Thursday, August 11, 2011

Hacer la América*


Tres personas. Tres historias que terminan siendo una. Para sus protagonistas, una historia de Dios. Para otro, que no cree, una historia de casualidades y causalidades. De un chico hambriento, un hombre deportado, una mujer solidaria. Una historia narrada una fría tarde de mayo, en una casa humilde, en un barrio de la periferia de Montevideo.

UNO

De chica, Edi Beatriz Yaque jugaba con nenes descalzos y los tapaba con una manta invisible para que no tuvieran frío. A veces, esta mujer que ahora atiza el fuego de la chimenea, se sacaba las medias, las regalaba y volvía a casa sólo con zapatillas. Escuchaba llorando los retos de su madre, sin entender cómo una persona podía ser tan mala.

Vivió en Buenos Aires: durante un año y medio limpió una casa sobre la Avenida Las Heras. Volvió a Uruguay. Se casó, quedó embarazada, adoptó a la hija del que entonces era su marido, y luego tuvo dos hijos más: todos escalonados. Cuando el primero cumplió seis años, el segundo tenía cinco, el tercero cuatro, el más chico tres. Lo suyo eran los pañales y las mamaderas. Pero, al tiempo, se separó y quedó a cargo de todo. En ese entonces “todo”, para Edi eran dos piezas con piso de tierra y una cama desvencijada en la que dormía con sus cuatro hijos.

Algunos días, no tenía nada para darles de comer. Otros, un pan, repartido en cuatro pedazos. Y cuando la más chica le decía “si vos no comés, no como”, Edi probaba un bocado lento y comentaba, como al pasar: “debe ser por el mate, pero yo ya estoy llena”.

De noche lloraba en silencio. Pensaba cómo seguir, pensaba en sus hijos, en Dios, en platos de comida.

Por orgullo, no quería pedirle nada a nadie. Entonces iba a la casa de su hermana y, entre charla y charla, se hacía tarde, se quedaba a comer con los chicos. O estratégica, un rato antes de la merienda, le decía a algún vecino si no podía cuidar a sus hijos.

Un día pensó: basta. Contrató una mujer para que se quedara con ellos durante las cuatro horas en las que ella limpiaba otra casa. Cobraba, volvía, pagaba: el vuelto era la cena.

Hasta que entró al Ejército. Y en ese momento, mueve las brasas encendidas, empezó a levantarse y no se detuvo hasta ponerse de pie. La ayudaron, dice. Le dieron ladrillos, ropa, comida. Y su vida cambió.

En 2000, viajó a África, como integrante de una misión de paz. Durante diez meses vivió en Bunia, Congo, que porque existe Zimbabwe no es el país con el peor índice de desarrollo humano del mundo.

Ahí Edi vio chicos flacos con panzas hinchadas que le pedían comida, le susurraban “biscuit, biscuit, biscuit” como en un mantra. Vio, en la feria al aire libre, que la carnicería era un hombre transpirado, con un pedazo de carne sobre un tronco, machete en mano, con moscas negras dando vueltas alrededor. Vio personas, muchas personas, algunos de los 23 millones de africanos que ese año migraron, que querían irse, viajar a otras ciudades, a otros países, a cualquier lado bien lejos.

Quiso darle una galletita a un chico y tuvo ocho rodeándola. Quiso darle un beso a otro y descubrió que el nene se alejaba creyendo que le iban a pegar. La primera noche, Edi se encerró en un baño y lloró enrojecida. Un compañero, del otro lado de la puerta, le pidió que se calmara. Ella dijo que lloraba por sus hijos. Mentía. En realidad, dice Edi y los ojos le brillan, le pedía a Dios, todo el tiempo, que por favor ayudara a esas personas.

La segunda vez que viajó a África en misión de paz, el destino fue Goma, también en la República Democrática de Congo. Mientras trabajaba como moza en la base, Edi pensó que si cada soldado adoptara a uno de esos chicos, la situación mejoraría un poco. Averiguó cómo hacer, pero eran muchos papeles, trámites imposibles y la idea se fue disipando.

Volvió a Uruguay. Y cuando supo de una nueva misión de paz en aquel continente quiso anotarse pero por la edad, tiene 49 años, le dijeron que era difícil que pudiera viajar.

Un lunes de abril, limpiaba copas en el casino de suboficiales de Montevideo cuando escuchó la voz de su encargado:

— Preparate unos panes con dulce de leche que hay dos indigentes.

Los fue a ver. Y uno de ellos, arrodillado, la piel africana brillante, temblaba, la miraba con ojos enormes, como diciendo hacé algo, por favor, hacé algo.

Y ella pensó: a este chico me lo mandó Dios. Me lo trajo acá, a la puerta del trabajo.

DOS

Dice Sergio Medina que nació en Montevideo un 13 de julio. Que en 1994, un amigo le consiguió una visa y él fue uno de los 30 millones de migrantes que ese año entraron a los Estados Unidos. Que allá se encontró con su madre y sus dos hermanos.

