, puede entrar gratis.

Allí, no se pueden sacar fotos y uno debe ponerse, sobre las zapatillas, una especie de pantuflas de bolsa para que las pisadas no mancillen este hogar sagrado. En el cuarto, apoyada contra una pared está la bicicleta con la que el escritor recorría Moscú cada mañana, de seis a ocho, antes de volver al estudio, a ponerse a trabajar. Escribía hasta las dos, las tres de la tarde. Allí, dice el cartel, escribió Resurrección. Allí, se dice, reescribió 39 veces el último capítulo: la prosa nunca terminaba de convencerlo. Luego sí, bajaba a almorzar y pasaba la tarde charlando con la gente, con visitas ilustres, leyendo sus manuscritos, de pie junto a la piel de un oso que mató en 1858, justo antes de que el animal lo atacara. Y en Moscú hay un museo literario, y un centro Tolstoi y también, a 200 kilómetros, su residencia de Yasnaya Polyana y otro museo, en Astapovo, el lugar donde pasó los últimos minutos de su vida. Y, aún así, todo eso parece poco para uno de los más grandes escritores rusos.



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A pesar de google y los celulares y la supuesta traducción simultánea, el mundo cirílico (para quien no pertenece a él) es un tanto inquietante. Uno desconoce si el cartel en la esquina indica que allí hay una farmacia o un prostíbulo. En la calle, la gente no suele hablar inglés ni francés ni castellano: sólo ruso. Descender los 300 metros de escalera mecánica para llegar al metro resulta una expedición imprescindible. La frecuencia sorprende (un reloj sobre el andén permite verificar que no pasa más de un minuto y medio sin que llegue un nuevo subte) y la majestuosidad de las estaciones impresiona. Parece que los soviéticos opinaban que las obras de arte no podían estar solamente en los museos burgueses y se ocuparon de que, a lo largo de los 339 kilómetros de tendido vial, cada estación tuviera sus estatuas, sus cuadros, sus venecitas prolijamente ubicadas. Son tan profundas porque varias estaban pensadas como refugio en caso de un ataque nuclear (la más antigua se construyó en 1935).

Junto a los molinetes, sobre la pared: un cuadro con la cara pensativa de Karl Marx, o estatuas de campesinos y campesinas con fusiles y perros, en actitud desafiante, defendiendo su patria del invasor extranjero.





El arte es un idioma universal pero si uno quiere ir de Novoslobodskaya a Park Kultury en la línea 5, línea circular identificada con color marrón y que intercepta a las otras once líneas, tiene que tratar de averiguar el sentido de los trenes. El nombre de las estaciones está en cirílico. No se lee Novoslobodskaya sino “Новослободская” y a arreglarse. Un amigo pasó entre quince y veinte minutos intentando averiguarlo: terminó tomando el equivocado. Llegó a su estación, el subte gira circular, pero tardó casi el doble de tiempo. Nadie le había avisado que cuando se avanza en el sentido de las agujas del reloj, la voz que anuncia las estaciones es masculina. Que cuando se va en sentido contrario, en cambio, una mujer avisa dónde está uno ubicado. 

Moscú puede apreciarse desde el subsuelo y desde la altura: el restaurante del piso 12 del hotel Ritz permite una vista de toda la ciudad: la catedral ortodoxa de San Basilio, con sus cúpulas ornamentadas, conocida como “el edificio de cebollas”, el Kremlin y tres de las siete “Hermanas”: rascacielos monumentales de estilo barroco ruso y gótico que Stalin mandó a construir entre 1940 y 1950.

Pero si uno busca rastros de “lo soviético” en Moscú, debe descender al metro (donde las estrellas rojas, las hoces y los martillos se multiplican estéticas) o visitar el mercado Izmailovo: allí hay ancianos que venden láminas originales de los cosmonautas, afiches con la cara de Yuri Gagarin (uno de los únicos rusos que sonríe en, absolutamente, todas las fotos), volantes de propaganda comunista, pins de Lenin joven, pins de Lenin mayor, pins de Stalin con traje de fajina, pins de los Juegos Olímpicos; cascos de la segunda guerra agujereados de un balazo, uniformes nazis, piezas de bronce oxidadas, balas de todos los tamaños, postales de propaganda soviética, imanes con un Lenin cenital que convoca a la batalla; también gorros de astracán originales y otros, sintéticos, seguramente hechos en China; matrioshkas (mamushkas), bandejas pintadas a mano con colores brillantes, dorados, rojos, verdes y amarillos, con una técnica dulce y sofisticada; acordeones, fusiles, cabezas de jabalí. Todo lo que un turista puede querer, e incluso más.


Una de las únicas excursiones gratis en Moscú es la visita al mausoleo de Vladímir Lenin, donde (se supone) está el cuerpo del líder revolucionario. No se puede entrar con cámaras de fotos, bolsos ni mochilas. Luego de hacer una larga cola, uno ingresa a una sala iluminada con una tenue luz roja, tapizada de un silencio que se interrumpe por murmullos nerviosos. A los costados, varios guardaespaldas custodian el cuerpo embalsamado. 

Parece un muerto pero los muertos embalsamados son tan plásticos y quietos como los muñecos: entre los rusos circula el mito de que en algún momento fue reemplazado por un maniquí. En 2012, el ministro ruso de Cultura Vladímir Medinski dijo que sólo quedaba “un 10% del cuerpo original”, ya que desde hace mucho tiempo el resto se fue sustituyendo por elementos artificiales.

Cuando en 1924 se decidió que el héroe soviético fuera exhibido dentro de una especie de pecera, en el Partido Comunista hubo una gran discusión. León Trotski equiparó la conservación del cuerpo con la “santificación” cristiana, algo disruptivo para los comunistas. La viuda, Nadezhda Krúpskaya, también se opuso. Incluso, la decisión de Lenin era ser enterrado en San Petersburgo junto a los restos de su madre y de su hermana, pero el Politburó pudo más.

En 2011 en Internet se hizo una votación pública (no vinculante) con la pregunta: “¿Apoya usted la idea de enterrar el cuerpo de Lenin?”. Participaron unas 350.000 personas. El 66,54% apoyó el entierro. En ese momento, el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, dijo que era una cuestión que debía tratarse con mucho cuidado para “no dividir a la sociedad”. Lenin sigue allí.

Frente a él, cruzando la Plaza Roja, funcionan los almacenes GUM, símbolo del desmoronamiento del régimen, venganza cruel del capitalismo: almacenes estatales durante el sovietismo que se convirtieron luego en un shopping de lujo. Negocios de Prada, Chanel, Gucci y Swarovski, entre otras marcas.

Allí, en el hall, una mujer vende jugos de sandías y melones que se enfrían sumergidos en el agua de una fuente. Su nombre es Irina. Habla un inglés fluido, pero no le interesa contar su vida. Sólo dirá que todo lo que se vende en ese lugar es para turistas: cosas demasiado caras para cualquier sueldo en rublos. 







*Nota publicada en la revista Domingo, diario El Mercurio (Chile).