Dice Sergio Medina que empezó en Detroit, en una panadería, que luego viajó a Miami y fue gerente de la cadena de tiendas K-mart. Que después del atentado a las Torres Gemelas los controles se endurecieron, que lo agarraron en una redada de migraciones y que, sin preguntarle mucho, lo metieron en un avión con destino a Montevideo. No dice que fue uno de los 392 mil inmigrantes ilegales obligados a abandonar ese país durante 2010.

Dice Sergio Medina que llegó al aeropuerto de Carrasco con la ropa, con tres dólares y la llave de su auto Toyota Corolla, estacionado en una calle cualquiera de la ciudad de Miami.

Dicen otros que Sergio Medina miente.

Dicen en los comentarios online de una nota de mayo del diario El País de Montevideo que todo es mentira. Que no fueron esos los motivos que hicieron que lo deportaran. Que la suya es una historia oscura, una historia de drogas y de violencia.

Pero no importa. Porque ésta no es la historia de Sergio Medina, si no la de un chico hambriento, un hombre deportado, una mujer solidaria. Una historia narrada una fría tarde de mayo en una casa humilde de la periferia de Montevideo.

Y porque, no quedan dudas, fue Sergio Medina el que encontró a Jonah Asamoah en Tres Cruces, la Terminal de ómnibus de Montevideo.

-You´re black. Where are you from?

Fue Sergio el que le dio su campera para abrigarlo, lo acompañó hasta el destacamento militar. El que le dijo al soldado de guardia si no tenían algo para comer, un café con leche, un pan con dulce, cualquier cosa. El que estaba al lado de Jonah el día que Edi conoció a su quinto hijo. El que dice ahora, con un mate en la mano, que ésta historia es obra de Dios, un reflejo de la posibilidad del milagro.

TRES

La primera vez que subió a un barco como polizón, Jonah Asamoah tenía doce años, un bolso, un poco de agua, arroz cocido, una Biblia y un amigo ghanés que lo acompañaba. Se escondieron juntos en la sala de máquinas. Se quedaron ahí y soportaron el ruido atroz que hacía el motor, durante los catorce días que el buque tardó en llegar a Brasil. Cuando hubo silencio, cuando terminó ese taglegleglegleglegle que ahora Jonah imita en el comedor de su nueva casa, salieron eufóricos del escondite. Un hombre alto los agarró del brazo y los llevó con la policía portuaria. Presos en una celda, comieron mucho más de lo que venían comiendo. A los dos meses, se acabó la beca alimenticia. Los llevaron en un patrullero al aeropuerto. Dos días después, de nuevo, estaban en Ghana.

Su amigo volvió a Accra. Jonah, no. Jonah se quedó en Tema, un pueblo de pescadores donde hoy está el puerto. Durante dos años les pidió a los camioneros que transportaban el maíz, el arroz, el trigo de esos barcos enormes hacia otras ciudades, que le dieran un puñado de granos. Comió eso. Durmió en la calle, sobre una esterilla; se bañó cuando pudo. Les preguntó, día tras día, a esos camioneros, “dónde va, señor, ese barco enorme”. Escuchó Argentina, Brasil, Uruguay. Hasta que un día, a los catorce años, por fin escuchó lo que quería escuchar. Uno de ellos, mirando de costado un enorme buque pesquero, le respondió “América” y él, desconociendo el narcisismo estadounidense, pensó que ése era el barco que lo llevaría donde él siempre había querido ir. “Because Obama is Africa and is the president of America, so I want to live there.”

Armó el bolso con lo que pudo. Y pudo poco: dos botellas de agua, tres panes, su Biblia. Esperó la noche. Rezó para que el policía de la garita del puerto se quedara dormido y el policía de la garita del puerto se durmió. Subió la escalera, buscó, otra vez, la sala de máquinas. Se escondió sin saber que a pesar de estar solo era una de esas doscientas catorce millones de personas que ese año iban a tratar de hacer lo mismo: a intentar irse lejos.

Jonah acostado en el piso, debajo de un motor, vio los pies cerca de él. Se quedó quieto. Una gran lámpara iluminaba el cuarto. Los hombres dijeron algo y después salieron. Él pensó que si lo descubrían seguramente iban a matarlo.

El despertador del reloj sonaba a las seis de la mañana. Jonah comía un pedazo de pan, tomaba un trago de agua, otro pedazo de pan. Leía, dos horas, la Biblia. Dormía siete horas. Dos horas la Biblia y así. A las seis de la mañana, otro pedazo de pan.

Sentado ahí, mareado por el olor del aceite caliente que le mojaba los pies descalzos, Jonah sólo pensaba en llegar a América. En encontrar un trabajo, conseguir plata, algo de comer, un lugar para dormir, jugar al fútbol, ir a la escuela. Sufrir para ser libre, dice.

Cuando el tagleglegleglegle se detuvo, no salió desesperado. Se quedó, tratando de dormir un rato más, de soportar el olor insoportable del fuel oil, esperó a que se hiciera de noche, a que todo estuviera quieto y, recién entonces, subió a cubierta.

Al ver la bandera supo que no estaba en Estados Unidos. Supo que esto era Uruguay, el país que había dejado afuera a Ghana en la última Copa del Mundo, en ese partido en que Asamoah Gyan, lo piensa y no lo puede creer, estrelló el penal en el travesaño, ciento veinte minutos de juego, uno a uno, tiempo de descuento.

Habla con voz tímida, entrecortada, en un inglés penoso que no parece terminar de entender, su idioma es el fanti. Sentado en un amplio sillón, construye una historia con recuerdos que nadie podrá contrastar. Recuerdos en los que le pide a Dios que pase algo y algo pasa. Como ese día en la terminal de Tres Cruces, después de casi dos semanas de buscar comida en la basura, de acercarse a personas que lo rechazaban sin tratar de entenderlo, en el que arrodillado en el cordón de la vereda, las manos sobre la cabeza, le pidió a Dios que lo ayudara: el momento en que ese hombre pasó, le dijo: “You´re black. Where are you from?”, la certeza de que ahí, además de él, alguien hablaba algo de inglés. “My friend.”

MUCHOS

Los primeros días no fueron fáciles. Jonah no habla español y Edi no entiende una palabra de inglés. Ella intentaba, le hablaba modulando con la boca bien abierta como si eso ayudara en algo. A llegar a la casa, en la puerta, dijo:

Es-ta es mi ca-sa. A-ho-ra, la tu-ya.

Él en silencio entró al comedor y se arrodilló a rezar.

Los primeros días fueron difíciles. A Jonah le sacaron sangre y Jonah pensó que ellos, de alguna manera extraña, iban a usar esa sangre. Hubo que explicarle. No dormía: se quedaba toda la noche rezando, murmurando un mantra incomprensible. A veces, a la tarde, la mira a Edi en silencio y ella piensa que él piensa: ¿y vos qué vas a hacer conmigo?

Y cuando Edi lo ve tan callado, como triste, llama por teléfono a una amiga suya que es traductora y lo pone a Jonah al teléfono y, así, con una mujer en el medio, puede entenderse con su hijo. Decile tal cosa, decile tal otra.

En una de las primeras conversaciones con la traductora Jonah preguntó por qué esta mujer uruguaya a la que no conocía, le daba todo, sin hacerlo trabajar, sin pedirle nada a cambio. En una de las últimas le dijo que él quería, de alguna manera, devolverle a Edi todo lo que ella le había dado.

Los lunes y miércoles, tiene clase de castellano. Ahora aprendió a bañarse y se baña a cada rato. Edi le enseñó cómo se dice gracias y él, todo el tiempo: “gracias, gracias, gracias”. Jonah se está adaptando. Anda mal del estómago. Dice Edi, no se mide para comer. Al mediodía son dos o tres platos. “Sé que le va a hacer mal pero no quiero que piense que le estoy negando la comida. Así que compré unas gotas para el estómago y se las doy cuando termina de cenar”.

Y Jonah, que la mira como si fuera un cuadro abstracto dice, una vez más, que su sueño es jugar al fútbol en los Estados Unidos. Estudiar inglés, aprender inglés y, luego, ir a la escuela allá. Jugar al fútbol allá.

Y Edi que se levanta a la noche a ver cómo duerme, para taparlo; que aunque no puede gastar mucho en tarjetas de teléfono cada tanto llama a su amiga, para poder charlar con él, que lo invita a la iglesia, la boca bien abierta: “yo, Di-os, tu Di-os es el mío”, y hace con las manos el símbolo de una casita, dice que quiere que su hijo más chico cumpla sus sueños, que pueda ser feliz. “Porque para eso pasó tanto sacrificios y vino. Yo le voy a dar un empujón así puede”.

Porque en Ghana, dice Jonah, él no era libre, no tenía un lugar donde dormir, ni comida ni buena educación y si bien extraña a su mamá y a su papá, reza por ellos, reza a Dios para que les dé larga vida. Y cuando escucha que el periodista se va a su país en barco pregunta, extasiado, si él podría llegar a los Estados Unidos en barco. La respuesta negativa parece desanimarlo.

Pero cuando el periodista, tal vez imprudente, le dice que quizás pueda llegar en micro, en un largo, largo, viaje en micro, al adolescente ghanés la cara se le transforma, los ojos se le iluminan, la mirada se le pierde en esta fría tarde de mayo en la que fue narrada una historia de chicos hambrientos, hombres deportados y mujeres solidarias. De millones que deambulan buscando escapar de algo, tratando de encontrarse.


*Publicada en Brando de Agosto.

2 comments:

Anonymous said...

Qué linda nota.

Sr. Whitman said...

leyendo esta nota se me ocurrió que podría llegar a comprar la Brando